Edición
Este libro es gratuito, de dominio público. Se editó hace más de 70 años y carece de derechos de autor.
ok.
Esta imagen de la portada está en dominio público, por deseo expreso del autor,
que permite su uso para fines personales
y comerciales, además de la creación de
obras adaptadas
a partir de la
imagen original.
Origen: https:/pixabay.com/es/photos/madonna -maria-iglesia-madre-de-dios-2183829/
*.o.r
Si usted, lector, propaga este libro, podrá hacer mucho bien a las almas, colaborando en su salvación y santificación, premiándoselo Dios abundantemente.
*.o.r
Este libro debe visualizarse al 100% de zoom
Puede descargar más libros como éste aquí:
https:/www.mediafire.com/folder/raxBas9udjso8 (Nota del autor de este archivo PDF)
Ruego a usted, amable lector, que pida mucho a Dios por mí. Yo también lo haré por usted. Muchas gracias.
Este libro también puede imprimirse
DP Tratado dela
= = = = = po =
TRATADO DE LA VERDADERA DEVOCIÓN
SANTISIMA VIRGEN
POR EL BEATO LUIS M.* GRIGNION MONTFORT
(CON LA LICENCIA DEL ORDINARIO)
EDICIONES Er b- E MADRID
1947
INDICE
Prefacio del P. Faber ... ... en ga a $ 5 Primera Parte.—CAPITULO Necesidad de la de- voción a la Santísima Vizgen.—Artículo 1: Grande- zas de María ... ... a Artículo If: Dios ha querido servirse pS Ma Encarnación . “o 16 Artículo Ml: Dios quiere peris de María en la san- tíficación de las almas.—L Cómo proceden las tres personas de la Santísima Trinidad con María en la Iglesia ... ... .. « nal aEÍ cas do . 11. Consecuencias.—I. María, Reina de los Cora- ZOOL o 28
. Los hombres tienen necesidad de María para e su último fin.—1” Los cristianos tie-
nen necesidad de Ella para enmplir sus deberes. — 30
2.2 Especialmente los que aspiran a la perfección. — 32 Artículo IV: Oficio que hará María especialmente en los: últimos pise Miradas Pa sobre
los últimos tiempos A 34 Jl. Lucha de María y de los suyos contra Sataná y sus secuaces 38
JIL Los apóstoles de los últimos fenaods ias Led 40 CAPITULO I!I.—Discernimiento de la verdadera de- voción a la Santísima Virgen.—Artículo 1: Verda-
des fundamentales, nuestro fin último. 1L Segunda verdad: Nosotros pertenecemos a Je: sueristo y a María m0... o. IL. Tercera verdad: Debemos espajaros de todo lo malo que hay en nosotros ... >
IV. Cuarta verdad: Necesidad de un mediador pa: ra con el Mediador Jesucristo.
V. Quinta verdad: Nuestros bienes espirituales es- tán expuestos a perderse en nuestras manos...
Artículo IF: Las falsas devociones a la Santísima Virgen ...
1. Los devotos críticos... .. IL. Los devotos escrupulosos XL. Los devotos exteriores IV. Los devotos presuntuosos . V. Los devotos in: Instantes
Primera verdad: Jesucristo,
VIL Los devotos interesados, Artículo Il: La verdadera devoción a de Sentísima irgen. Sus caracteres, L Primer carácter: Devoción interior > 1. Segundo carácter MI. Tercer carácter: Devoción santa ... “ IV. Cuarto carácter: Devoción constante ... . Y. Quinto carácter: Devoción desinteresada . Artículo IV: Anuncios proféticos acerca de esta per- fecta devoción . SEGUNDA parte.—CAPITULO —Elección de a prác- tica más perfecta de la devoción hacia la Santísima VAS corra rn dans ee e 00 ce Ve
Págs.
4
CAPITULO II.—Naturaleza de la perfecta devoci la Santísima Virgen. — Artículo I: Esta devoción consiste en una perfecta consagración a Jesucristo
por María a. ... . 86 Artículo XI: La consagración de la perfecta devoción consiste en una perfecta renovación de las promesas del Bautismo ... 90 Artículo TIL: Objeciones y respuestas ... «. 92 CAPITULO JII.—Motivos de esta perfecta consagra ción.—Artículo 1. Primer motivo: Excelencias de la perfecta consagración . 95 Artículo 1L. Segundo motivo: Conveniencia y ventaja de esta consagración .. 97 Artículo TIL. Tercer motivo: Maravillosos efectos de esta perfecta consagración. —1. María se da a su esclavo. 101 IL. Ela purifica sus buenas obras, las hermosea y hace que su Hijo las acepte 103
Artículo IV. Cuarto motivo: Esta devoción es un me- dio excelente para procurar la mayor gloria de Dios. 106 Artículo V. Quinto motivo: Esta devoci la unión con Dios 1. Es camino fácil
IL. Es camino corto JIL Es camino perfecto. IV. Es camino seguro Anículo 1V. Sesto motivo: Esta devoción proporcione una gran libertad interior Artículo VIL. Séptimo moti grandes bienes 2
107
Págs.
Artículo VIII. Octavo motivo: Esta devoción es un ad: mirable medio de perseverancia dos só ó de CAPITULO 1V.—Rebeca y Jacob; la Santísima Vir: gen y sus esclavos de amor.—Artículo 1: Rebeca y Jacob... , L. Historia de Jacob TI. Esaú, figura de los réprobos... . NI. Jacob, figura de los predestinados Artículo II: Los predestinados y la Santísima Virgen.
I. Conducta de los predestinados 137
H. Conducta de María con los predestinados ....... 143
1 Ella los ama 143
IL. Ella los sustenta 148
TIL Ella los conduce ..... 149
IV. Ella los defiende y protege 150
V. Ella intercede por ellos ..... 151 CAPITULO V.— Efectos maravillosos que esta devo: ción produce en el alma que es fiel a ella.—Artícu-
lo I: El conocimiento de sí mismo ... 153
Artículo Il: Participación de la fe de María 154
Artículo III: Exención de escrúpulos, turbaciones y te-
mores Artículo y en María Artículo ón del alma y del espíritu de
María pe ... .. 158 Artículo V árbol de vida, produ a Jesús
en el alma fiel . e 159 Artículo VII: La mayor ¿oria de Dios . 161
CAPITULO VI—P; ción.—Artículo 1:
icas particulares de esta devo- Prácticas exteriores... ooo ooo o. 164
Primera práctica 0. 00m cos 000 Segunda práctica Tercera práctica Cuarta práctica Quinta práctica Sexta práctica . Séptima práctica
Artículo HI: Prácticas particulares e interiores para los
que quieran alcanzar la perfección ... 000 00 000 00 182 Todo por María Todo con María . Todo en María Todo para Mar
CAPITULO VIL.—Manera de practicar esta devoción
en la sagrada Comunión.—Artículo 1: Antes de la
Comunión ... -..
Artículo 1: En la Comunión
Artículo III: Después de la sagrada Comunión
Consagración de sí mismo a Jesucristo, la Sabiduría
encarnada por las manos de María ...
PREFACIO DEL PADRE FABER
“TRADUCIDO DIRECTAMENTE DE LA QUINTA EDICIÓN INGLESA
La primera vez que estudié la vida y espíritu del Venerable Grignion de Montfort fué por los años 1846 o 1847, en S. Vilfrido; y hoy, después de haber transcurrido ya más de quince años, me atrevo a decir que los que le tomen por maestro difícilmente encon- trarán un santo o escritor ascético cuya unción y espíritu sojuzguen más el entendimiento que éste. Ál presente no le podemos llamar santo todavía; pero está tanto y tan favorablemente adelantado el proceso de su beatificación, que no se tardará mucho en verle colocado por la Iglesia en los altares.
Pocos hombres ha habido en el siglo XVIII que llevasen sobre sí tan fuertemente grabadas las señales del hombre providencial, como este nuevo Elías, mi- sionero del Espíritu Santo y de María. Su vida toda fué una manifestación tal de la sublime locura de la Cruz, que sus biógrafos convienen. en colocarle al lado de San Simeón Salus y San Felipe Neri.
Clemente XI le nombró misionero apostólico en Francia, con el fin de que consagrara su vida entera a combatir el Jansenismo, que tan perjudicial era «
6
las almas. Después de las epístolas de los apóstoles, con dificultad se hallarán palabras que tan vivamente inflamen el espíritu como las doce páginas de su ora- ción por los misioneros del Espíritu Santo, cuya lec- tura recomiendo ardientemente a todos aquellos que encuentran dificultades para conservar, en medio de sus numerosas pruebas, los primeros fuegos del amor de las almas.
A un mismo tiempo, era perseguido y venerado en todas partes. El número de sus obras, al igual de las de San Antonio de Padua, es increíble, y en verdad, inexplicable. Escribió algunos tratados ascéticos, que han ejercido notable influencia en la Iglesia, durante los pocos años que vienen siendo conocidos, y segu- ramente ejercerán una influencia mucho más podero- sa en lo sucesivo. Su predicación, sus escritos y su conversación estaban totalmente impregnados de pro- fecías y anuncios acerca de los últimos siglos de la Iglesia.
Semejante a San Vicente Ferrer, se adelanta, cual si estuviese en los días que precederán inmediatamen- te al juicio final, anunciando que trae de parte de Dios el mensaje auténtico de un honor más grande, un conocimiento más extenso y un amor más ardiente hacia su santísima Madre, así como de su relación con la segunda venida de su Hijo. Fundó dos congre- gaciones religiosas, una de hombres y otra de muje- res, que han logrado un éxito verdaderamente extraor- dinario, no obstante haber muerto él a los 43 años, en 1716, cuando sólo contaba 16 años de sacerdocio.
El 12 de mayo de 1853 se dió en Roma el decreto
7
que declara sus escritos exentos de todo error que Pudiera ser obstáculo a su canonización. En este mis- mo libro sobre la verdadera devoción de nuestra Se- ñora nos ha dejado la siguiente profecía: «Clara- mente preveo que saldrán fieras espantosas que, en- Jurecidas, intentarán destrozar con sus diabólicos dien- tes este humilde escrito y a aquel de quien el Espíritw Santo se ha servido para escribirle o, que, cuando menos, pretenderán encerrarle en las tinieblas y en el silencio de un cofre, a fin de que jamás aparezca.»
Á pesar de todo, profetizó, a un tiempo, su apari- ción y su éxito, todo lo cual se ha cumplido al pie de la letra. El autor murió en 1716 y este Tridado fué hallado, por casualidad, por uno de los sacerdotes de su congregación en S. Laurent-sur-Sevre en 1842. El superior de entonces pudo dar fe de que el manus- crito era de su venerable fundador y envió el autó- grajo a Roma, para que le examinaran en el proceso de canonización.
Todos los que se disponen a leer este libro induda- blemente amarán a Dios y lamentarán no amarle más todavía; todos desearán algo para su gloria, como la propagación de alguna obra buena, el éxito de alguna devoción o la venida de tiempos mejores. El uno se ha esforzado durante muchos años en vencer algún defecto particular, y no lo ha conseguido. El otro gime y se asombra de que, a pesar de sus lágrimas, se hayan convertido a la fe tan pocos de sus íntimos amigos. Este se aflige de no sentir bastante devoción; aquél, de tener que llevar una cruz que le es material- mente imposible soportar; mientras que un tercero su-
fre disgustos domésticos y desgracias de familia, que de parecen incompatibles con su salvación; y, por to. das estas razones, creen que la oración les proporciona muy poco remedio. Pero, ¿cuál es el remedio que necesitan?, ¿cuál es el remedio indicado por el mismo Dios? Si damos crédito a las revelaciones de los santos, el remedio está en hacer que la devoción a la Santi. sima Virgen alcance un grado inmenso, pero téngase en cuenta que lo inmenso no reconoce límites. Aquí, en Inglaterra, no se predica a María la mitad de lo que se debe. La devoción que se la profesa es débil, mezquina y pobre. Anda tímidamente fuera de su ver. dadero camino a causa de las burlas de la herejía. Invocando siempre el respeto humano y la prudencia de la carne, se pretende hacer de María una María tal que los protestantes pudieran admitirla fácilmente,
Su ignorancia en la Teología hace a ésta insubstan- cial y baja. No posee la característica de nuestra reli- gión: no tiene fe en sí misma, He aqui por qué no se ama a Jesucristo, no se convierten los herejes, no es exaltada la Iglesia, desfallecen y degeneran las al. mas que debieron ser santas, no se reciben dignamente los sacramentos y las almas no son evangelizadas con entusiasmo. Jesús está olvidado, porque María no es conocida. Mil almas perecen, porque María está muy lejos de ellas. Esta miserable e indigna sombra, a la que podemos llamar nuestra devoción a la Santísima Virgen, es la causa de todas estas necesidades e infor tunios, de tantos males, omisiones y relajamientos. Sin embargo, si hemos de creer las revelaciones de los
9
santos, Dios exige una devoción mayor, más extensa y sólida y del todo nueva a su Santísima Madre.
Por lo que hace a mí, no concibo obra más excelsa 0 vocación más fecunda para una criatura, que el simple trabajo de difundir esta devoción peculiar del Venerable Grignion de Montjort. Examánela quien quiera por sí mismo, y las transformaciones que pro- ducirá en su propia alma presto le convencerán de la casi increible eficacia de esta devoción como medio para la salvación de los hombres y para la venida del reinado de Cristo. ¡Oh, si María fuese más cono- ida, no se sentiría tanta frialdad para con Jesús! ¡Oh, si María fuese más conocida, cuánto más milagrosa sería nuestra fe y cuán diferentes nuestras comunio- nes! ¡Oh, si María fuese más conocida, cuánto más dichosos, cuánto más santos, cuánto menos mundanos seriamos y con cuánta más perfección seríamos vivas imágenes de nuestro único Señor y Salvador, su que- ridísimo y santísimo Hijo!
He traducido por mí mismo todo el Tratado, que me ha costado bastante trabajo, y lo he hecho con escrupulosa fidelidad. Al mismo tiempo me atrevo a prevenir al lector que difícilmente se dará cuenta del contenido con una simple lectura de él.
En él se encuentra, si se me permite expresarme así, cierto sentimiento de algo inesperado y sobrenatural, que crece a medida que se le va estudiando, y cuando uno le ha leído ya repetidas veces, llega a notar que nunca envejece su novedad, ni disminuye su abun- dancia, ni se acaba jamás la fragancia ni el sensible Juego de su unción.
10
Dígnese el Espíritu Santo, el divino Celador de Je- sús y María, dar una nueva bendición a esta obra en Inglaterra y consolarnos pronto con la canonización de este nuevo apóstol y activo misionero de su que- ridísima e Inmaculada Esposa, y más todavía, con la pronta venida de aquella gloriosa época de la Pgle- sia que será la época de María.
F. G. Faser.
Día de la Presentación de Nuestra Señora, 1862.
PRIMERA PARTE
CAPITULO PRIMERO
Necesidad de la devocion a la Santísima Virgen.
ARTICULO 1 GRANDEZAS DE MARIA
Jesucristo vino al mundo por medio de la Santí- sima Virgen, y por Ella debe reinar también en el mundo.
María ha estado muy oculta en su vida; por esto el Espíritu Santo y la Iglesia la Mlaman Alma Mater: Madre oculta y escondida. Su humildad fué profunda, en tanto grado, que, mientras vivió en la tierra, jar más tuvo otro afán tan poderoso y continuo como el de ocultarse a sí misma y a todas las criaturas, para ser conocida de Dios sólo.
Dios, accediendo a las súplicas que Ella le hizo de que la ocultase, empobreciese y humillase, quiso que su concepción, nacimiento, vida y misterios, resurreo- ción y asunción estuviesen sin manifestarse a la casi totalidad de las criaturas. Sus mismos padres no la conocían y aun los ángeles se preguntaban con fre-
12
cuencia unos a otros: Quoe est ista?... «Quién es ésta?»: Y es que el Altísimo se la ocultaba, y, si les manifestaba algo, era infinitamente más lo que dejaba de manifestarles.
El Padre, a pesar de haberla comunicado su po- der, consintió en que, durante su yida, no hiciera Ma- ria ningún milagro, al menos estupendo y notorio. El Hijo, no obstante haberla comunicado su Sabi. duría, la permitió que casi jamás hablara palabra, y el Espíritu Santo, con ser Ella su Esposa fidelísima, convino en que los Apóstoles y Evangelistas dijesen de Ella muy poco, y esto en cuanto fuese necesario para dar a conocer a Jesucristo.
María es la excelente obra maestra del Altísimo, cuyo conocimiento y posesión se ha reservado El a sí mismo. María es la Madre admirable del Hijo, quien, para no ofender la humildad de Aquélla, se ha complacido en humillarla y ocultarla durante la vida, dándole el nombre de mujer, mulier, como si se tratara de una extraña, aunque en su corazón la apre- ciaba y amaba más que a todos los ángeles y hombres. María es la esposa fiel del Espíritu Santo, quien sólo para sí reserva la entrada en esta fuente sellada; Ella es el santuario y reposo de la Santísima Trinidad, donde el Señor mora con más magnificencia y en don: de su divinidad resalta más que en ningún otro lugar del universo, incluso los mismos Querubines y Sera- fines; y a este santuario jamás será permitido entrar a criatura alguna, por pura que sea, sin especial pri- vilegio de Dios.
Esta divina Señora, diré con todos los santos, es el
13
paraíso terrestre en donde el nuevo Adán se ha encar- nado, por obra del Espíritu Santo, para realizar allí maravillas incomprensibles, el mundo excelso que sólo a Dios pertenece y que encierra bellezas y tesoros in- efables; la magnificencia del Altísimo, en donde El ha encerrado, como en su propio seno, a su Hijo úni- co, y, con El, todo lo que hay de más excelente y pre- cioso. ¡Oh, qué cosas tan grandes y tan ocultas ha rea- lizado este Dios omnipotente en esa criatura admíra- ble, como Ella misma se ve obligada a confesar, no obstante su profundísima humildad! Fecit mihi mag. na quí tens est (1). El mundo ignora todo esto, por- que es incapaz e indigno de conocerlo.
Los santos han dicho cosas admirables de esta ciu- dad santa de Dios, y jamás han estado tan elocuentes, y hasta, según ellos mismos nos manifiestan, jamás han gozado tanto como cuando han hablado de sus excelencias, Reconocen, en efecto, que la sublimidad de los méritos de esta criatura, elevados por Ella has- ta el trono de la divinidad, no es dado descubrirla al entendimiento humano; que la extensión de su cari- dad, dilatada por Ella sobre las dimensiones de la tie- rra, nadie la puede apreciar; que la grandeza del po- der que Ella tiene, aún sobre el mismo Dios, jamás se comprenderá, y, en fin, que lo profundo de su humil- dad, así como de sus demás virtudes y gracias, que son un abismo, no se pueden sondear.
¡Oh sublimidad incomprensible! ¡Oh extensión ine- fable! ¡Oh grandeza sin medida! ¡Oh abismo impe-
(1) S. Luc., 1, 46.
14
netrable! Todos los momentos del día, en todos los confines de la tierra, en lo más alto de los cielos y en lo más profundo de los abismos, todo nos predica, todo nos habla admirablemente de María. Los nueve coros de los ángeles, los hombres de todo sexo, edad, condición y religión, los buenos y los malos, hasta los mismos diablos se ven, por la fuerza de la verdad obligados a llamarla, de grado o por fuerza, bienaven- turada. En los cielos todos los ángeles la proclaman incesantemente, ha dicho S. Buenaventura: Sancia, Sancta, Sancta Maria, Dei Genitrix et Virgo; y todos los días la ofrecen millones y millones de veces la Sa- lutación angélica: Ave María, etc., y, postrados ante Ella, la suplican que los honre por favor con alguna de sus órdenes. El mismo S. Miguel, dice S. Agustín, con ser el príncipe de aquella corte celestial, es el más celoso en rendirla y procurar que los demás la rin- dan toda clase de honores, y estén siempre dispuestos a obedecer sus mandatos y acudir, a su palabra, a prestar sus servicios a alguno de sus servidores, Toda la tierra está llena de su gloria, particular- mente entre los cristianos, en donde se la toma por tu- telar y protectora de muchos reinos, provincias, dió- cesis y ciudades, y de muchas catedrales que están consagradas a Dios con su nombre. Jamás se encon- trará una iglesia que no tenga un altar levantado en su honor; ni comarca ni cantón en donde no se ye- nere alguna de sus imágenes milagrosas, a las cuales acuden las gentes para curar de sus dolencias y obte- ner toda suerte de bienes. Que hablen, si no, tantas cofradías y congregaciones establecidas para honrarla,
15
tantas religiones puestas bajo su nombre y protección, tantos cofrades, hombres y mujeres de todas las her- mandades, tantos religiosos y religiosas de todas las órdenes, los cuales incesantemente publican sus ala- banzas y anunciar sus misericordias.
No hay tan sólo un niño que, balbuciendo el Ave María, no la alabe, ni pecador apenas que, en modio de su endurecimiento, no abrigue en su pecho una chispa de confianza en Ella, ni aun siquiera un de- o que, desde los infiernos, no la venere temién-
ola.
Según esto, deberemos en verdad decir con los san- tos: De Maria nunquam satis... «Todavía no se ha alabado, ensalzado, honrado, amado y servido bastan- te a María.» Ella merece más alabanzas, más respetos, más amor y más servicios. Digamos, pues, con el Es- píritu Santo:
Omnis gloria ejus Filioe Regis ab intus (1). «Toda la gloria de la Hija del Rey está en su interior»: co- mo si toda la gloria exterior que la rinden a porfía el cielo y la tierra fuese nada en comparación de la que recibe en su alma por el Criador, y que es desconoci- da de las criaturas miserables, por ser éstas incapaces do penetrar el secreto de los secretos del Rey. He aquí por qué debemos clamar con el Apóstol: Nec oculus vidit, nec auris audivit, nec in cor hominis ascen- dís... (2). Ni el ojo ha visto, ni el oído ha escuchado, ni el corazón del hombre ha comprendido jamás la hermosura, la grandeza y las excelencias de María, mi-
(1D Ps. XLIV, 14. (2) L Cor., IL 9.
16
lagro de los milagros de la gracia, de la naturaleza y de la gloria, El que quiera comprender a la Madre, ha dicho un santo, debe antes comprender al Hijo, pues ésta es la digna Madre de Dios: Hic taceat omnis lin- gua... «Enmudezca aquí toda lengua».
Con una alegría particular acabo de escribir aquí lo que me ha dictado el corazón, a fin de mostrar que María ha permanecido desconocida hasta el presente, y que ésta es una de las principales razones por qué Jesucristo no es todavía conocido como debe serlo. Si, pues, es cierto que el conocimiento y el reinado de Jesucristo en el mundo deben llegar, no lo es menos que sólo se realizará esto como consecuencia del cono- cimiento y del reinado de la Santísima Virgen, que es la que le trajo la primera vez y la que nos le dará a conocer la segunda.
ARTICULO Il
Dios ha querido servirse de María en la Encarnación.
Confieso con toda la Iglesia que, no siendo María sino una pura criatura salida de las manos del Altí- simo, comparada con la Majestad infinita, es menos que un átomo, o más bien, es nada, porque Sólo El es el que es, y, por consiguiente, que este gran Señor, que es independiente y se basta a sí mismo, jamás ha tenido ni tiene, aún ahora, en absoluto necesidad de la Santísima Virgen para cumplir su voluntad y ma-
17
nifestar su gloria, puesto que a El le hasta querer para hacer las cosas.
Digo, sin embargo, que, aun con eso, habiendo querido Dios comenzar y acabar sus mayores obras por la Santísima Virgen” desde que la formó, hemos de creer que no cambiará de conducta en los siglos de los siglos, porque es Dios y no puede variar de sentimientos ni de proceder.
El Padre no ha dado al mundo su Unigénito más que por María. A pesar de los suspiros que hayan ex halado los Patriarcas, de las súplicas hechas por los Profetas y Santos de la ley antigua durante cuatro mil años, para obtener este tesoro, sólo María es la que le ha merecido y ha encontrado gracia delante de Dios por la fuerza de sus oraciones y la sublimidad de sus virtudes. El mundo era indigno, dice S. Agustín, de recibir al Hijo de Dios inmediatamente de las manos del Padre; por eso Este le ha entregado a María, para que de sus manos le recibiera el mundo. El Hijo de Dios se ha hecho hombre para nuestra sal- vación, pero sólo en María y por María. El Espíritu Santo ha formado a Jesucristo en María, pero después de haber pedido a Esta su consentimiento por medio de uno de los primeros ministros de su corte.
El Padre ha comunicado a María su fecundidad, en cuanto una pura criatura era capaz de recibirla, para concederla el poder de producir a su Hijo y a todos los miembros de su cuerpo místico. El Hijo ha descen- dido a su seno virginal, como el nuevo Adán al Paraí. so terrestre, para hallar allí sus complacencias y obrar en secreto las maravillas de la gracia.
18
Dios hecho hombre ha encontrado la libertad en- cerrándose en su seno; ha desplegado su fuerza de- jándose llevar por esta doncellita; ha cifrado su glo- ría y la de su Padre en ocultar sus esplendores a todas las criaturas de la tierra, a fin de no revelarlos más que a María; ha glorificado su independencia y majestad sujetándose a esta Virgen amable en su concepción, en su nacimiento, en su presentación al templo, en su vida oculta de treinta años, hasta su muerte, a la cual Ella debía asistir, para no hacer con Ella más que un solo sacrificio, y para ser inmolado por la propia vo- luntad de Dios. Ella únicamente es la que le ha ama- mantado, alimentado, sostenido, educado y sacrificado por nosotros.
¡Oh admirable e incomprensible dependencia de un Dios, que aun el Espíritu Santo no ha podido pasar en silencio en el Evangelio, no obstante habernos ocul- tado casi todas las cosas admirables que esta Sabidu- ría encarnada hizo en su vida oculta, para mostrarnos su valor y gloria infinita! Mayor gloria ha dado Jesu- cristo a Dios su Padre por la sumisión que tuvo a Ma- ría durante treinta años, que la que le hubiese gran- jeado convirtiendo a todo el mundo por medio de las maravillas más grandes que hubiese operado. ¡Oh, qué gloria tan subida damos a Dios, cuando, para agradarle, nos sometemos a María, a ejemplo de Je- sucristo, que es nuestro único modelo!
Si examinamos de cerca el resto de la vida de Je- suecrísto, veremos que ha querido comenzar sus mila- gros por María. A S. Juan le santificó en el seno de su madre Santa Isabel por la palabra de María, pues,
19
apenas María habló, quedó santificado Juan, siendo ésto el primer y mayor milagro de la gracia que Je- sús obró.
En las bodas de Caná convirtió el agua en vino a los humildes ruegos de María, y éste fué el primer mi- lagro de naturaleza. Por María ha comenzado y con: tinuado sus milagros, y por María los continuará has. ta el fin de los siglos,
El Espíritu Santo, que es estéril en la Divinidad, puesto que no produce a ninguna persona divina, se ha hecho fecundo por el concurso de María, con quien se ha desposado. Con Ella, en efecto, en Ella y de Ella ha producido su obra maestra, que es un Dios hecho hombre; produce todos los días hasta el fin del mundo a los predestinados, miembros del cuerpo de esa Cabeza adorable, y he aquí por qué, cuanto más habitualmente encuentra El en un alma a María, su querida e indisoluble Esposa, tanto más activo y poderoso se muestra para producir a Jesu- cristo en esta alma y a esta alma en Jesucristo.
Esto no es decir que la Santísima Virgen dé al Es- píritu Santo la fecundidad, como si Este no la tuyie- ra; porque siendo Dios, tiene la fecundidad o la ca- pacidad de producir, lo mismo que el Padre y el Hijo, aun cuando no la reduzca al acto y no produzca a ninguna otra persona divina. Aquí pretendo sólo decir que el Espíritu Santo, por el intermedio de la San- tísima Virgen, de quien se ha dignado servirse, a pe- sar de no haber tenido de Ella necesidad absoluta, re- dujo al acto su fecundidad, produciendo en Ella y por
20
Ella a Jesucristo y 4 sus miembros: misterio de la gracia, que desconocen hasta los más sabios y espiri- tuales de los cristianos.
ARTICULO HI
Dios quiere servirse de María en la santificación de las almas.
$ 1—Cómo proceden las tres personas de la Santísima Trinidad con María, en la Iglesia.
La conducta que las tres Personas de la Santísima Trinidad han observado en la Encarnación y en la primera venida de Jesucristo, la siguen todos los días de una manera invisible, en la santa Iglesia, y la se- guirán hasta la consumación de los siglos en la úl- tima venida de Jesucristo.
Dios Padre reunió en un lugar todas las aguas y las llamó mar; reunió en otro todas las gracias y las lla- mó María. Este gran Señor tiene un tesoro o depó- sito riquísimo, en donde ha encerrado todo lo que hay de más bello, brillante, raro y precioso, incluso su propio Hijo; y este tesoro inmenso no es otro que María, a quien los santos llaman el Tesoro de Dios, de cuya plenitud son enriquecidos los hombres.
Dios Hijo ha comunicado a su Madre todo lo que El adquirió mediante su vida y muerte, sus méritos in- finitos y sus virtudes admirables, haciéndola tesorera de cuanto su Padre le dió en herencia; por Ella apli-
21
Ca sus méritos a sus miembros, les comunica sus vir- tudes y distribuye sus gracias; Ella es el canal miste- rioso, el acueducto por donde El hace pasar, dulce y abundantemente, sus misericordias.
Dios Espíritu Santo ha comunicado a María, su fiel Esposa, sus dones inefables, escogiéndola por dis- pensadora de todo lo que El posee; en forma que Ella distribuye a quien Ella quiere, cuanto Ella quie. re, como Ella quiere y cuando Ella quiere, todos sus dones y sus gracias, y jamás se concede a los hombres don alguno del cielo que no pase por sus virginales manos. Tal es la voluntad de Dios, que ha querido que nosotros lo tuviésemos todo en María, para que así sea enriquecida, ensalzada y honrada del Altísimo la que se empobreció, humilló y ocultó hasta el fondo de la nada, por su profunda humildad, durante toda su vida. Estos son los sentimientos de la Iglesia y de los Santos Padres.
Si yo hablase a los espíritus fuertes de este tiem- po, me extendería en probar por la Sagrada Escri- tura y los Santos Padres lo que acabo simplemente de afirmar, trayendo al efecto, sus pasajes latinos, y también por otras razones sólidas que se podrán ver largamente expuestas por el R. P. Poiré en su Triple corona de la Santísima Virgen. Pero, como hablo particularmente a los pobres y a los sencillos, que por tener más buena voluntad y más acendrada fe, que el común de los sabios, creen con más simplicidad y mé- rito, me contento con declararles llanamente la ver- dad, sin detenerme en citarles las autoridades lati- nas, que ellos no entienden; aunque no por eso dejo
2
totalmente de aducir algunas, si bien, empero, sin hacer grandes esfuerzos por buscarlas.
Continuemos.
Como la gracia perfecciona a la naturaleza y la glo- ria perfecciona a la gracia, es muy cierto que Jesu- cristo es todavía en el cielo Hijo de María, en la misma forma y grado que lo fué en la tierra, y, por consiguiente, que le viene conservando aquella sumi- sión y obediencia propia del más perfecto de todos los hijos con respecto de la más buena de todas las madres. Guardémonos, sin embargo, de ver en esta dependencia algún rebajamiento o imperfección en Jesucristo, porque María, siendo infinitamente infe- rior a su Hijo, que es Dios, no le manda como una madre terrena puede mandar a su hijo. que está por debajo de ella, sino que María, como está toda trans- formada en Dios, por la gracia y la gloria que trans- forma en El a todos los santos, ni pide, ni quiere, ni hace nada que sea contrario a la eterna e inmuta- ble voluntad de Dios. Cuando leemos, pues, en los escritos de S. Bernardo. S. Bernardino, S. Buenaven- tura, etc., que en el cielo y en la tierra todo, hasta el mismo Dios, está sometido a la Santísima Virgen, entendemos que la autoridad que Dios se ha dignado concederle es tan grande, que parece que Ella tenga el mismo poder de Dios, y que sus oraciones y súpli- cas son tan poderosas para con Dios, que valen como mandatos para la Majestad divina, la cual jamás se resiste a los ruegos de su querida Madre, porque Ella es siempre humilde, y en todo está conforme con la voluntad del Señor. Si Moisés, por la fuerza de su
23
oración detuvo la cólera de Dios sobre los israelitas, de una manera tan poderosa, que el Altísimo e infini. tamente misericordioso Señor, no pudiendo resistirle, le pidió que le dejase encolerizarse y castigar a aquel pueblo rebelde, ¿qué deberemos pensar, con más ra- zón, de las súplicas de María, la humilde y digna Ma. dre de Dios, que son más poderosas ante su majestad que los ruegos y las intercesiones de todos los ángeles y santos del cielo y de la tierra?
María manda en los cielos sobre los ángeles y los bienaventurados, En recompensa de su profunda hu- mildad, Dios le ha dado el poder y el oficio de llenar de santos aquellos tronos vacíos de donde cayeron por orgullo los ángeles apóstatas. La voluntad del Altísi- mo, que exalta a los humildes, es que el cielo, la tie- rra y los infiernos se rindan, de grado o por fuer- za, a los mandatos de la humildísima María, a quien El ha constituido soberana del cielo y de la tierra, generala de sus ejércitos, tesorera de sus riquezas, dispensadora de sus gracias, obradora de sus gran: des maravillas, reparadora del género humano, me- dianera de los hombres, exterminadora de los enemi- gos de Dios y fiel compañera suya en las grandezas y en los triunfos.
Dios Padre quiere crearse hijos por María hasta la consumación del mundo, y por eso le dice estas palabras: In Jacob inhabita... (1). «Habita en Jacob», es decir, haz tu morada y residencia en mis hijos, los
(1) Eccl,, XXIV, 13.
24
predestinados, figurados por ] jos del diablo, los réprobos,
Así como en la generación natural y corporal hay un padre y una madre, también en la generación so- brehumana y espiritual hay un padre, que es Dios, y una madre, que es María. Todos los verdaderos hi: jos de Dios y predestinados tienen a Dios por padre y a María por madre, y quien no tiene a María por madre no puede tener a Dios por padre. He aquí por qué los réprobos, lo mismo que los herejes, cismáti- cos, etc., que odian o miran con desprecio o indife- rencia a la Santísima Virgen, no tienen a Dios por padre, aunque se gloríen de tenerle, porque no tie- nen a María por Madre; pues, si la tuviesen como tal, la amarían y honrarían, como todo buen hijo ama naturalmente y honra de verdad a la madre que le dió el ser. El signo más infalible e indudable para distinguir a un hereje, a un hombre de perversa doctrina, a un réprobo, de un predestinado, es que el hereje y el ré- probo desprecian o se muestran indiferentes con la Santísima Virgen, procurando por sus palabras y ejemplos disminuir su culto y amor, unas veces ma- nifiesta y otras ocultamente, y aun en ocasiones con pretexios aparentemente santos. ¡Ay! Dios Padre no ha dicho a María que establezca en ellos su morada, porque son los Esaús.
Dios Hijo quiere formarse, o por decirlo mejor, encarnsrse, todos los días por medio de su querida Madre, en todos sus miembros; por eso le dice: /n
cob, y no en los hi- figurados por Esaú.
25
Israel haereditare... (1): «Toma a Israel por heren- cia», que es como si dijera: Dios Padre me ha dado en herencia a todas las naciones de la tierra, a todos los hombres, buenos y malos, predestinados y répro- bos: a los unos los conduciré con la vara de oro, a los otros con la vara de hierro; de aquéllos seré pa- dre y abogado, de éstos, celoso vengador; de todos seré juez; pero Vos, querida Madre mía, sólo tendréis por herencia y posesión a los predestinados, que es- tán figurados por Israel. y como buena Madre suya, les daréis la vida, los alimentaréis, los educaréis, y, como soberana, los conduciréis, los gobernaréis y los defenderéis.
El Espíritu Santo dice que un hombre y un hom- bre ha nacido en Ella: Homo et homo natus est in ec (2), y, según la explicación de algunos Padres, el primer hombre que ha nacido de María es el Hom- bre Dios, Jesucristo, y el segundo es un hombre puro, hijo de Dios y de María por adopción. Si Jesucris- to, que es la cabeza de la humanidad, nació en Ella, los predestinados, que son los miembros de esa ca- beza, deben también, como consecuencia necesaria, nacer de Ella. Una misma madre no puede producir la cabeza sin los miembros ni los miembros sin la cabeza: de lo contrario, lo que esa madre diera a luz sería un monstruo de la naturaleza; de igual modo, en el orden de la gracia, la cabeza y los miem- bros nacen de una misma madre; y, si un miembro del cuerpo místico de Jesucristo, es decir, un pre-
(1) Eccl., XXIX, 13. (2) Ps. LXXXVI, 3.
26
destinado naciese de otra madre que no fuese María, que ha producido la cabeza, no sería un predestinado, un miembro de Jesucristo: sería un monstruo en el orden de la gracia.
Demás de esto, como Jesucristo es ahora, lo mismo que antes, el fruto de María, según repiten millares de veces cada día el cielo y la tierra: «Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús», es muy cierto que Jesu- cristo, para cada hombre que le posee en particular, es el fruto de la obra de María, de la misma manera y con la misma verdad que lo es para todo el mundo en general. Por manera que, si algún fel tiene a Je- sucristo formado en su corazón puede atreverse a de- cir: «Gracias mil a María; porque lo que yo poseo es su efecto y su fruto, y sin Ella jamás le gozaría»; y a Ella se le pueden aplicar con más verdad que San Pablo se las aplicaba a sí propio, estas palabras: Quos iterum parturio donec formetur Christus in vo- bis (1). «Yo produzco todos los días a los hijos de Dios, hasta que Jesucristo, mi Hijo, formado en ellos, en la plenitud de su edad». San Agustín, exce- diéndose a sí mismo y a lo que yo acabo de decir, afirma que todos los predestinados, para ser confor- mes a la imagen del Hijo de Dios, mientras perma- nezcan en este mundo, están ocultos en el seno de la Santísima Virgen, en el cual están guardados, se ali- mentan, se sostienen y se desarrollan, merced a esta buena Madre, hasta que Ella los saca a la luz de la gloria después de la muerte, que es, con toda pro-
(1) Gal., IV, 19,
27
piedad, el día de su nacimiento, como la Iglesia llama a la muerte de los justos. ¡Oh misterio de gracia, des- conocido de los réprobos y apenas conocido de los predestinados!
El Espíritu Santo quiere formarse en Ella y por Ella sus elegidos; por eso la dice: In electis meis mitte radices... (1). Echad, amada y Esposa mía, las raíces de todas vuestras virtudes en mis escogidos, para que crezcan de virtud en virtud y de gracia en gracia. Tanta es la complacencia que hallé en Vos, mientras en la tierra os ejercitabais en la práctica de las más sublimes virtudes, que aun ahora deseo encontraros en la tierra, sin que ceséis de estar en el cielo. Reproducíos, a este fin, en mis elegidos; vea yo en ellos con agrado las raíces de vuestra fe inven- cible, de vuestra humildad profunda, de vuestra mor- tificación total, de vuestra oración sublime, de vues- tra caridad ardiente, de vuestra esperanza firme y de todas vuestras virtudes. Vos sois en todos los momen- tos mi Esposa, tan fiel, tan pura y tan fecunda como siempre: déme fieles vuestra fe, déme vírgenes vues- tra pureza, déme elegidos y templos vuestra fecun- didad.
Cuando María ha echado raíces en un alma, obra allí las maravillas de la gracia, que sólo Ella es capaz de producir, porque sólo Ella es la Virgen fecunda que jamás ha tenido ni tendrá semejanza en pureza y en fecundidad.
María ha producido con el Espíritu Santo la cosa
(1) Ecel,, XXIV, 13.
28
más grande que ha habido y habrá jamás, que es un Dios Hombre; por tanto, Ella producirá las mayores cosas que habrá en los últimos tiempos. A Ella están reservadas la formación y la educación de los gran- des santos, que saldrán hacia el fin del mundo; pues sólo esta Virgen singular y milagrosa es la que pue- de realizar, en unión del Espíritu Santo, las cosas sin- gulares y extraordinarias.
Cuando el Espíritu Santo, su Esposo, la ha encon: trado en un alma, vuela allí, entra plenamente, se comunica a esta alma con abundancia, en cuanto ella da cabida a su Esposa; y una de las principales razones por las que el Espíritu Santo no hace a veces maravillas estupendas en las almas es porque El no encuentra allí una unión bastante grande con su fiel e indisoluble Esposa. Y digo indisoluble Esposa, por- que, desde que este Amor substancial del Padre y del Hijo se ha desposado con María, para producir a Jesucristo, el Jefe de los elegidos. y a Jesucristo en los clegidos, jamás la ha repudiado, porque Ella ha sido siempre fiel y fecunda.
$ 1.—CONSECUENCIAS
L—María, Reina de los corazones.
De todo lo dicho debemos concluir que María ha recibido de Dios un gran dominio sobre las almas de los elegidos, porque no puede establecer en ellos su morada, según el Padre se lo ha ordenado, for-
29
marlos, alimentarlos y producirlos a la vida eterna como su madre, tenerlos en herencia y en porción, formarlos en Jesucristo y a Jesucristo en ellos, echar en sus corazones las raíces de sus virtudes y ser la compañera indisoluble del Espíritu Santo para todas las obras de la gracia; no puede, digo, hacer todas estas cosas si no tiene derecho y dominio sobre sus almas por una gracia singular del Altísimo, que, ha- biéndole dado potestad sobre su Hijo único y natural, se la ha concedido también sobre sus hijos adoptivos, no sólo en cuanto al cuerpo, lo cual sería poco, sino también en cuanto al alma.
María es la Reina del cielo y de la tierra por gracia, como Jesús es su Rey por naturaleza y por conquista: luego, si el reino de Jesucristo consiste principalmente en el corazón y en el interior del hombre, según estas palabras: El reino de Dios está dentro de vosotros (1), también el reino de la San- tísima Virgen está principalmente en el interior del hombre, es decir, en su alma, y ésta es la razón por qué Ella es, en unión de su Hijo, más glorificada en las almas que en todas las criaturas visibles, pudién- dola, por consiguiente, llamar con los santos Reina de los corazones.
(1) Luc., XVIL, 21.
30
.U.—Los hombres tienen necesidad de María para alcanzar su último fin,
12 Los cristianos tienen necesidad de Ella para cumplir sus deberes.
Como la Santísima Virgen ha sido necesaria a Dios con una necesidad que llamamos hipotética, en con- secuencia de su voluntad, debemos admitir que es todavía más necesaria a los hombres para llegar a su último fin. La devoción a María no debe confun- dirse con la devoción a los santos, como si no nos luera más necesaria y sí sólo de supererogación.
El docto y piadoso Suárez, de la Compañía de Je- sús, el sabio y devoto Justo Lipsio, doctor de Lovai- na, y muchos otros, han probado de una manera irre- futable, apoyándose en el sentir de los Padres, entre otros, de San Agustín, San Efrén, diácono de Edesa, San Cirilo de Jerusalén, San Germán de Constantino- pla, San Juan Damasceno, San Anselmo, San Bernar- do, San Bernardino, Santo Tomás y San Buenaven- tura, que la devoción a la Santísima Virgen es tan necesaria para la salvación, que, al decir del mismo Ecolampadio y de algunos otros herejes, el no tener estima y amor a la Santísima Virgen es una señal de reprobación, así como por el contrario es un signo infalible de predestinación el entregúrsele y serle devoto entera y verdaderamente.
Las figuras y las palabras del antiguo y del nuevo testamento prueban esto mismo, los sentimientos y
31
ejemplos de los santos lo confirman, la razón y la experiencia lo enseñan y demuestran, los mismos dia- blos y sus secuaces, obligados por la fuerza de la verdad, han tenido, a pesar suyo, que confesarlo así. De todos los pasajes de los santos Padres y Doctores que he reunido para probar esta verdad, sólo traeré uno, para no ser más difuso: Tibi devotum esse, est salutis quoe Deus dat his quos vult «El ser devoto tuyo, oh María, dice Jamasceno, es un arma de salvación que Dios concede a aquellos que quiere salvar.» También podía aquí referir algunas historias que confirman esto mismo, entre otras: 1. la que se refiere en las Crónicas de San Francisco, el cual vió en éxtasis una gran escalera que llegaba al cielo, al fin de la cual estaba la Santísima Virgen, y por la cual, Dios le in- dicó que era preciso que subiéramos si queríamos llegar al cielo; 22, la que se menciona en las Cró- nicas de Santo Domingo, cuando quince mil demo- nios que poseían el alma de un desgraciado hereje, cerca de Carcasona, en donde este santo predicaba el Rosario, con gran confusión de ellos, se vieron obligados a confesar, por mandato de María, muchas grandes y consoladoras verdades relativas a su de- voción, con tal fuerza y claridad, que, por poco de- votos que seamos de esta Señora, no podemos leer di- cha historia auténtica ni el panegírico que el diablo hizo, a pesar suyo, de la devoción a la Santísima Virgen, sin derramar lágrimas de alegría.
32
2.2 Especialmente los que aspiran a la perfección.
Si la devoción a la Santísima Virgen es necesaria a todos los hombres para conseguir su salvación, lo es más todavía a los que se sienten llamados a una perfección particular, y no creo yo que jamás per. sona alguna pueda adquirir una unión íntima con el Señor, y una fidelidad perfecta al Espíritu Santo, sin una estrechísima unión con María y una gran depen- dencia de su socorro.
Sólo María es la que ha hallado gracia ante Dios sin necesidad de ninguna otra pura criatura. Sólo por Ella han conseguido esta gracia los que la han encontrado ante Dios, y sólo por Ella la obtendrán cuantos en lo sucesivo la han de hallar, Ella estaba henchida de gracia cuando la saludó el arcángel Ga- briel; el Espíritu Santo la dejó sobreabundantemente lena de gracia cuando la cubrió con su sombra ine- fable, y de tal manera ha aumentado Ella, de día en día y de momento en momento, esta doble pleni- tud de la gracia, que se ha elevado a un grado de gracia inmensa e inconcebible; en forma que el Altísimo la ha hecho tesorera única de sus riquezas y dispensadora única de sus gracias para ennoblecer, levantar y enriquecer a quien Ella quiere, para hacer caminar por la estrecha senda del cielo a quien Ella quiere, para permitir, a pesar de todos los obstáculos, la entrada por la angosta puerta de la vida a quien Ella quiere, y para dar el trono, el cetro y la corona de rey a quien Ella quiere. Jesús en todas partes y
33
siempre es el fruto y el Hijo de María, y María es en todo lugar y tiempo el árbol verdadero que con- tiene el fruto de vida, y la verdadera Madre que le produce.
Sólo María es a quien Dios ha confiado las llaves de las bodegas del amor divino, y el poder de entrar y de hacer entrar a los otros en las vías más sublimes y secretas de la perfección. Ella sola es la que per- mite la entrada en el paraíso terrestre a los misera- bles hijos de la Eva infiel, para pasear en él agrada- blemente con Dios; ocultarse con seguridad de sus enemigos, alimentarse deliciosamente, sin temer nunca a la muerte del fruto de los árboles de la vida y de la ciencia del bien y del mal, y para beber a grandes tragos las aguas celestes de esta hermosa fuente que allí salta en abundancia; o más bien, Ella misma es el paraíso terrestre, esa tierra virgen y bendita, de la cual fueron despedidos Adán y Eva pecadores: Ella sólo da la entrada en sí misma a aquellos y a aquellas a quienes le place, para hacerlos santos.
Todos los ricos del pueblo, para servirme de la expresión del Espíritu Santo, según la explicación de San Bernardo, pedirán vuestra mirada de siglo en siglo, y, particularmente, al fin del mundo, es decir, que los más grandes santos, las almas más ricas en gracias y virtudes, serán las más asiduas en rogar a la Santísima Virgen, en tenerla siempre presente, como su perfecto modelo, para imitarla, y como su pode: rosa ayuda que las ha de socorrer.
34
ARTICULO IV
Oficio que hará María especialmente en los últimos tiempos.
$ 1—Miradas projéticas sobre los últimos tiempos.
He dicho que todo lo anteriormente expuesto suce- derá particularmente al fin del mundo y bien pronto, porque el Altísimo, según ha sido revelado a un alma santa, cuya vida ha escrito M. de Renty, debe formarse en unión con su Madre, grandes santos que sobrepujarán en santidad a la mayor parte de los otros santos, como los cedros del Líbano exceden a los ar- bustillos.
Estas grandes almas, llenas de gracia y de celo, se- rán escogidas para oponerse a los enemigos de Dios, que se estremecerán por todas partes, y serán de una manera especial, devotas de María, esclarecidas por su luz, alimentadas con su leche, conducidas por su espíritu, sostenidas por su brazo y guardadas bajo su protección, de modo que combatirán con una mano y edificarán con la otra. Con una mano lucharán, de- rribarán y aplastarán a los herejes con sus herejías, a los cismáticos con sus cismas, a los idólatras con sus idolatrías y a los pecadores con sus impiedades, y con la otra mano edificarán el templo del verdadero Sa- lomón y la mística ciudad de Dios, es decir, la San- tísima Virgen, llamada por los Santos Padres el tem- plo de Salomón y la ciudad de Dios. Conducirán a
35
todo el mundo con sus palabras y ejemplos a la ver- dadera devoción de María, lo cual les acarreará mu- chos enemigos, pero también muchas victorias y glo- rias para Dios sólo. Esto es lo que Dios ha revelado a San Vicente Ferrer, gran apóstol de su siglo, como claramente lo ha indicado él en una de sus obras.
Esto es lo que el Espíritu Santo parece haber pre- dicho en el Salmo LVII con estas palabras: Et scien£ quia Deus dominabitur Jacob ea fínium terroe; con- vertentur, ad vesperam, et famem patientur ut canes, et circuibunt civitatem... «El Señor dominará en Ja- cob y en toda la tierra, ellos se convertirán al atar- decer y sufrirán hambre como perros e irán alrededor de la ciudad buscando que comer.» Esta ciudad que los hombres buscarán al final del mundo, para con- vertirse y saciar el hambre que tendrán de la justicia, es la Santísima Virgen, a quien el Espíritu Santo llama pueblo y ciudad de Dios.
Por María se comenzó la salvación del mundo y por María se debe consumar. María apenas se dejó ver en la primera venida de Jesucristo, con el fin de que los hombres, todavía poco instruídos e ilustrados sobre la persona de su Hijo, no se separasen de El aficionándose fuerte y violentamente a Ella, lo que sin duda alguna hubiera sucedido si Ella hubiese sido conocida, a causa de los admirables atractivos que el Altísimo puso aun en su exterior; y esto es tanta verdad, que San Dionisio Areopagita nos dejó escrito que, cuando la vió, la hubiera tenido por una divi- nidad, en vista de sus secretos atractivos y de su be- lleza incomparable, si la fe que él profesaba no le
36
dijera lo contrario. Pero en la segunda venida de Je- sucristo, debe ser conocida y revelada por el Espíritu Santo, a fin de hacer por medio de Ella que los hom- bres conozcan, amen y sirvan a Jesucristo; pues en- tonces ya no subsistirán aquellas razones que obliga- ron al Espíritu Santo a ocultar a su Esposa durante su vida y a manifestarla sólo raras veces desde que se predicó el Evangelio.
Dios quiere, pues, revelar y descubrir a María, la obra maestra de sus manos, en estos últimos tiempos.
1. Porque Ella se ocultó en este mundo y se colo- có más baja que el polvo por su propia humildad, habiendo conseguido de Dios, de sus Apóstoles y Evan- gelistas que apenas la manifestaran.
2. Porque, siendo la obra maestra de las manos de Dios, tanto aquí abajo por la gracia como en el cielo por la gloria, El quiere ser en Ella glorificado y alabado en la tierra por los mortales
3. Como Ella es la aurora que precede y descubre al Sol de justicia, que es Jesucristo, debe ser conocida y vista a fin de que lo sea Jesucristo.
4.” Como es el camino por donde Jesucristo ha venido a nosotros la primera vez, lo será también cuando Este venga la segunda, aunque de diferente Manera.
5.2 Siendo el medio seguro y la vía recta e in- maculada para ir a Jesucristo y encontrarle perfec- tamente, por Ella le deben también hallar las almas santas que han de resplandecer en santidad. El que encuentre a María encontrará la vida, es decir, a Je- sucristo, que es el camino, la verdad y la vida; pero
37
no se puede encontrar a María si no se la busca; no se la puede buscar si no se la conoce, pues jamás se busca ni se desea el objeto que no se conoce; por tanto, es necesario que, para llegar al exacto co- nocimiento y gloria de la Santísima Trinidad, sea María conocida como nunca.
6. María debe brillar más que nunca en miseri- cordia, en fuerza y en gracia en estos últimos tiempos; en misericordia, para atraer y recibir amorosamente a los pobres pecadores y desviados que se converti- rán y volverán al seno de la Iglesia Católica; en fuer- za contra los enemigos de Dios, los idólatras, cismá- ticos, mahometanos, judíos impíos obstinados que se revolverán terriblemente para seducir y hacer caer, por medio de promesas y amenazas, a todos los que les serán contrarios; y por último, debe resplandecer en gracia, para animar y sostener a los valientes sol- dados y fieles servidores de Cristo, que combatirán por sus intereses.
7: En fin, María debe ser terrible al demonio y a sus secuaces como un ejército colocado en orden de batalla, principalmente en estos últimos tiempos, porque el diablo, sabiendo que tiene poco tiempo y menos que nunca para perder las almas, redobla todos los días sus esfuerzos y sus ataques; suscitará en breve nuevas persecuciones y armará terribles embos- cadas a los servidores fieles y a los verdaderos hijos de María, a quienes le cuesta vencer mucho más que a los otros.
38
$ M.—Lucha de María y de los suyos contra Satanás y sus secuaces.
De estas últimas y crueles persecuciones del dia- blo, que irán aumentando de día en día hasta que venga el reinado del Anticristo, es de las que prin- cipalmente se ha de entender aquella primera y cé- lebre predicción y maldición de Dios, fulminada en el paraíso terrenal contra la serpiente. Aprovechare- mos la oportunidad de explicarla aquí, para gloria de María, consuelo de sus hijos y confusión de los demonios.
Inimicitias ponam inter te et mulierem, et semen tuum et semen illius; ipsa conteret caput tuum, et tu insidiaberis calcaneo ejus (Gen., 11. 5): «Crearé ene- mistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; ella misma te aplastará la cabeza y tú pon- drás asechanzas contra su talón.»
Dios no ha hecho ni formado nunca más que una sola enemistad, pero irreconciliable, que durará y aumentará sin fin, y es entre María, su digna Madre, y el diablo; entre los hijos y servidores de la San- tísima Virgen, y los hijos y secuaces de Lucifer, de manera que el más terrible de los enemigos que Dios ha creado contra el demonio es María, a quien dió desde el paraíso terrestre, a pesar de que Ella sólo existía entonces en la mente divina, tal odio contra ese maldito enemigo de Dios, tanta industria para descubrir la malicia de aquella antigua serpiente, tan- ta fuerza para vencer, aterrar y aplastar a ese orgu-
39
lloso impío, que él la teme, no sólo más que a todos los ángeles y hombres, sino, hasta cierto punto, más que al mismo Dios; y esto no porque la ira, el odio y el poder de Dios no sean infinitamente mayores que los de la Santísima Virgen, cuyas perfecciones son li- mitadas, sino, primero, porque Satanás, dado su or- gullo, sufre infinitamente más al ser vencido y casti- gado de wna pequeña y humilde esclava de Dios, y Ta humildad de ésta le humilla más que el poder di- vino; segundo, porque Dios ha otorgado a María un poder tan grande contra los demonios, que más temen ellos, según muchas veces han declarado a su pesar por la boca de los posesos, uno sólo de los suspiros de María en favor de algún alma, que las oraciones de todos los santos, y una sola de sus amenazas más que todos los otros tormentos.
Lo que Lucifer perdió por orgullo, ganólo María por humildad; lo que Eva condenó y perdió por su desobediencia, salvólo María por su obediencia. Eva, obedeciendo la voz de la serpiente, perdió consigo a todos sus hijos y los entregó al poder de Satanás. Ma- ría, conservándose perfectamente fiel a Dios, ha sal- vado con Ella a todos sus hijos y servidores, y los ha consagrado a la Majestad divina.
Dios no sólo ha creado una enemistad, sino enemis- tades, y no sólo entre María y el demonio, sino entre la descendencia de la Santísima Virgen y la del dia- blo: es decir, Dios ha levantado enemistades, antipa- tías y odios secretos entre los verdaderos hijos y servidores de su Madre y los hijos y esclavos del demonio; por eso no se aman mutuamente ni tienen
40
correspondencia interior unos con otros. Los hijos de Belial, los esclavos de Satanás, los amigos del mundo (pues estos distintos nombres significan una misma cosa), han perseguido incesantemente hasta aquí y per- seguirán todavía como nunca a aquellos y aquellas que pertenezcan a la Santísima Virgen, así como en otro tiempo Caín persiguió a su hermano Abel, y Esaú a su hermano Jacob, que son las figuras de los ré- probos y de los predestinados. Pero la humilde María triunfará siempre del orgulloso demonio y la victoria será tan grande, que llegará a aplastarle la cabeza, en donde reside su orgullo: Ella descubrirá siempre su malicia de serpiente; Ella hará manifiestas sus tra- mas infernales; Ella disipará sus consejos diabólicos, y a sus fieles servidores los librará hasta el fin de los tiempos de las garras de esta fiera cruel.
$ HL.—Los apóstoles de los últimos tiempos.
Pero el poder de María sobre todos los diablos bri- llará particularmente en los últimos tiempos en que Satanás pondrá asechanzas a su talón, es decir, a 8us humildes esclavos y a sus pobres hijos, que Ella sus- citará para que le hagan guerra. Serán pequeños y pobres según el mundo, y rebajados ante los otros como el talón, hollados y oprimidos como el talón lo es respecto de los demás miembros del cuerpo; pero, en cambio, serán ricos de la gracia de Dios, que Ma- ría les distribuirá abundantemente, grandes y exal- tados en santidad delante de Dios, superiores a toda
4
criatura por su celo inflamado, y tan fuertemente apo- yados en el socorro divino, que con la humildad de su talón, en unión de María, aplastarán la cabeza del diablo y harán triunfar a Jesucristo.
En fin, Dios quiere que su Santísima Madre sea ahora más conocida, amada y honrada que nunca, lo cual se conseguirá, sin duda, si los predestinados entran con la gracia y la luz del Espíritu Santo en la práctica interior y perfecta que les descubriré a continuación. Entonces verán claramente, en cuanto se lo permite la fe, a esa estrella del mar, guiados por la cual, arribarán seguros al puerto, a pesar de las tempestades y de los piratas; conocerán las grande- zas de esta Soberana, y se consagrarán enteramente a su servicio, como sus súbditos y esclavos de amor; experimentarán sus dulzuras y sus bondades materna- los, y la amarán tiernamente, como sus hijos predi- lectos; conocerán las misericordias de que está llena, y las necesidades en que se encuentran de su ayuda, y recurrirán a Ella, en todas las cosas como a su querida abogada y medianera ante Jesucristo; sabrán que Ella es el medio más seguro, el más fácil, el más corto y el más perfecto para ir a Jesucristo, y le en- tregarán el cuerpo y el alma, sin reserva, para perte- necer igualmente a Jesucristo.
Pero ¿qué es lo que serán estos servidores, escla- vos e hijos de María? Serán un fuego abrasador de los ministros del Señor, que prenderán el fuego del amor divino por todas partes, serán sicul sagitoe in manu potentis, como flechas agudas en la mano de esta Virgen poderosa, para atravesar a sus enemigos.
ES 5
Serán los hijos de Leví. bien purificados por el fuego de grandes tribulaciones y bien unidos a Dios, los cuales llevarán el oro del amor en el corazón. el incienso de la oración en el espíritu y la mirra de la mortificación en el cuerpo, y por todas partes serán buen olor de Jesucristo a los pobres y a los pequeños, mientras que serán olor de muerte para los grandes, para los ricos y para los orgullosos del mundo.
Serán tronadoras nubes que volarán por los aires al menor soplo del Espíritu Santo, y que, sin ape- garse a nada, ni extrañarse de nada, ni preocuparse de cosa alguna, descargarán la lluvia de la palabra de Dios, y de la vida eterna; tronarán contra el pecado, retumbarán contra el mundo, herirán al dia- blo y a los suyos, y atravesarán de parte a parte, para la vida o para la muerte, con el cuchillo de dos filos de la palabra de Dios, todos aquellos a quienes serán enviados de parte del Altísimo.
Serán los apóstoles verdaderos de los últimos tiem- pos, a quienes el Señor de las virtudes dará la pa- labra y la fuerza para obrar maravillas y obtener gloriosos trofeos sobre sus enemigos; dormirán sin oro ni plata y, lo que es más, sin cuidados en medio de los sacerdotes, eclesiásticos y clérigos inter medios cleros (1), y. sin embargo, tendrán alas plateadas de paloma para volar con la pura intención de la gloria de Dios y de la salvación de las almas a donde los Mama el Espíritu Santo, y no dejarán detrás de ellos.
(1 Ps, LXVIL 14.
43 en los lugares donde habrán predicado. más que el oro de la caridad, que es el cumplimiento de toda ley. En fin, sabemos que serán verdaderos discípu- los de Jesucristo, que, caminando sobre las huellas de su pobreza, humildad, desprecio del mundo y ca- ridad, enseñarán el camino de Dios en la verdad pura, según el santo Evangelio y no según las máximas del mundo, sin preocuparse ni hacer acepción de nadie, sin perdonar, escuchar ni temer a ningún mortal, por poderoso que sea.
En su boca tendrán el cuchillo de dos filos de la palabra de Dios, sobre sus espaldas llevarán el es- tandarte ensangrentado de la Cruz, en la mano de- recha el crucifijo, en la izquierda el rosario, en su corazón los sagrados nombres de Jesús y de María, en toda su conducta la modestia y mortificación de Jesucristo. He aquí los grandes hombres que han de venir, pero a quienes María formará por orden del Altísimo, para extender su imperio sobre el de los impíos, idólatras y mahometanos. Mas ¿cuándo y cómo será esto?... Sólo Dios lo sabe; a nosotros sólo toca callar, rogar, suspirar y esperar: Expectans expec- tavi (1).
(1) Ps, XXXIX, L
CAPITULO 11
Discernimiento de la verdadera devoción a la Santísima Virgen.
ARTICULO 1
VERDADES FUNDAMENTALES
Habiendo tratado hasta aquí de la necesidad que tenemos de la devoción a la Santísima Virgen, debo ahora decir en qué consiste esta devoción, lo cual haré, con la ayuda de Dios, después de dejar senta- das algunas verdades fundamentales que darán luz sobre esta grande y sólida devoción que intento des- cubrir.
$ 1.—Primera verdad: Jesucristo, nuestro fin último.
El fin último de todas nuestras demás devociones no debe ser otro que Jesucristo nuestro salvador, ver- dadero Dios y verdadero hombre; de lo contrario, estas devociones serían falsas e ilusorias. Jesucristo es el alpha y la omega, el principio y fin de todas las cosas. Si trabajamos, sólo es, como dice el Após- tol, para hacer a todo hombre perfecto en Jesucristo, porque sólo en El habitan toda la plenitud de la divinidad y todas las demás plenitudes de gracias, de virtudes y de perfecciones; porque sólo en El hemos sido bendecidos con toda suerte de bendición espi-
45 ritual, porque El es el único Maestro que debe ense- ñarnos, el único Señor de quien debemos depender, la única Cabeza a quien debemos estar unidos, el único Modelo a quien debemos conformarnos, el único Médico que debe curarnos, el único Pastor que nos debe alimentar, el único camino que debe con- ducirnos, la única Verdad que debemos creer, la única Vida que nos debe vivificar, y nuestro únic Todo que en todas las cosas nos debe bastar. Debajo del cielo ningún otro nombre se nos ha dado, para que por él seamos salvos, más que el Nombre de Jesús. Dios no nos ha dado otro fundamento para nuestra salvación, para nuestra perfección y para nuestra gloria más que a Jesucristo; todo edificio que no descanse sobre esta piedra firme está fundado sobre arena movediza y caerá infaliblemente, tarde o temprano. Todo fiel que no esté unido a El. como un sarmiento a la cepa de la vid, caerá, se secará y sólo servirá para ser echado al fuego. Fuera de El sólo hay extravío, mentira, iniquidad, inutilidad, muer- te y condenación. Pero si permanecemos en Jesucristo y Jesucristo en nosotros, no temeremos ninguna con- denación. porque ni los ángeles del cielo, ni los hom- bres de la tierra, ni los demonios del infierno, ni criatura alguna nos puede dañar, pues ella jamás nos puede separar de la caridad de Dios, que está en Cristo Jesús. Por Jesucristo, con Jesucristo, en Je- sucristo todo lo podemos: tributar todo honor y glo- ria al Padre en unidad del Espíritu Santo, hacernos perfectos y ser a nuestro prójimo un buen olor de vida eterna.
Si _ nosotros, pues, establecemos la sólida devoción a la Santísima Virgen, sólo es para establecer más perfectamente la de Jesucristo. para ofrecer un medio ácil y seguro de encontrar a Jesucristo. Si la devo- ción a la Santísima Virgen alejase de Jesucristo, sería necesario rechazarla como una ilusión del diablo; pero tan lejos está esto de ser así que, muy al contrario, como ya hemos demostrado y haré ver todavía a continuación, esta devoción nos es necesaria para en- contrar perfectamente a Jesucristo, para amarle con ternura y para servirle con fidelidad.
A Vos me dirijo yo en estos momentos, amabilí- simo Jesús, para quejarme amorosamente a vuestra Majestad de que la mayor parte de los cristianos, aun los más instruídos, no conocen el enlace necesario que existe entre Vos y vuestra Santísima Madre. Vos, Señor, estáis siempre con María y María está siem- pre con Vos y no puede estar sin Vos, pues, de lo contrario, dejaría de ser lo que es; Ella está de tal manera transformada en Vos por la gracia, que ni vive ni es nada en realidad, sino que Vos, Jesús mío, sois quien vive y reina en Ella más perfecta- mente que en todos los ángeles y bienaventurados. ¡Ah! si los hombres conocieran la gloria y el amor que Vos recibís en esta criatura admirable, tendrían hacia Vos y Ella muy distintos sentimientos de los que al presente abrigan. Tan íntimamente unida está Ella a Vos, que, antes se separaría la luz del sol y el calor del fuego: digo más, antes se separaría de Vos a los ángeles y a los santos, que a esta divina
47
Señora; porque Ella os ama más ardientemente que todas las demás criaturas juntas.
Según esto, amable Señor. ¿no es una cosa que causa admiración y lástima ver la ignorancia y las tinieblas que embargan a los hombres de este mundo con respecto a vuestra Santísima Madre? Y ahora no hablo de tantos idólatras y paganos, que, no cono- ciéndoos a Vos, menos hacen por conocer a Ella; no hablo tampoco de los herejes y cismáticos que, como están separados de Vos y de vuestra santa Igle- sia, no cuidan para nada de ser devotos de vuestra Santísima Madre; hablo, sí, de los católicos que, ha- ciendo profesión de enseñar a los otros las verdades, ni os conocen a Vos ni a vuestra Santísima Madre más que de una manera especulativa, seca, estéril e indiferente. Hablan rarísimas veces de vuestra San- tísima Madre y de la devoción que se le debe pro: lesar, porque temen, dicen ellos, que se abuse de esta devoción y que honrando a vuestra Madre San- tísima se infiera injuria a Vos. Si ven u oyen a algún devoto de María hablar con frecuencia de la devoción a esta Madre bondadosa de una manera tierna, fuer- te y persuasiva, como de un medio seguro sin ¡lusio- nes, de un camino corto sin peligros, de una senda inmaculada sin imperfección y de un secreto mara- villoso para encontraros y amaros perfectamente, cla- man contra él y le arguyen con mil razones falsas para probarle que no es conveniente que hable tanto de la Santísima Virgen, que hay grandes abusos en esta devoción, que es necesario trabajar con empeño para destruirlos, y hablar de Vos antes que propagar
48
en los pueblos la devoción a María, a quien ya aman bastante.
A veces se les oye hablar de la devoción a vuestra Santísima Madre, pero no es para establecerla ni inculcarla, sino para destruir los abusos que de ella se cometen, mientras que carecen de piedad y de de- voción tierna para con Vos, porque no la tienen para con María, y consideran el Rosario y el Escapulario como devociones de mujercillas, propias para los ig- norantes, de las cuales nadie tiene necesidad para salvarse; y si tropiezan con algún devoto de María, que reza el Rosario o practica hacia Ella alguna otra devoción, trabajan pronto por que desista de la afi- ción a estas cosas, y en lugar del Rosario, le aconsejan los siete salmos, y en vez de la devoción a la Santí- sima Virgen le aconsejan la devoción a Jesucristo.
¿Estos tales tienen, amable Jesús mío, vuestro Es- píritu? ¿Os agradan obrando de esta manera? ¿Es agradaros no hacer todos los esfuerzos posibles para agradar a vuestra Madre, por miedo de disgustaros a Vos? ¿La devoción a vuestra Santísima Madre se opone a la vuestra? ¿Es que Ella se atribuye el ho- nor que se la tributa? ¿Es que Ella forma bando aparte? ¿Es Ella una extraña, que no tiene con Vos ninguna relación? ¿Es desagradar a Vos el agradar a Ella? ¿Es separarse o alejarse de vuestro amor el entregarse a Ella y amarla? Sin embargo, mi ama- ble Maestro, la mayor parte de los sabios, en cas- tigo de su orgullo, no se alejarían más de la devo- ción a vuestra Santísima Madre, ni se mostrarían más indiferentes de lo que ahora son para con Ella,
49
si fuera verdad lo que acabo de decir. Guardadme, Soñox, guardadme de sus sentimientos y de sus prác. ticas, y comunicadme alguna parte de los sentimien- tos de reconocimiento, de estima, de respeto y de amor que Vos abrigáis hacia vuestra Santísima Madre, a fin de que os ame y glorifique cuanto más os imite y cuanto más de cerca os siga.
Permilidme que, como si hasta aquí no hubiera aun dicho nada en honor de vuestra Santísima Madre, la alabe ahora dignamente: Fac me digne tuam Matrem collaudure, a pesar de todos sus enemigos, que son los vuestros, y que yo les diga en alta voz con los santos: Non proesumat aliquis Deum se habere propitium, qui benedictam Matrem offensam habuerit...: «No pre- suma obtener de Dios misericordia aquel que ofende a su Santísima Madre.» Para obtener de vuestra mi- sericordia una verdadera devoción a vuestra Santí- sima Madre e inspirarla a toda la tierra, haced que os ame ardientemente, y aceptad, a este fin, la ora- ción abrasada que os hago con San Agustín y vues- tros más fieles amigos.
t
«Tu es Christus, pater meus sanctus, Deus meus pius, rex meus magnus, pastor meus bonus, magister meus unus, adjutor meus optimus, dilectus meus pul- cherrimus, panis meux vivus, sacerdos meus in aeter- num, dux meus ad patriam, lux mea vera, duicedo mea sancta, via mea recta, sapientia mea praeclara, sim-
50
plicitas mea pura, concordia mea pacifica, custodia mea tota, portio mea bona salum mea sempiterna.
»Christe Jesu, amabilis Domine, cur amavi, quare concupivi omni vita mea quidquam pracier te, Jesum Deum meum? Ubi eram quando tecum mente non eram? Jam ex hoc nunc, omnia desideria mea, inca- lescite et effluite in Dominum Jesum; currite, satis hactenus tardatis; properate quo pergitis, quaerite quem quaeritis. Jesu, qui non amat te, anaihema sit; qui te non amat, amaritudinibus repleatur... O dulcis Jesu, te amet, in te delectetur, te admiretur omnis sensus bonus tuae conveniens laudi. Deus cordis mei el pars mea, Christe Jesu, deficiat cor meum spiritu suo, el vivas lu inme, et comcalescat spiritu meo vivus carbo amoris tui, te excrescat in ignem perícctum; ardeat jugiter in ara cordis mei, ferveat in medullis meis, flagret in absconditis animae meae; in die con- summationis mese consummatus inveniar apud te... Amen» (1).
He querido poner en latín esta admirable oración de San Agustín, para que las personas que entienden este idioma la reciten todos los días pidiendo el amor de Jesús, que es el que buscamos por medio de María Santísima (2).
«Vos sois Cristo, mi Padre santo, mi Dios piadoso, mi rey grande, mi pastor bueno, mi maestro único, (1D) Tomo 1X, Operum medita!...
(2) Creyendo prevenir el deseo de los fieles que no entien- den el latín, damos una traducción de esta oración.
51
mi ayuda óptima, mi amado bellísimo; mi pan vivo, mi sacerdote eterno, mi guía para la patria, mi luz verdadera, mi dulzura santa, mi camino recto, mi sa- biduría preclara, mi simplicidad pura, mi concordia pacífica, mi custodia competa, mi porción preciosa, mi salvación eterna,
¡Oh Jesucristo!, ¡»ni amable Señor, ¿por qué habré yo amado y descado en toda mi vida algo fuera de Vos, Jesús, que sois mi Dios? ¿En dónde estaba cuan- do no pensaba en Vos? Infiumaos desde este momen- Lo, deseos todos de mi corazón, precipitaos hacia Je- sús, mi Señor; corred, que mucho habéis tardado hasta ahora; apresuraos adonde vais; buscad a quien buscáis; Jesús, anatema contra aquel que no os ama, que se le liene el corazón de amargura a aquel que no cifra su amor en Vos... Oh dulce Jesús, que os ame, que se deleite en Vos y que os admire todo buen corazón preparado para vuestra gloria. Dios de mi corazón y porción mía, Cristo Jesús, que desfa- llezcan los alientos de mi pecho, y viváis Vos en mí y se enciendan en mi espíritu las brasas vivas de vuestro amor, que éste se dilate hasta transformarse en un fuego perfectisimo, que arda en las aras de mi corazón, que hierva en mis entrañas, que abrase el fondo de mi alma; para que en el día de mi muerte me halle consumado en vuestro amor. Amén» (1).
(1) Esta sublime oración la hemos traducido directamente del latín y no de la que con mucha elegancia, pero también con alguna libertad, hizo al francés nuestro Beato.—(W. del 7.)
52
' M.—>Segunda verdad: Nosotros pertenecemos a Jesucristo y a María.
De lo que Jesucristo es para nosotros debemos concluir que nosotros en nada nos pertenecemos, como dice el Apóstol, sino a El totalmente, como sus miem- bros y sus esclavos, a quienes El ha comprado con el precio infinito de su sangre. Antes del Bautismo perte- necíamos al diablo, como sus esclavos; y el Bautismo nos ha hecho ios verdaderos esclavos de Jesucristo, que no debemos vivir, trabajar ni morir más que a Án de fructificar para este Dios-Hombre, glorificarle en nuestro cuerpo y darle el reinado de nuestra alma, porque somos su Conquista, su pueblo de adquisición y su herencia. Por esta misma razón el Espiritu Santo hos compara; 1., a árboles plantados en la corriente de las aguas de la gracia, en el campo de la Iglesia, que en tiempo oportuno deben dar su fruto; los sarmientos de una vid, cuya cepa es Jesucristo, y los cuales deben dar buenas uvas; 3.” a un rebaño que tiene a Jesucristo por pastor y que se debe mul- tiplicar y dar leche; 4%, a una tierra buena cuyo labrador es Dios y en la cual la semilla se multiplica y reporta fruto al treinta, al sesenta, al ciento por uno. Jesucristo dió su maldición a la higuera infruc- tuosa y fulminó la condenación contra el siervo in- útil que no hizo valer su talento. Todo esto prueba que Jesucristo quiere recibir algunos frutos de nues- tras pobres personas, 2 saber: nuestras buenas obras, porque estas buenas obras pertenecen a El única-
53
mente. Creati in operibus bonis in Christo Jesu (1): «Creados para las buenas obras en Cristo Jesús.» Las cuales palabras del Espíritu Santo muestran que Jesucristo es el único principio y debe ser el único fin de todas nuestras buenas obras, y que le debemos sen no sólo como siervos asalariados, sino como esclavos de amor. Me explicaré.
En la tierra hay dos maneras de pertenecer a otro y de depender de su autoridad, es, a saber: la simple servidumbre y la esclavitud, las cuales producen lo que todos llamamos un siervo y un esclavo.
Por la servidumbre común, entre los cristianos, un hombre se obliza a servir a otro cierto tiempo me- diante cierto salario o cierta recompensa.
Por la esclavitud un hombre depende totalmente de otro, durante toda su vida, y debe servir a su señor, sin esperar de él retribución ni recompensa alguna, lo mismo «que un irracional sobre quien tenemos de- recho de vida y muerte.
Hay tros clases de esclavitudes: la natural, la for- zada y Ja voluntaria. De la primera manera, son esclavos de Dios todas las criaturas: Domini est terra “t plenitudo ejus (2): de la segunda, lo son los demo- nios y los condenados; de la tercera, los justos y los santos. La esclavitud voluntaria es la más per- fecta y la más gloriosa para Dios, el cual mira el corazón y nos le pide para sí, y El mismo se llama
(1) Epis. a los Efes., IL, 10. (2) Ps. XX, L
54
Dios del corazón o de la voluntad amorosa, pues, por medio de esta esclavitud, posponemos todas las cosas a Dios y a su servicio, aun cuando la naturaleza a ello no nos obligue.
Existe una diferencia completa entre un siervo y un esclavo.
12 Un siervo no da a su amo todo lo que es ni todo lo que posee ni todo lo que puede por sí o por otro adquirir; mas el esclavo se da todo entero a su dueño. con todo lo que posee y todo lo que puede adquirir, sin excepción ninguna.
2. El siervo exige retribución por los servicios que presta a su amo; el esclavo no tiene derecho a exigir nada de esto, por mucha que sea la asiduidad, la industria y la fuerza que despliegue en sus trabaios.
3.2 El siervo puede dejar a su amo cuando le plazca, o al menos cuando expire el tiempo de su servicio; pero el esclavo no puede, a voluntad. aban- donar a su señor.
4.2 El amo no tiene sobre el siervo ningún derecho de vida y muerte; de manera que, si le matara como a una bestia de carga, cometería un homicidio injusto: en cambio, las leyes conceden a los señores derecho de vida y muerte sobre los esclavos. de modo que pueden venderle a quien quieran, o matarle, lo mis- mo que podrían hacer con su caballo.
5.2 Por último. el siervo sólo temporalmente está bajo las órdenes de su amo, pero el esclavo lo está para siempre.
55
Nada hay entre los hombres que tanto nos haga pertenecer a otro como la esclavitud; nada hay tam- poco entre los cristianos que nos haga más absolu- tamente pertenecer Jesncristo y a su Santísima Madre que la esclavitud voluntaria, según el ejem- plo del mismo Jesucristo, que tomó la forma de es- clavo por amor nuestro: Forman servi accipiens (1), v de la Santísima Virzen. que se ha lMlamado la sierva y esclava del Señor. El Apóstol se honra en llamarse servus Christi (2). Los cristianos son amados muchas veces en la sagrada Escritura servi Christi; y con esta palabra de servus, sesún lo ha hecho notar con verdad un hombre insiene, desianábase en otro tiem- po a un esclavo, porque entonces aun no existían los siervos, tales como los conocemos hoy, pues que los señores sólo se hacíar servir de esclavos o libertos: todo lo cual, el santo Concilio Tridentino, para no dejar duda aleuna de que somos esclavos de Jesu- cristo. expresa con un término que no tiene nada de equívoco. lamándonos mancipia Christi, «esclavos de Jesucristo». Según esto:
Digo que debemos ser de Jesucristo y servirle, no sólo como siervos mercenarios, sino como esclavos amorosos que por efecto de un intenso amor, se dan y entregan a su servicio, en calidad de esclavos, por sólo el honor de pertenecerle. Antes del Bautismo éra- mos esclavos del demonio: el Bautismo nos ha hecho
(1) Epis. a los Felip., IL 7. (2) Epist. a los Gá., I, 10.
56
esclavos de Jesucristo; luego. o el cristiano ha de ser esclavo del diablo o esclavo de Jesucristo.
Lo que digo. hablando en términos absolutos de Jesucristo, lo digo relativamente de la Santísima Vir- gen, Habiéndola escogido Jesucristo por compañera inseparable de su vida, de su muerte. de su glori de su poder en el cielo y en la tierra, le ha otorgado por gracia, relativamente a su Majestad, todos los derechos y privilegios que El posce por naturalez. Quidquid Deo convenit per naturam, Maríae convenit per gratiam... «Lo que a Dios conviene por natura- loza, dicen los santos, conviene a María por gracia.» que, según ellos. como Dios y María tienen la misma voluntad y el mismo poder. tienen también los dos los mismos súbditos, siervos y esclavos.
Podemos, pues, según el sentir de los santos y de otros muchos varones insignes. llamarnos y hacernos esclavos de amor de la Santísima Virgen. a fin de ser de esta manera más perfectamente esclavos de Jesu- cristo. María es el medio de que el Señor se ha servido para venir a nosotros, y es también el medio que nosotros debemos emplear para iv a El. María no es como las otras criaturas, las cuales, si a ellas nos adherimos, pueden más bien separarnos que acercar- nos a Dios; antes al contrario, su inclinación más irresistible es wmirnos a Jesucristo. su Hijo, así como ia más irresistible inclinación de Jesús es unirnos a El por medio de su Santísima Madre. lo cual es hacer a El gran honor y proporcionarle mucho placer, como sería honrar y agradar a un rey, si, para ser
57
más perfectamente súbditos y esclavos suyos, nos hi- ciéramos esclavos de la reina.
Ho aquí por qué los santos Padres y San Buenaven- tura con ellos, dicen que María es el camino para ir a Cristo: Via veniendi ad Christa mest appropinquare ad ¡llum (ln Psalte.-min.)
Demás de esto. sj, como lo he dicho ya. la Santísima Virgen es la reina y soberana del cielo y de la tierra Ecce imperio Dei omnia subjicinntur et Virgo; ecce imperio Virginis omnia subjiciuntur et Deus, dicen San Anselmo, San Bernardo, San Bernardino, San Buenaventura. ¿por qué no ha de tener Ella tantos subditos y esclavos como criaturas hay en el mundo? Y entre tantos esclavos por fuerza. ¿no será razón admitir algunos de amor que, por su propia voluntad, la escojan en calidad de esclavos, como a su sobe- rana? ¡Pues qué! si los hombres y los mismos de- monios tienen sus esclavos voluntarios, ¿había de ca- recer de ellos sólo María? Más aún: si un rey se honra con que la reina, su compañera. posea escla- vos sobre los cuales tenga ella derecho de vida y muerte. porque el peder y el honor de uno forman una misma cosa con el honor y el poder del otro, ¿nos atreveremos a creer que el Señor. que. como el mejor de todos los hijos. ha comunicado a María todo su poder, verá mal que su Santísima Madre tenga también sus esclavos? ¿Tiene acaso Jesús menos res- peto y amor para con su Madre Santísima que Asuero le tuvo para Ester y que Salomón le tuvo para Bet- sabé? ¿Quién será tan osado que llegue mo sólo a decir, sino a pensar cosa semejante?
58
Pero ¿a dónde me ha conducido mi phima? ¿Por «mé detenerme aquí a probar wa cosa tan visibl»? Si no quiere alemo que nos llamemos esclavos de la Santísima Vireen, ¿qué importa? Hamámonos y llamémonos esclavos de Jesucristo, que lo seremos de María, porque Jesús es el fruto y la gloria de en Santísima Madre, Esto es lo que se consigue perfec- tamente por la devoción de que me voy a ocupar en seguida.
$ TIL.—Tercera verdad: Debemos despojarnos de todo lo malo que hay en nosotros.
Nuestras mejores acciones auedan de ordinario man- chadas y corromvidas por el fondo de mal que hay en nosotros. Cuando se vierte agua limpia y ela. ra en un vaso que huele mal, o se echa vino en una pipa (1) cuyo interior está deteriorado por otro vino que contuvo, el agua clara y el vino bueno se echan a perder y toman fácilmente el mal olor del vaso o de la pipa. De la misma manera, cuando Dios arro- ja en el vaso de nuestra alma, maleada por el pecado original y actual. sus gracias y rocíos celestiales. o el vino delicioso de su amor, sus dones se corrompen y averían. ordinariamente, por la mala levadura y el mal fondo que el pecado dejó en nosotros; nues- tras acciones. aun las virtudes más sublimes. se re- sienten de ello. Es, pues, de gran importancia, para
(1) Pipa, medida antigua de capacidad muy variable, em- pleada en el comercio de líquidos.
59
adquirir la perfección, que sólo se consigue por la unión a Jesucristo, vaciarnos a nosotros mismos de cuanto haya de malo en nosotros: si no es así. el Señor, que es infinitamente santo y detesta la menor mancha en el alma, nos arrojará de sus divinos ojos
y jamás se unirá a nosotros.
Para vaciarnos de nosotros mismos se requiere: 1.7% Conocer bien, con la luz del Espíritu Santo. nuestro mal fondo, nuestra incapacidad para todo lo bueno, nuestra debilidad en todas las cosas, nuestra inconstancia en todos los tiemnos, nuestra indignidad para toda gracia y nuestra iniquidad en todo lugar. El pecado de nuestro primer padre a todos nos ha dañado, asriado, levantado y corrompido, como la le- vadura agria levanta y corrompe toda la masa en que se pone. Los pecados actuales que hemos come- tido, ya mortales, ya veniales, por perdonados que estén, han aumentado nuestra concupiscencia, nues- tra debilidad, nuestra inconstancia y nuestra corrup- ción. y han dejado restos de maldad en nuestra alma. Nuestros cuerpos están tan corrompidos que el Es- píritu Santo los llama cuerpos de pecado, concebidos en el pecado, alimentados en el pecado y sólo capa- cos de pecado, cuerpos sujetos a mil y mil enferme- dades que se corrompen de día en día y que no engendrar más que sarna, gusanos y corrupción. Nuestra alma, unida a este cuerpo, se ha hecho tan carnal que se llama carne: Habiendo toda carne
60
corrompido su camino (1). Por herencia sólo tenemos orgullo y ceguedad en el espíritu. endurecimiento en el corazón, debilidad e inconstancia en el alma, con- cupiscencia, pasiones revueltas y enfermedades en el cuerpo. Por naturaleza somos más orgullosos que los pavos reales, más pegados a la tierra que los sapos, más viles que los machos tíos, más envidiosos que las serpientes. más plotones que los cerdos (2), más coléricos que los tigres, más perezosos que las tor sas, más debiles que los carrizos y más volubles que las veletas. En nuestro fondo no abrigamos más que la nada y el pecado, y no merecemos otra cosa que la ira (3% de Dios y la eternidad del infierno.
En vista de esto, ¿será de maravillar, si el Señor ha dicho que el que quiera seguirle debe renunciarse a sí mismo y odiar a su alma, y que el que ama a su alma la perderá. v el que la odia la salvará? (4). Esta infinita Sabiduría, que no da mandato alguno sin razón, no nos ordena el odio a nosotros mismos. sino porque somos sumamente dignos de odio: nada es tan digno de amor como Dios. y nada tan dieno de odio como nosotros mismos.
(1) Gén, VE, 12
(2) No se ofenda la delicadeza de los lectores de lo crudo de estas expresiones, las ev 1 sido inspiradas por la realidad de las cosas; además, en tiempo del Beato no serían tan mal sonantes como hoy. Pues si le hubieran sido, nada más natural que emplear aleunos sinónimos que atenuasen las expresiones, dejando intacto el pensamiento.
(3) Ira, sinónimo poético de cólera.
(4) San Juan, XIL 25.
61
2. Para vaciarnos de nosotros mismos es preciso que todos los días muramos a nosolros mismos; es decir, que se necesita renunciar a las operaciones de las potencias de nuestra alma y de los sentidos de nuesiro cuerpo; que debemos ver como si no vié: os, oír como si no oyésemos, servirnos de las cosas de este mundo como si no nos sirviéramos de ellas, lo cual llama San Pablo morir todos los días: Quotidie morior (1). Si el grano de trigo. al caer en tierra, no muere, permanece solo y no produce buen fruto: Ñisi granum jrumenti cadens in terram mor- Juum feurit, ipsum solum manet (2). Si no morimos a nosoiros mismos, y si nuestras más santas devocio- nes no nos conducen a esta muerte necesaria y fe- cunda, no produciremos fruto que valga, y nuestras devociones nos serán inútiles; todas nuestras obras de justificación quedarán manchadas por nuestro amor propio y nuestra propia voluntad, lo cual hará que Dios abomine los mayores sacrificios y las mejores acciones que realicemos, que en nuestra muerte nos encontremos con las manos vacias de virtudes y mé- zitos, y que no tengamos ni una chispa del puro amor que sólo se comunica a las almas que mueren a sí mismas y cuya vida está oculta con Jesucristo en Dios.
Es necesario escoger, entre todas las devociones a la Santísima Virgen, la que mejor nos lleve 2 esta
(1) £ Cor. XV, 2L. (2) San Juan, XUL, 24.
62
muerte de nosotros mismos, como la mejor y más elicaz para nuestra santificación; porque no hay que Creer que todo lo que reluce es oro, que todo lo duice es miel y que todo lo fácil de hacer y que practica el mayor número es lo que más conduce a la santifi- cación, Así como hay en la naturaleza secretos para hacer en poco tiempo, con pocos gastos y con faci- lidad ciertas operaciones naturales, hay también en el orden de la gracia secretos para hacer en poco tiem- po, con dulzura y facilidad, operaciones sobrenatura. le», vaciarse de sí mismo, llenarse de Dios y hacerso períecto.
La práctica que intento manifestar es uno de esos secretos de gracia, desconocido de la mayoría de los cristianos, conocido de pocas personas devotas, prac- ticado y gustado de un número todavía mucho más pequeño. Para comenzar a descubrir esta práctica ex- pongamos antes esta cuarta verdad que es una con- secuencia de Ja tercera.
$ 1V.—Cuarta verdad: Necesidad de un mediador para con el Mediador Jesucristo.
Es más perfecto, porque es más humilde, no acer- carnos a Dios por nosotros misinos, sin tomar un mediador. Estando tan corrompido nuestro fondo, como acabo de mostrar, si nos apoyamos en nuestros propios trabajos, industrias y preparaciones para ir a Dios y agradarle, ciertamente las obras de nues- tra justificación quedarán manchadas o pesarán poco ante Dios para obligarle a que se una a nosotros y
03 nos atienda. Por esto, no sin razón nos ha dado Dios mediadores ante su Majestad. El ha visto nuestra indignidad e incapacidad; ha tenido piedad de nos- otros, y para hacernos capaces de sus misericordia, nos ha provisto de poderosos intercesores para con su grandeza: de modo que prescindir de estos me: diadores y acexcarse directamente a su santidad, sin recomendación alguna, es carecer de humildad, care- cer de respeto hacia un Dios tan alto y tan santo; es hacer menos caso de este Rey de reyes que el que se haria de un rey o de un príncipe de la tierra, al cual nadie querria acercarse sin algún amigo que hable por él.
Li señor es nuestro abogado y medianero de re- dención para con el Padre; por medio de El debemos rogar con toda la iglesia triunfante y militante; por Ll es por quien tendremos acceso ante su Majestad, y sólo apoyados y revestidos de sus méritos es como úebemos presentarnos ante Dios, de la manera que el mio Jacob, cubierto con las pieles de cabritos, aparecio ante su padre Ísaac para recibir su ben- dición.
Pero, ¿es que no tenemos necesidad de un me- diador para con el mismo Mediador? ¿Es nuestra pureza bastante grande para unirnos directamente a ki por medio de nosotros mismos? ¿No es El acaso Dios, igual en todas las cosas a su Padre, y por con- siguiente, el Santo de los santos, tan digno de res- peto como el Padre? Si, por su caridad infinita, El se ha hecho nuestro fiador y medianero ante Dios su Padre, para apaciguarle y pagarle lo que nosotros le
64
debemos, ¿será esto motivo para que tengamos menos tespeio y temor hacia su majestad y santidad? Digamos, pues. sin encogimiento, con San Bernardo, «ue tenemos necesidad de un mediador ante el mis- mo Mediador, y que María Santísima es la más capaz de cumplir este oficio caritativo; por Ella vino Jesucristo al mundo y por Ella debemos acercarnos a El Si tememos ir directamente a Jesucristo nues- tro Dios, a causa de su grandeza infinita, de nuestra bajeza o de nuestros pecados, imploremos con santa osadía la ayuda y la intercesión de María nuestra Madre, que Ella es buena y tierna, y no tiene nada de austero mi repulsivo, mi aun de muy sublime y brillante, y, al veria, no vemos otra cosa que nues- tra pura naturaleza. Ella no es el sol que, por la viveza de sus rayos, pudiera ofuscarnos a causa de nuestra debilidad, sino que es belia y dulce como la luna, que recibe su luz del sol y la templa para acomodarla a lo que nuestra pequeñez puede re- sistir; Ella es tan caritativa, que no rechaza a nadie de los que acuden a su intercesión, por muy peca: dores que sean, porque, como dicen los santos, jamás se ha oído decir, desde que el mundo es mundo, que haya alguno recurrido a la Santísima Virgen con confianza y perseverancia, y haya sido desechado. Ella es tan poderosa que nunca han sido rehusadas sus peticiones; basta que María se presente ante su Hijo :ogándole, para que Jesús, vencido amorosamente por los pechos, por las entrañas y por las súplicas de su queridísima Madre, al punto le otorgue lo que Esta
65
le pide, o reciba lo que Ella, en nombre nuestro, le ofrece
Todo esto está sacado de San Bernardo y San Bue: haventura; por manera que, según ellos, tenemos to- dos, para ir a Dios, que subir tres escalones: el primero, que es el más cercano a nosotros y el más conforme a nuestra capacidad, es María; el segundo es Jesucristo, y el tercero es el Padre Eterno. Para ir a Jesús es preciso ir a María, que es nuestra me- dianera por intercesión, y para ir al Padre Eterno es necesario ir a Jesús, que es muestro mediador por redención. Este es el orden que se guarda perfecta- mente en la devoción que voy en seguida a indicar.
$ V.—Quinta verdad: Nuestros bienes espirituales están expuestos a perderse en nuestras manos.
Es muy difícil, dada nuestra debilidad y nuestra Iragilidad, que conservemos en nosotros las gracias y los tesoros que hemos recibido de Dios. 1., porque ese tesoro, que vale más que el cielo y la tierra, le conservamos en vasos frágiles: Habemus thesaurum istud in vasis fictilibus (1); en un cuerpo corruptible, en un alma débil e inconstante que por una nonada se turba y abate; 2.”, porque los demonios, que son ladrones muy astutos, quieren sorprendernos de im- proviso para robarnos y despojarnos: espían de día y de noche el momento favorable; a este fin incesante- mente dan vueltas alrededor de nosotros para devo-
(1) I Cor, IV, 7.
66
rarnos y quitarnos en un momento, por el pecado, todas las gracias y méritos que en muchos años hemos podido ganar. Su malicia, su experiencia, sus estucias y su muchedumbre deben hacernos temer infinitamen- tc esta desgracia, ya que personas más llenas de gra- cias, más ricas en virtudes, más experimentadas y más crecidas en santidad, han sido sorprendidas, ro- badas y saqueadas lastimosamente. ¡Ah! ¡cuántos ce- dros del Líbano y estrellas del firmamento se han vis- to caer miserablemente y perder su elevación y su claridad en poco tiempo! ¿De dónde se ha originado este cambio tan extraño? Sin duda no ha sido por falta de gracia, de la cual nadie carece, sino por la falta de humildad. Creyéronse más fuertes y pode- rosos de lo que eran; creyéronse capaces de guardar su tesoro; se fiaron y apoyaron en sí mismos; cre- yeron que su casa estaba hastante segura y que sus cofres eran bastante fuertes para guardar el precioso tesoro de la gracia, y por este apoyo imperceptible que tuvieron en sí mismos, aunque les parecía que únicamente se apoyaban en la gracia de Dios, es por lo que el Señor, en justicia, ha permitido que sean robados, abandonándolos a ellos mismos. ¡Ah! si hubiesen conocido la admirable devoción que les voy a mostrar a continuación, habrían confiado su teso- ro a una Virgen poderosa y fiel que se lo habría guardado como sus propios bienes, llegando a obli- garse a ello como en justicia; 3. es difícil perse- verar en la gracia a causa de la extraña corrupción del mundo. El mundo está al presente tan corrompido que se hace como necesario que las almas piadosas
67
queden afeadas, si no por su cieno, al menos por su polvo: hasta el punte que es una especie de milagro e una persona permanezca firme en medio de este torrente impetuoso sin ser arrastrada por su corrien- le, en medio de este mar tempestuoso sin ser ane: gada o saqueada por los piratas y corsarios, en me: dio de esta atmósfera viciada sin quedar en ella con- tagiada; sólo la Virgen, que ha permanecido siempre fiel, de la cual jamás ha obtenido nada la serpiente, es la que hace este milagro en favor de aquellos y aquellas que la sirven (1) lo mejor que pueden.
ARTICULO 11
Las falsas devociones a la Santísima Virgen.
Presupuestas estas cinco verdades, se necesita, aho- ra más que nunca, hacer una buena elección de la verdadera devoción a la Santísima Virgen; pues hoy, como nunca, hay un sinnúmero de falsas devociones a la Santísima Virgen que fácilmente podríamos to- mar por verdaderas. El demonio lo mismo que un monedero falso y un ladrón astuto y experimentado, ha engañado y condenado a tantas almas, por las devociones falsas a María, que todos los días se sirve de su experiencia diabólica para condenar a otras muchas, entreteniéndolas y haciéndolas dormir en el
(1), Estas tres palabras "que la sirven” no están en el ma- mubcrito, pero parecen necesarias para poner de manifiesto el pensamiento del Beato.
68
pecado, so pretexto de algunas oraciones mal dichas y de algunas prácticas exteriores que les inspira. Así como un falso acuñador de moneda no falsifica or- dinariamente más que el oro y la plata, y muy ra- ras veces los otros metales, porque no valen la pe- na, del mismo modo el maligno espíritu no falsifica las otras devociones tanto como las de Jesús y Ma- ría, la devoción a la Sagrada Comunión y la devoción a la Santísima Virgen, porque éstas son, entre las de- más devociones, lo que el oro y la plata entre los metales.
Importa mucho, pues, conocer: 1. las falsas devo- ciones a María, para evitarlas, y la verdadera, para abrazarla; 2.” cuál es, entre las muchas y diferentes prácticas de la verdadera devoción a la Santísima Vir- gen, la más perfecta, la más agradable a María, la más gloriosa para Dios y la más eficaz para nuestra santificación, a fin de entregarnos a ellas.
Siete son las clases de falsos devotos y de falsas devociones a la Santísima Virgen, es a saber: 1. los devotos críticos; 2.? los devotos escrupulosos; 3.” los devotos exteriores; 4. los devotos presuntuosos;
.2 los devotos inconstantes; 6. los devotos hipócri- tas; 7.2 los devotos interesados.
$ L—Los devotos críticos.
Los devotos críticos son, por lo común, los sabios orgullosos, espíritus fuertes y pagados de sí mismos, que en el fondo tienen alguna devoción a María, pero que critican casi todas las prácticas de devo- ción a la Santísima Virgen con que las personas sen- cillas honran sencilla y santamente a esta tierna Ma- dre, sólo porque no se acomodan a su orgullo. Po: nen en duda todos los milagros e historias referidos por autores fidedignos, o sacados de crónicas de las Ordenes religiosas, que dan fe de la misericordia y del poder de la Santísima Virgen. No saben ver sin pena a las gentes sencillas y humildes arrodilladas ante un altar o una imagen de la Santísima Virgen, a veces en el ángulo de una calle, rogando a Dios, y hasta los acusan de idolatría, cual si adorasen la inadera o la piedra; dicen que ellos no pueden apro- bar esas devociones exteriores, y que no son de es- víritu tan cálido que vayan a creer tantos cuentos e historias como se atribuyen a la Santísima Virgen. Si se les refieren las alabanzas admirables que los San- tos Padres han tributado a María, o responden que al hacerlo así hablaban como oradores, exagerando las cosas. o dan una mala interpretación a sus pala- bras. Todos estos falsos devotos y gentes orgullosas y mundanas son mucho de temer y hacen gran daño » la devoción a la Santísima Virgen, alejando de ella a los pueblos de una manera eficaz, bajo pretexto de destruir sus abusos.
7
$ IL.—Los devotos escrupulosos.
Los devotos escrupulosos son gente que temo des- honrar al Hijo, honrando a la Madre, rebajar al uno, mientras se ensalza a la otra. No pueden tolerar que a la Santísima Virgen se la den las justísimas alaban- zas que le han tributado los santos Padres; ven con pena que haya más gente de rodillas ante un altar de María que delante del Santísimo Sacramento, ¡como si aquello se opusiera a esto, como si los que ruegan a la Santísima Virgen no rogasen a Jesucristo por medio de Ella! No quieren que se hable con tanta frecuencia y que se acudz tantas veces a Ella. Sus más ordinarias sentencias son éstas, entre otras: ¿Para qué tantos rosarios, tantas cofradías y tantas devociones exteriores a la Santísima Virgen? ¡En esto hay mucha ignorancia! Esto es hacer de la religión una mojigan- ga. Habladme de los devotos de Jesucristo (y al pro- nunciar esta palabra. lo digo entre paréntesis. dejan con mucha frecuencia de descubrirse): a Jesucristo es a quien hay que recurrir, como a nuestro mediador único; a Jesnoristo es a quien se debe predicar. to es lo verdaderamente sólido! Y todo cuanto dicen es verdad en un sentido pero. atendido el fin de sus palabras, que es impedir la devoción a la Santísima Virgen, es muy peligroso y una fina red que. con pre- texto de un bien mayor, les tiende el demonio, pues jamás se honra a Jesucristo como cuando se honra a María, ya que si a ésta se la honra, es sólo con el fin de honrar más perfectamente a Jesucristo. en cuan-
71
to que sólo se va a Ella como al camino para encon- trar el término adonde se va, que es Jesucristo.
La Iglesia, con el Espíritu Santo, bendice primero a la Santísima Virgen y luego a Jesucristo: Benedicta tu in mulieribus, et benedictus fructus ventris tui, Je- sus. Y esto no porque la Santísima Virgen sea más que Jesucristo o igual a El, lo cual sería una herejía que deheríamos abominar, sino porque, para bende- cir más perfectamente a Jesucristo, es necesario ben- decir antes a María. Digamos, pues. con todos los verdaderos devotos de la Virgen, contra estos falsos devotos escrupulosos: ¡Oh María!, Vos sois bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de vues- tro vientre, Jesús.
$ IL.-—Los devotos exteriores.
Devotos exteriores son las personas que hacen com sistir toda la devoción a María en algunas prácticas exteriores; que no gustan más que del exterior de la devoción a esta Virgen bendita, porque carecen de espíritu interior; que rezarán muchos rosarios, pero precipitadamente; oirán muchas misas, mas sin aten- ción; acudirán a las procesiones, mas sin devoción; se inscribirán en todas las cofradías, pero sin enmen- dar jamás su vida, sin hacer violencia a sus pasiones, sin imitar las virtudes de la Santísima Virgen. Si algo estiman de esta devoción es sólo la parte sensible, sin gustar lo que tiene de sólido; si les falta la sensiblería en sus prácticas, creen que ya no hacen nada, se des- alientan, todo lo abandonan y ya todo lo hacen ato-
7
londradamente, de cualquier manera. El mundo está lleno de esta clase de devotos exteriores y no encon- traremos jamás quien, como ellos, tanto critique a las personas de oración que ponen sus esfuerzos en con- seguir el interior de esta devoción, como lo verdade- ramente esencial, aunque sin menospreciar la exterio- ridad de la modestia de que siempre va acompañada la verdadera oración.
$ IV.—Los devotos presuntuosos.
Devotos presuntuosos son los pecadores que viven abandonados a las pasiones. o amadores del mundo que, bajo el hermoso nombre de cristianos y de de- votos de la Santísima Virgen, ocultan el orgullo o la avaricia, o la impureza, o la embriaguez, o la cólera, o el perjurio, o la maledicencia, o la injusticia, et- cétera; que duermen tranquilos en sus malos hábitos, sin hacerse mucha violencia para corregirse, con el pretexto de que son devotos de María; que esperan que Dios los perdonará, que no morirán sin confe- sión, y que no se condenarán, porque rezan el Rosa. rio, porque ayunan los sábados, porque pertenecen a la cofradía del Santísimo Rosario, porque llevan el Escapulario o ingresan en alguna congregación ma: riana; porque llevan el hábito o la cadenilla de la Santísima Virgen, ete. Si alguien les dice que su de- voción es una ilusión del demonio y una perniciosa presunción, capaz de perderlos, no le creen; dicen que Dios es bueno y misericordioso; que no nos ha criado para condenarnos; que no hay hombre que
LE]
no peque; que no morirán sin confesión; que un buen peccavi en la hora de la muerte les basta; de- más de esto, que ya son devotos de la Santísima Vir- gen, que llevan el Escapulario; que rezan todos los días, y esto sin que sea ostentación y vanidad, siete Padrenuestros y Avemarías en su honor; que hasta rezan algunas veces el Rosario y el oficio de la Vir- gen; que ayunan, etc. Para confirmar lo que dicen y obstinarse más en su ceguedad, refieren algunas his- torias, verdaderas o falsas, que para ellos es lo mis- mo, las cuales han oído o leyeron en libros, en don- de se atestigua, que personas muertas en pecado mor- tal, sin confesarse, en atención a que durante su vida rezaban algunas oraciones o practicaban algunas de- vociones a la Santísima Virgen, o han resucitado pa- ra confesarse, o ha permanecido su alma milagrosa- mente en el cuerpo hasta alcanzar la confesión, o por la misericordia de María han obtenido de Dios, en la hora de la muerte, la contrición y el perdón de sus pecados y. por tanto, su salvación, esperando ellos que les suceda otro tanto. Nada hay en el cristianismo que sea tan dañoso a las almas como esta presunción dia- bólica; porque, ¿podría acaso decir con verdad que honra y ama a la Santísima Virgen quien con sus pecados hiere, atraviesa, crucifica y ultraja sin piedad a Jesucristo su Hijo? Si María tuviera que salvar por su misericordia a esta clase de gentes, autorizaría el crimen, ayudaría a crucificar y ultrajar a su divino Hijo, y esto. ¿quién se atreverá jamás a pensarlo? Abusar así de la devoción a María, la cual después de la devoción al Santísimo Sacramento es la más
7
santa y sólida, es, a mi juicio, cometer un horrible sacrilegio, que, después del de una Comunión recibida en pecado mortal, es el mayor y menos digno de per- dón.
Confieso que, para ser verdaderamente devoto de la Santísima Virgen, no es absolutamente necesario te- ner tal santidad que se evite todo pecado, aunque es- to sería lo más deseable; sino que se necesita por lo menos (y nótese bien lo que voy a decir): 1. Vivir en una resolución sincera de evitar, por lo menos, todo pecado mortal, que ultraja a la Madre lo mismo que al Hijo. 2.? Hacerse violencia para no cometer el pe- cado. 3.? Ingresar en las cofradías, rezar el Rosario, los quince misterios u otras oraciones, ayunar los sá- bados, etc. Esto es de una maravillosa eficacia para conseguir la conversión de un pecador. por más en- durecido que esté; y si tal fuese mi lector, aun cuan: do se encontrase ya con un pie en el abismo, que siga ini consejo, pero a condición de que las obras bue: nas que practique, las haga sólo con la intención de obtener de Dios, por la intercesión de María, la gra- cia de la contrición y del perdón de sus pecados, y de vencer sus malos hábitos, y no para permanecer pacíficamente en el estado de la culpa, resistiendo a los remordimientos de su conciencia, al ejemplo de Jesucristo y de los santos, y a las máximas del san- to Evangelio.
75
V.-—Los devotos inconstantes.
Los devotos inconstantes son aquellos que sólo tie- nen arranques e intervalos de devoción a la Santí- sima Virgen: tan pronto están fervorosos como ti- bios; en un instante parecen estar dispuestos a hacer- lo todo por su servicio, y un momento después ya no son los mismos. Les cuesta poco abrazar todas las de- vociones de la Virgen, y alistarse en todas las co- fradías, pero luego no practican ninguna de sus re- glas con fidelidad; cambian como la luna, y por eso, al igual de la media luna que ostenta bajo sus plan- tas María, la divina Señora, pisa con sus pies, en se- ñal de desprecio, esos sus deyotos inconstantes, indig- nos de ser contados entre los servidores de esta Vir- gen fiel, los cuales tienen por patrimonio la fidelidad y la constancia, Más vale no cargarse con tantas ora- ciones y prácticas de devoción y cumplir pocas con amor y fidelidad, a pesar de cuanto digan el mundo, el demonio y la carne.
$ VI—Los devotos hipócritas.
Hay aún otra clase de falsos devotos de María, que son los devotos hipórritas, los cuales cubren sus pe- cados y malos hábitos bajo el manto de esta Virgen fidelísima. a fin de pasar a los ojos de los hombres por lo que no son.
76
$ VIL—Los devotos interesados.
Finalmente, existe una última categoría de devotos, llamados interesados, que sólo recurren a la Santísima Virgen para ganar algún pleito, para escapar de al- gún peligro, para curar de una enfermedad o para cualquiera necesidad semejante, fuera de la cual se olvidarían de Ella; y así unos como otros son de- votos falsos, que nada valen ni para Dios ni para su Santísima Madre.
Guardémonos, pues de pertenecer al número de los devotos críticos, que nada creen y todo lo censuran; al de los devotos escrupulosos, que temen ser dema: siado devotos de María, por respeto a Jesucristo; al de los devotos exteriores, que hacen consistir toda su devoción en las prácticas exteriores; al de los devo- tos presuntuosos, que, bajo el pretexto de su falsa de- voción a la Virgen, se encenagan en sus pecados; al de los devotos inconstantes, que, por ligereza, cambian sus prácticas de devoción o las abandonan apenas sienten la menor tentación; al de los devotos hipócri- las, que ingresan en las cofradías y visten la librea de María para ser tenidos por buenos; y, en fin, al de los devotos interesados. que, si recurren a la San- tísima Virgen, es sólo para que los libre de los males del cuerpo y les conceda otros bienes temporales.
n
ARTICULO UL
La verdadera devoción a la Santísima Virgen. Sus caracteres.
Después de descubrir y reprobar las falsas devocio- nes a María, es preciso establecer en pocas pala- bras la verdadera. Esta es: 1.”, interior; 2.%, tierna; 3." santa; 4.” constante; 5.2, desinteresada.
$ L-—Primer carácter: Devoción interior.
17 La verdadera devoción a la Santísima Virgen es interior, esto es, nace del espíritu y del corazón; y proviene de la estima que se hace de la Santísima Vir- gen, de la alta idea que uno se forma de su grandeza y del amor que la profesamos.
$ IL—Segundo carácter: Devoción tierna.
2." Es tierna, es decir, llena de confianza en la Santísima Virgen, como la de un niño en su cariñosa madre. Ella hace que un alma recurra a María en todas sus necesidades de cuerpo y de espíritu, con mucha sencillez, confianza y ternura; que implore la ayuda de su celestial Madre en todo tiempo. lugar y cosa: en las dudas, para que la esclarezca; en los ex- travíos, para que la vuelva al buen camino; en las tentaciones, para que la sostenga; en las debilidades, para que la fortifique; en las caídas. para que la
78
levante; en los desalientos, para que la infunda áni. inos; en los escrúpulos, para que la libre de ellos; en las cruces, trabajos y contratiempos de la vida, para que la consuele. Por último, en todos sus ma. les de cuerpo y de espíritu, halla en María su ordi. nario socorro, sin temor de importunar a esta tierna Madre y desagradar a Jesucristo,
$ HL
3 La verdadera devoción a la Santísima Virgen es santa, esto es, hace que el alma evite el pecado e imite las virtudes de la Santísima Virgen, pero de un modo particular su humildad profunda, su fe viva, su obediencia ciega, su oración continua, su mortif. cación total, su pureza divina, su caridad ardiente, su paciencia heroica, su dulzura angelical y su sabidu- ría divina, que son las diez principales virtudes de la Santísima Virgen.
Tercer carácter: Devoción santa.
$ IV.—Cuarto carácter: Devoción constante,
4%.” La verdadera devoción a la Santísima Virgen es constante; consolida a un alma en el bien y hace que no abandone fácilmente sus prácticas de deyo. ción; le da ánimo para que se oponga al mundo en sus modas y en sus máximas; a la carne en los dis. gustos y embates de sus pasiones; al diablo en sus tentaciones; de modo que una persona verdaderamen- te devota de la Virgen no es inconstante, melancólica, escrupulosa o temerosa. Y no quiere esto decir que no caiga, ni experimente algún cambio en lo sensible de su devoción; sino que, si cae, se levanta tendiendo
red
la mano a su bondadosa Madre, y, si carece de gusto o devoción sensible, no se preocupa por ello, porque el justo y el devoto fiel de María viven de la fe de Jesús y de María y no de los sentimientos del cuerpo.
$ V.—Quinto carácter: Devoción desinteresada.
5.2 Finalmente, la verdadera devoción a la San- tísima Virgen es desinteresada, es decir, que inspira al alma que no se busque a sí propia, sino sólo a Dios en su Santísima Madre. El verdadero devoto de Ma- ría no sirve a esta augusta Reina por espíritu de lu- cro o de interés, ni por su bien, ya temporal, ya cterno, ya del cuerpo, ya del alma, sino únicamente porque Ella merece ser servida y Dios sólo en Ella; si ama a María, no es por los favores que ésta le concede o por los que de ella espera recibir, sino porque Ella es amable, He aquí por qué la ama y la sirve con la misma fidelidad en sus contratiempos y sequedades como en las dulzuras y favores sensibles; igual amor la profesa en el Calvario que en las bodas de Caná. ¡Ah! ¡Cuán agradable y precioso a los ojos de Dios y de su Santísima Madre ha de ser aquel de- voto de María que no se busca a sí mismo en ningu- no de los servicios que le presta! Pero, ¡cuán raro es encontrar un devoto así! Para conseguir que no sea tan exigua esta clase de devotos es para lo que yo he echado mano de la pluma y he escrito en el pa- pel lo que ya en las misiones he enseñado así pública como privadamente, durante muchos años, con no pe- queño fruto.
ARTICULO 1Y
Anuncios proféticos acerca de esta perfecta devoción.
He dicho muchas cosas ya de la Santísima Virgen, pero aun tengo muchas más que decir y en número infinitamente superior son todavía las que omitiré, ya por ignorancia, ya por insuficiencia o ya por falta de tiempo para realizar cl designio que me he propues- to de formar un verdadero devoto de María y un ver- dadero discípulo de Jesucristo.
¡Oh!, por cuán bien empleado daría yo mi tra: bajo, si este humilde escrito, cayendo en las manos de un alma bien nacida, nacida de Dios y de María y no de la sangre ni de la voluntad del hombre, le descubriera e inspirase, por la gracia del Espíritu Santo, la excelencia y el precio de la verdadera y só lida devoción a la Santísima Virgen, que ahora mis- mo voy a describir. Si yo supiese que mi sangre cri. minal pudiera servir para que en los corazones entra- sen las verdades que escribo en honor de mi queri- da Madre y soberana Señora, el último de cuyos hijos y esclavos soy, con ella, en lugar de tinta, escribiría estas líneas, confiando encontrar almas generosas que, por su fidelidad a la práctica que enseño, resarcirían a mi querida Madre y Señora las pérdidas que Ella experimenta poz mi ingratitud y mis infidelidades. Ahora me siento, más que nunca, animado a creer y esperar todo lo que tengo profundamente grabado en el corazón y que, muchos años ha, vengo pidien-
31
do a Dios, a saber: que tarde o temprano, la Santí- sima Virgen tendrá más hijos servidores y esclavos de amor que nunca, y que, por este medio, Jesucristo, mi amado Dueño, reinará más que nunca en los co- razones.
Claramente preveo que saldrán fieras espantosas que enfurecidas intentarán destrozar con sus dientes diabólicos este humilde escrito y a aquél de quien el Espíritu Santo se ha servido para escribirle, o que cuando menos pretenderán encerrarle en las tinieblas y en el silencio de un cofre, a fin de que no aparezca; y hasta atacarán y perseguirán a aquéllos y aquéllas que le lean y le pongan en práctica. Pero, ¡no impor- ta! ¡Mejor todavía! Esto mismo me alienta y me hace esperar un gran éxito, es decir, un gran escua- drón de bravos y valientes soldados de Jesús y de Ma- ría de uno y otro sexo, que combatirán al mundo, al demonio y a la naturaleza corrompida en los tiem- pos de peligro que vendrán como jamás los hemos visto. Qui legit, intelligat (1). Qui potest capere, ca- pias (2).
(1) S. Mateo, XXIV, 15. 42) Ibid, XIX, 12.
82
SEGUNDA PARTE
CAPITULO PRIMERO
Elección de la práctica más perfecta de devoción hacia la Santísima Virgen.
Existen varias prácticas interiores de la verdadera devoción a la Santísima Virgen; he aquí en resumen las principales:
1." Honrarla como 4 Madre digna de Dios, con el culto de hiperdulía, es decir, estimarla y reveren- ciarla más que a todos los santos, como la obra maes- tra de la gracia y la primera después de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. 2.” Meditar sus virtudes, sus privilegios y sus acciones. 3.2 Contem- plar sus grandezas. 4." Hacerla actos de amor, de ala- banza y de reconocimiento. 5.” Invocarla cordialmen- te. 6. Ofrecerse y unirse a Ella. 7.2 Hacer las cosas con el fin de agradarla. 8." Comenzar, continuar y concluir todas las acciones por Ella, en Ella, con Ella y para Ella, a fin de hacerlas por Jesucristo, en Jesu- cristo, con Jesucristo y para Jesucristo. nuestro fin último. Explicaremos esta última práctica.
La verdadera devoción a la Santísima Virgen tie- ne también varias prácticas exteriores, entre las cua-
83
les las principales son: 1.? Alistarse en sus cofradías y entrar en sus congregaciones. 2. Ingresar en las órdenes religiosas establecidas en su honor. 3.2 Pu- blicar sus alabanzas. 4” Hacer limosnas, ayunos y mortificaciones, tanto de espíritu como de cuerpo, pa- ra honrarla. 5.” Llevar encima sus libreas, como el santo Rosario, el escapulario o la cadenilla. 6.7 Rezar con atención, devoción y modestia el santo Rosario. compuesto de quince decenas de Avemarías en honor de los quince principales misterios de Jesucristo; o el Rosario de cinco decenas, que es la tercera parte de aquél, o en honor de los cinco misterios gozosos, que son: la Anunciación, la Visitación, el Nacimiento de Jesucristo, la Purificación y el Hallazgo de Jesucristo en el templo; o en honor de los cinco misterios dolo- rosos, que son: la Agonía de Jesucristo en el huerto de los Olivos, la Flagelación, su Coronación de Espi- nas, la Cruz a cuestas y la Crucifixión; o en honor de los cinco misterios gloriosos, que son: la Resurrec- ción de Jesucristo, su Ascensión, la Venida del Espí- ritu Santo en Pentecostés, la Asunción de la Santísima Virgen en cuerpo y alma al cielo, y su coronación por las Tres Personas de la Santísima Trinidad. También se puede rezar un Rosario de seis a siete decenas en honor de los años que se cree vivió sobre la tierra la Santísima Virgen; o la coronilla de la Virgen, com- puesta de tres Padrenuestros y doce Avemarías, en honor de su corona de doce estrellas o privilegios; o el Oficio de la Santísima Virgen, tan universalmente aceptado y rezado en la Iglesia; o el pequeño Salte- sio de María. que San Buenaventura compuso en su
84
honor, y que es tan tierno y tan devoto. que no se puede rezar sin enternecerse; o catorce Padrenuestros y Avemarías en honor de sus catorce alegrías; o algu- nas otras oraciones, himnos y cánticos de la Iglesia, como la Salve Regina, el Alma, el Ave, Regina coelo- rum, o el Regina coeli, según los distintos tiempos; o el Ave, maris stella, O gloriosa Domina, etc., o el Magnificat, o algunas prácticas de devoción de que están llenos los libros. 7. Cantar o hacer cantar en
honor algunos cánticos espirituales. 8.2 Hacerla cierto número de genuflexiones o reverencias. dicién- dola, por ejemplo, todas las mañanas sesenta o cien veces: Ave María, Virgo fidelis, para que Dios nos conceda, por medio de Ella, que seamos fieles a la di- vina gracia durante el día; y por la noche: 4ve Ma- ría, Mater misericordiae, para impetrar de Dios, por medio de Ella, el perdón de los pecados que hemos cometido en el día. 9.” Esmerarse en cumplir con los deberes de sus cofradías, adornar sus altares, coronar y embellecer sus imágenes. 10. Llevar y hacer llevar en procesiones sus imágenes, y llevar encima de sí ¿na, como poderosa arma contra el demonio. 11. Man- dar hacer sus imágenes o su nombre y colocarlos o en las iglesias, o en las puertas y entradas de las ciu- dades, de las iglesias y de las casas. 12, Consagrarse a Ella de una manera especial y solemne.
Hay un gran número de otras prácticas de verd dera devoción a la Santísima Virgen, que el Espíritu Santo ha inspirado a las almas santas, y las cuales <on muy eficaces para nuestra santificación. Muchas de ellas podrán verse en Le Paradis ouvert a Philagie,
85
compuesto por el R. P. Pablo Barry, de la Compañía de Jesús, que en él ha reunido un gran número de de- vociones practicadas por los santos en honor de la Santísima Virgen, las cuales sirven maravillosamen- te para santificar a las almas, con tal que se practi- quen como es debido, esto es: 1.2 Con una buena y recta intención de agradar a Dios solo, de unirse a Jesucristo, como a su fin último, y de edificar al pró- jimo. 2." Con atención, sin distracciones voluntarias. 3. Con devoción, sin apresuramiento ni negligen- cia. 4.7 Con modestia y compostura de cuerpo, respe- tuosa y edificante.
Después de todo, protesto enérgicamente que, aun- que he leído casi todos los libros que tratan de la de- voción a la Madre de Dios y he conversado familiar- mente con las personas más sabias y santas de estos últimos tiempos, no he conocido ni aprendido prácti- ca de devoción a María, semejante a la que voy a ex- plicar, la cual exija de una alma más sacrificios por Dios. la vacíe de un modo más completo de sí misma y de su amor propio, la conserve más fielmente en la gracia y a la gracia en ella, la una más perfecta y fácilmente a Jesucristo y sea más gloriosa a Dios, más santificante para el alma y más útil al prójimo.
Como lo esencial de esta devoción consiste en el interior, que ella debe formar, no será comprendida igualmente por todos: algunos se coneretarán a lo que tiene de exterior y no irán más adelante, y éstos serán el mayor número; algunos, en número reduci- do. penetrarán su interior pero quedarán en el primer arado. ¿Quién subirá al segundo? ¿Quién llegará has-
86
ta el tercero? ¿Quién, en fin, vivirá en él habitualmen- te? Sólo aquél a quien el espíritu de Jesucristo reye. le este secreto, y cuya alma fidelísima conduzca al; por sí mismo, para progresar de virtud en virtud, de gracia en gracia y de luz en luz, a fin de llegar hasta la transformación de sí mismo en Jesucristo y a la ple- nitud de su edad sobre la tierra y de su gloria en el cielo.
Naturaleza de la perfecta devoción a la Santísima Virgen.
ARTICULO 1
Esta devoción consiste en una perfecta consagración a Jesucristo por María.
Como toda nuestra perfección consiste en estar con- lormes, unidos y consagrados a Jesucristo, la más per- fecta de todas las devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, nos une y nos consagra lo más perfectamente posible a Jesucristo. Ahora bien, siendo María, de todas las criaturas, la más conforme a Je- sueristo, se sigue que, de todas las devociones, la que más conforma y consagra un alma a Jesucristo es la devoción a María, su Santísima Madre, y que cuan- to más consagrada esté un alma a la Santísima Y: gen, tanto más lo estará a Jesucristo; he aquí por qué la más perfecta consagración a Jesucristo no es otra cosa «que una perfecta y entera consagración de sí
mismo a la Santísima Virgen, que es la devoción que yo enseño, o con otras palabras, una perfecta renova- ción de los votos y promesas del santo Bautismo.
Esta devoción, pues, consiste en darse todo entero a la Santísima Virgen para estar totalmente unido a Jesucristo por Ella. Debemos darle: 1.” Nuestro cuer- po con todos sus sentidos y miembros. 2. Nuestra al- ma con todas sus potencias. 3.” Todos los bienes nues- tros de fortuna que poseamos al presente o en lo ve- nidero. 4.” Nuestros bienes interiores y exteriores, o sea, nuestros méritos, nuestras virtudes, nuestras bue- nas obras pasadas, presentes y futuras; en una pala- bra: todo lo que tenemos en el orden de la naturale- za y en el de la gracia, y todo lo que podemos tener en lo venidero y en el orden de la naturaleza, de la gracia o de la gloria, sin reservarnos nada, ni un cén- timo, ni un cabello, ni la más pequeña acción, y esto por toda la eternidad y sin pretender ni esperar nin guna recompensa de su ofrecimiento y servicio más que el honor de pertenecer a Jesucristo por Ella y en la, aun cuando esta amabilísima Señora no fuese. como en realidad lo es, la más liberal y agradecida de las criaturas.
Aquí debemos notar que en las obras buenas que hacemos hay dos cosas, a saber: la satisfacción y el mérito, o en otros términos: el valor satisfactorio o impetratorio y el valor meritorio. El valor satisfac- torio o impetratorio de una buena obra es una buena acción en cuanto satisface a la pena que se debe al pecado u obtiene alguna nueva gracia; el valor meri- torio o el mérito es una buena acción en cuanto me-
88
rece la gracia y la gloria eterna. De consiguiente, en esta consagración de nosotros mismos a la Santísima Virgen, le damos todo el valor satisfactorio, impetra- torio y meritorio; de otra manera; las satisfacciones y méritos de todas nuestras buenas obras; le damos nuestros méritos, nuestras gracias y nuestras virtudes, no para comunicarla a otros (pues nuestros méritos, gracias y virtudes son, hablando con propiedad, inco- municables y no ha habido otro más que Jesucristo que, haciéndose nuestro fiador ante su Padre, nos haya podido comunicar sus méritos), sino para con- servárnoslos, aumentárnoslos y embellecérnoslos, se- gún diremos luego: le damos nuestras satisfacciones para que las comunique a quien le plazca y pora la mayor gloria de Dios.
Síguese de aquí que: 1. Por esta devoción damos a Jesucristo, de la manera más perfecta, pues es por las manos de María, todo lo que se le puede dar y mucho más que por las otras devociones con las cua- les le damos una parte del tiempo o una parte de nues- tras buenas obras. o una parte de nuestras satisfaccio- nes y mortificaciones. Por Ella lo entregamos y consa- gramos todo, hasta el derecho de disponer de los hie- nes interiores y hasta de las satisfacciones que gana- mos de día en día por nuestras buenas obras, cosa que ni aun en las órdenes religiosas se hace. En és- tas se dan a Dios los bienes de fortuna por el voto de pobreza, los bienes del cuerpo por el voto de casti- dad, la propia voluntad por el voto de obediencia, y algunas veces la libertad del cuerpo por el voto de clausura; pero no se da la libertad o el derecho que
39
se tiene a disponer del valoz de sus buenas obras, y no se despoja el alma cuanto puede de lo que el cristiano tiene de más precioso y más caro, que son sus méritos y sus satisfacciones.
2.2 Despréndese igualmente que una persona que voluntariamente así se ha consagrado y sacrificado a Jesucristo por María, no puede disponer ya del valor de ninguna de sus buenas acciones; todo lo que sutre, todo lo que piensa, dice y hace de bueno pertenece a María, para que Ella disponga de todo, según la vo- luntad de su Hijo, y para su mayor gloria, sin que, a pesar de esto, dicha dependencia perjudique en ma- nera alguna a las obligaciones del estado en que al presente se esté, o en el que se pueda en lo sucesivo vivir: por ejemplo, a las obligaciones de un sacerdo- te, que, por su oficio o por cualquier otra razón, debe aplicar el valor satisfactorio e impetratorio de la santa Misa a un particular; porque no se hace esta ofrenda sino según la orden de Dios y los deberes del estado.
3." Por último, se deduce de lo expuesto que la consagración se hace a un mismo tiempo a la Santí- sima Virgen y a Jesucristo: a la Santísima Virgen, como el medio perfecto que Jesucristo ha escogido pa- ra unirse a nosotros y unirnos a nosotros mismos con El; y al Señor como a nuestro fin último al cual de- bemos todo lo que somos como a nuestro Redentor y a nuestro Dios.
90
ARTICULO 1H
La consagración de la perfecta devoción consiste en una perfecta renovación de las promesas del Bautismo.
He dicho que esta devoción podía muy bien lla- marse una perfecta renovación de los votos o prome- sas del santo Bautismo, porque todo cristiano antes del Bautismo era esclavo del demonio, en cuanto le pertenecía, y por su propia boca y la de su padrino y su madrina renunció en el Bautismo solemnemente a Satanás. a sus pompas y a sus obras, tomando a Je- sucristo por Dueño y soberano Señor, a fin de estarle sujeto en calidad de esclavo de amor. Y esto mismo es lo que hace por la presente devoción: se renun- cia (según se advierte en la fórmula de la consagra- ción) al demonio, al mundo, al pecado y a sí mismo, y se entrega uno totalmente a Jesucristo por las ma- nos de María. Y hasta podemos decir que se hace algo más, porque en el Bautismo hablamos ordinariamente por la boca de otro, esto es, por el padrino y la ma- drina y. si nos damos a Jesucristo, es por medio de procurador, pero en esta devoción lo hacemos por nos- otros mismos, voluntariamente, con conocimiento de causa. En el santo Bautismo no nos damos a Jesucris- to por las manos de María, al menos de una manera expresa, y no le damos el valor de nuestras buenas ac- ciones, quedando después de él enteramente libres pa- za aplicarle a quien queramos o conservarle para nos-
9%
otros mismos; pero por esta devoción nos damos ex- presamente al Señor por las manos de María y le con- sagramos el valor de todas nuestras acciones.
Los hombres, dice Santo Tomás, hacen voto en el Bautismo de renunciar al diablo y a sus pompas: /n Baptismo vovent homines abrenuntiare diabolo et pom- pis ejus. Y este voto, dice San Agustín, es el más gran- de y el más indispensable: Votum maximum nostrun quo vovimus nos in Chrito esse mansuros (1). lo cual confirman los canonistas diciendo: Proecipuum votum est quod in baptismate facimus. Sin embargo, ¿quién es el que guarda este gran voto? ¿Quién es el que cumple fielmente las promesas del santo Bautismo? ¿Acaso no violan casi todos los cristianos la fideli- dad que en su Bautismo prometieron a Jesucristo? ¿De dónde puede originarse este desarreglo tan universal, sino es del olvido en que se vive de las promesas y obligaciones del santo Bautismo, y de que casi nadie ratifica por sí mismo el contrato de alianza que ha hecho con Dios por su padrino o madrina? Tan ver- dadero es esto que el Concilio de Sens, convocado por orden de Ludovico Pío, para remediar los desórde- nes de los cristianos, que eran grandes, juzgó que la causa principal de esta corrupción en las costumbres procedía del olvido y de la ignorancia en que vivían acerca de las promesas del santo Bautismo: y no halló medio más eficaz para contrarrestar mal tan grande, que inducir a los cristianos a que renovasen los votos y promesas del santo Bautismo.
(1) Epístola 49 ad Paulin.
El Catecismo del Concilio de Trento, fiel intérpre- te de las intenciones de este santo Concilio, exhorta a los párrocos a que hagan lo mismo e inculquen a sus pueblos que se acuerden y crean que están ligados y consagrados a Jesucristo, como esclavos a su Reden- tor y Señor. He aquí sus palabras: Parochus fidelem populum ad eam rationem cohortabitur ut sciat oe- puum esse... non ipsos, nos secus ac mancipia, Re- demptori nostro et Domino in perpetuum addicere et consecrare. (Cat. Conc. Trid., part. 1, art. 2. $ 19.)
Ahora bien, si los Concilios, los Padres y la expe- riencia misma nos enseñan que el mejor medio para remediar los desarreglos de los cristianos es hacerles recordar las obligaciones del Bautismo y renovar los votos que entonces hicieron, ¿no será razón que lo ha- gamos ahora de una manera perfecta, mediante esta devoción y consagración al Señor por medio de su Santísima Madre? Y digo de una manera perfecta porque, para consagrarnos a Jesucristo, nos servimos del más perfecto de todos los medios, que es la Santí- sima Virgen.
ARTICULO 111
Objeciones y respuestas.
Nadie puede objetar que esta devoción sea nueva o indiferente. No es nueva, porque los Concilios, los Padres y muchos autores antiguos y modernos hablan de esta consagración al Señor o renovación de los vo-
93
tos del santo Bautismo, como una cosa practicada des- de antiguo y que aconsejan a todos los cristianos: no es indiferente, porque la principal fuente de los des- órdenes, y, por consiguiente, de la condenación de los cristianos, procede del olvido y de la indiferencia de esta práctica.
Alguno tal vez diga que, haciéndonos esta devoción entregar a Jesucristo, por las manos de la Santísima Virgen, el valor de todas nuestras buenas obras, ora: ciones, mortificaciones y limosnas, nos deja incapa- ces para socorrer a las almas de nuestros parientes, amigos y bienhechores.
A éstos les respondo: 1. No podemos creer que nuestros amigos, parientes o bienhechores sufran da- ño alguno, porque nosotros nos entreguemos y consa- giemos a nosotros mismos sin reserva al Servicio del Señor y de su Santísima Madre, sin hacer injuria al poder y a la bondad de Jesús y de María, los cuales sabrán muy bien socorrer a nuestros parientes, ami- gos y bienhechores, ya del pequeño caudal espiritual nuestro, ya de otros cualesquiera modos. 2.* Esta prác- tica no impide que roguemos por los otros, tanto muer- tos como vivos, aunque la aplicación de nuestras bue- nas obras dependa de la voluntad de la Santísima Vir- gen; sino que, por el contrario, ella nos permitirá ro- gar con más confianza, bien así como si una persona rica hiciera donación de todos sus bienes a un gran príncipe para honrarle mejor, rogaría con más con- fianza a este príncipe que diese una limosna a cual-
94
quiera de sus amigos que se la pidiera. Este príncipe, en tal caso, quedaría complacido de que se le propor- cionase ocasión de testificar su reconocimiento hacia una persona que se ha despojado de todo para vestir- le, que se ha empobrecido para honrarle, Otro tanto debemos decir de Jesucristo y de la Santísima Virgen, los cuales jamás se dejarán vencer por nadie en cuan- to a gratitud.
Quizá alguno diga: Si doy a la Santísima Virgen todo el valor de mis acciones para aplicarle a quien Ella quiera, tal vez sea preciso que yo pase mucho tiempo en el Purgatorio. Esta objeción, nacida del amor propio y de la ignorancia acerca de la liberali- dad de Dios y de la de su Santísima Madre, se des- truye por sí misma: un alma ferviente y generosa, que se cuida más de los intereses de Dios que de los suyos. que da a Dios todo lo que tiene, sin reserva, en forma que ya no le puede dar más, non plus ultra, que no suspira más que por la gloria y el reinado de Je- sucristo por medio de su Santísima Madre, y que se sacrifica toda entera por hacerse de ello digna, esta alma generosa y liberal, digo, ¿será acaso más cas- tigada en la otra vida por haber sido más liberal y desinteresada que las otras? Tan lejos está de ser así, que con esta alma es. como veremos a continuación, con quien el Señor y su Santísima Madre se muestran más liberales en este mundo y en el otro, en el orden de la naturaleza, de la gracia y de la gloria.
95
Precisa que veamos ahora lo más brevemente po- sible los motivos que nos deben hacer recomendable esta devoción, los efectos maravillosos que produce en las almas fieles, y las distintas prácticas de la misma.
CAPITULO HI
Motivos de esta perfecta consagración.
ARTICULO 1
Primer motivo.—Excelencias de la perfecta consagración.
Primer motivo, que nos muestra la excelencia de
esta consagración de sí mismo a Jesucristo por las ma- nos de María.
Si en la tierra no se puede concebir empleo más alto que el servicio de Dios; si el menor siervo de Dios es más rico, más poderoso y más noble que to- dos los reyes y emperadores de la tierra que no sean siervos de Dios, ¿cuán grandes no serán las riquezas, el poder y la dignidad del fiel y perfecto servidor de Dios, que se entrega a su servicio enteramente en todo cuanto puede? Tal es un fiel y amoroso esclavo de Je- sús en María. que se ha dado totalmente al servicio de este Rey de reyes, por las manos de su Santísima Ma- dre, y que nada ha reservado para sí mismo: el oro todo de la tierra y las bellezas de los cielos son insig- nificantes para pagar tan gran servicio.
96
Las otras congregaciones, asociaciones y cofradías exigidas en honor del Señor y su Santísima Madre, que producen tan grandes bienes en el cristianiemo, no obligan a darlo todo sin reserva, no prescriben a sus asociados más que algunas prácticas y actos para satisfecer sus deberes, dejándoles libres todas las otras acciones y todo el tiempo restante de su vida; mas
esta devoción de que nos ocupamos, nos hace dar sin
reserva a Je y María todos nuestros pensamientos, palabras, acciones y sufrimientos y todos los momen- tos de nuestra vida, de modo que ya velemos, ya dur- mamos, ora bebamos, ora comamos, bien realicemos las más grandes acciones, bien hagamos las más pe- queñas, siempre podremos decir con verdad que lo que hacemos, aun cuando en ello no pensemos, es siem- pre de Jesús y de María, en virtud de nuestro ofreci- miento. a menos que lo hayamos expresamente retrac- tado. ¡Qué consuelo!
Además de esto, según ya llevamos dicho, no hay práctica alguna, fuera de ésta, por la cual nos veamos libres fácilmente de cierta propiedad que se mezcla imperceptiblemente a las mejores acciones; y nuestro buen Jesús concede esta gracia verdaderamente gran- de en recompensa de la acción heroica y desinteresa- da que realiza quien, por las manos de su Santísima Madre, le hace cesión de todo el valor de sus buenas obras. Y si da El el ciento por uno en este mundo a los que por su amor abandonan los bienes exteriores, temporales y perecederos, ¿a qué grado no elevará la recompensa que dé a los que le han sacrificado has- ta los bienes interiores y espirituales?
97
Jesús, nuestro gran amigo, se ha dado a nosotros sin reserva, entregándonos su cuerpo y su alma, virtu- des, gracias y méritos: Se toto totum me comparavil, dice san Bernardo: «Me ha ganado iotalmente dándo- se todo entero a mi.» ¿No deberemos, pues, por jus- licia y gratitud, darle todo lo que le podemos dar? El ba sido el primero en mostrarse liberal con nosotros. Seámosio nosotros con El también y le encontraremos todavía más liberal durante la vida, en la muerte y por toda la eternidad. Cum liberali liberalis erit,
ARTICULO U
Segundo motivo. — Conveniencia y ventaja de esta consagración.
Segundo motivo, que nos dice ser justo de por sí y ventajoso al cristiano consagrarse todo entero a la Santísima Virgen por medio de esta práctica, a fin de consagrarse más perfectamente a Jesucristo.
Este buen Maestro no ha encontrado indigno de El encerrarse en el seno de la Santísima Virgen, como un cautivo y esclavo de amor, y de estarle sometido y obedecerle durante treinta años. Aquí es, repito, donde la mente humana se confunde, apenas intenta reflexionar seriamente en esta conducta de la Sabidu- ría encarnada, que no ha querido, a pesar de que lo podía hacer, darse directamente a los hombres, sino por la Santísima Virgen; que no ha querido venir al mundo a la edad de un hombre perfecto, independien-
98
te de los otros, sino como un pobre y tierno niño que necesita de los cuidados y de la manutención de su Santísima Madre. Ésta Sabiduría infinita, que tenía un desco inmenso de glorificar a Dios su Padre, y de salvar a los hombres, no ha encontrado medio más perfecto y fácil de hacerlo que someterse en todas las cosas a la Santísima Virgen, no sólo durante los ocho, diez o quince primeros años de su vida, como los de- más niños, sino durante treinta años; y durante este tiempo de sumisión y dependencia de la Santísima Virgen, ha dado más gloria a Dios su Padre, que si hubiese empleado estos treintas años en hacer prodi- gios, en predicar por toda la tierra y en convertir a todos los hombres; que si hubiera creído lo otro más perfecto, lo hubiera realizado.
¡Ah!, ¡ah!, y ¡cuán altamente glorificamos a Dios cuando, a ejemplo de Jesús, nos sometemos a María!
Teniendo ante los ojos un ejemplo tan visible y co- nocido de todo el mundo, ¿seremos acaso tan insen- satos que creamos hallar un medio más perfecto y más fácil para glorificar a Dios que imitar la conducta de su Hijo, sometiéndonos a María?
Traigamos a la memoria, como prueba de la de- pendencia que debemos tener de la Santísima Virgen, lo que ya dije arriba refiriendo los ejemplos que nos dan el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, de la de- pendencia que debemos guardar con respecto de la Santísima Virgen. El Padre no ha dado ni da a su Hijo si no es por Ella, no se forma hijos más que por Ella, y no comunica sus gracias sino por medio de Ella; el Hijo no ha sido formado para todo el
99
mundo en general más que por Ella, no se forma y se engendra todos los días más que por Ella en la unión con el Espíritu Santo, y no nos comunica sus méritos y sus virtudes más que por Ella; el Espíritu Santo no ha formado a Jesucristo sino por kila, no forma los miembros de su cuerpo místico más que por Ella y no dispensa sus dones y favores más que por kia. Después de tantos y tan apremian- tes ejemplos de la Santísima Trinidad, ¿podremos, si no estamos completamente ciegos, prescindir de María, no consagramos a Ella y no someternos a Ella para ir a Dios y para sacrificarnos a Dios?
Veamos algunos pasajes latinos de los Padres, que he recogido con el fin de probar lo que acabo de decil
«Duo filii Marise sunt, homo Deus et homo purus; unius corporaliter, et alterius spiritualiter Mater est Maria». (S. Bon, et Orig.)
«Hec est voluntas Dei, qui totum nos voluit ha- bere per Mariam; ac proinde si quid spei, si quid grati, si quid salutis, ab ca noverimus redundare». (5, Bernar.)
«Omnia dona, virtutes et gratiw ipsius Spiritus Sancti, quibus vult. quando vult, quomodo vult et quantum vult, per ipsius manus administrantur». (S. Bernard.)
«Qui indignus eras cui daretur datum est Marie, ut per cam acciperes quidquid haberes». (S. Ber. nard.)
Dios, viendo que somos indignos de recibir sus gracias inmediatamente de sus manos, dice S. Ber-
100
nardo, las da a María, para que por Ella tengamos todo lo que El nos quiere dar. y halla El también su gloria en recibir por las manos de María la gra titud, el respeto y el amor que nosotros le debemos por sus beneficios. Es, pues, muy justo que imitemos esta conducta de Dios, a fin, dice el mismo San Ber- nardo, de que la gracia vuelva a su Autor por el mismo canal por donde ha venido: Ut eodem alveo ad Largitorem gratia redeat quo fluxit. Esto hace- mos por nuestra devoción; ofrecemos y consagramos todo lo que somos y poseemos a la Santísima Vir- gen, a fin de que el Señor reciba, por su mediación, la gloria y la gratitud que le debemos. Nos reconoce- mos indignos e incapaces de acercarnos a su Majes- tad infinita por nosotros mismos; y he aquí por qué nos servimos de la intercesión de la Santísima Virgen.
Además, con esta práctica ejercitamos en alto gra- do la virtud de la humildad, que Dios estima más que las otras virtudes. Un alma que se eleva rebaja a Dios, y un alma que se humilla ensalza a Dios. Dios resiste a los soberbios y da su gracia a Jos hu- mildes; si os abajáis, creyéndoos indignos de pare- cer ante El y de acercaros a El, desciende y se abaja para venir a vosotros, para complacerse en vosotros y para levantaros, a pesar de vuestra voluntad; pero todo lo contrario ocurre cuando alguien osa acer- carse a Dios sin mediador. Dios entonces huye, y no se le puede alcanzar. ¡Oh, cuánto aprecia £l la hu- mildad de corazón! A esta humildad es a la que nos lleva dicha práctica de devoción, puesto que enseña que no nos acerquemos jamás por nosotros mismos
101
al Señor, por dulce y misericordioso que sea, sino que siempre nos sirvamos de la intercesión de Ma- ría, para presentarnos ante Dios, para hablarle, para acercarnos a El, para ofrecerle algo, para unirnos y consagrarnos a El.
ARTICULO 111
Tercer motivo.—Maravillosos efectos de esta perfecta consagración.
$ L—María se da a su esclavo.
La Santísima Virgen, que es Madre de dulzura y de misericordia, y que jamás se deja vencer en amor y liberalidad, viendo que alguien se da del todo a Ella, para honrarla y servirla, despojándose de cuan- to tiene de más querido para adornarla a Ella, se da también totalmente y de una manera inefable a aquel que se le entrega todo. Ella le hace sumergirse en el abismo de sus gracias, le adorna con sus méritos, le apoya con su poder, le esclarece con su luz, le abra- sa con su amor, le comunica sus virtudes: su humil- dad, su fe, su pureza, etc.; se hace su fiadora, su suplemento y su todo para con Jesús. Por último, co- mo esta persona consagrada es toda de María, María también se hace toda suya, de modo que de este per- fecto siervo e hijo de María podemos decir lo que San Juan Evangelista dijo de sí: que tomó a la San-
102
tísima Virgen por todos sus bienes: Accepit eam dis- cipulus in sua (1).
Esto es lo que produce en su alma, si es fiel, una gren desconfianza, desprecio y aborrecimiento de sí mismo, y una gran confianza y gran abandono en la Santísima Virgen, su Señora, y hace que ya no se apo- ye como antes en sus disposiciones, intenciones, mé- ritos, virtudes y buenas obras, porque, habiendo he- cho un entero sacrificio a Jesucristo por esta amo- rosa Madre, no le resta más que un tesoro en donde están todos sus bienes, el cual no le tiene en sí. y este tesoro es María. Esto es lo que le hace acercasre al Señor sin temor servil y escrupuloso w rogarle con mucha confianza; esto es lo que le hace entrar en los sentimientos del devoto y sabio abad Ruverto, sue. aludiendo a la victoria obtenida por Jacob so- bre un ángel, dijo a la Santísima Vireen estas pala- bras: ¡Oh María!, Princesa mía y Madre inmacula- da de un Dios-Hombre. Jesucristo: vo deseo luchar con este hombre, a saber: el Verbo divino. armado no con mis provios méritos, sino con los tivos: O Domina. Dei Genitrix, Maria, et incorrupta Mater Dei et hominis. non meis. sed tuis armatus meritis, cum isto Viro, scilicer Verbo Dei. luctari eupio. (Rup.. proloz. in Cantic) ¡Oh. enán poderosos y fuertes «quedamos ante Jesucristo cuando nos hemos armado con los méritos y la intercesión de la díena Madre de Dios que, como dice San Agustín. ha ven- cido amorosamente al Todopoderoso!
(1) San Juan, XIX, 27.
103
$ U.—Ella purifica sus buenas obras, las hermosea y hace que su Hijo las acepte.
Como mediante esta práctica damos al Señor por las manos de su Santísima Madre, todas nuestras hue- nas obras, esta tierna Señora las purifica. las her- mosea y hace que su Hijo las acepte.
12 Ella las pnrifica de toda mancha de amor pro- pio y del apezo imperceptible a la criatura, que se desliza insensiblemente en las mejores acciones. Des- de que estas nuestras obras las ponemos en sus ma- nos purísimas y fecundas, Ella, con estas mismas ma- nos, que nunca han sido estériles y ociosas y que todo lo que tocan lo purifican. quita del obsequio que lo hacemos todo lo que en él puede haber de dañado e imperfecto.
2. Ella las embellece, adornándolas con sus mé- ritos y sus virtudes. Es como si, queriendo un labra- dor ganar le amistad y la benevolencia del rev, acu- diera a la reina y la presentase una manzana, que es todo lo que él posee. para que ella la ofreciese al rey. La reina. después de acepter este humilde obsequio, colocaría esta manzana en medio de un grande y her- moso plato de oro, y de esta forma la presentaría al rey, en nombre del labrador, y así esta manzana. que por sí sola no merecía ser ofrecida al rey. se conver- tirá en un regalo divino de su Majestad, en atención 2% plato de oro en que va y a la persona que la en- trega.
104
3. Ella presenta a Jesucristo estas buenas obras, porque, en último fin, no guarda para sí nada de lo que se la presenta. sino que lo envía todo a Jesucris- to con fidelidad. Si algo la damos, lo damos a Jesús: si la alabamos, si la glorificamos, inmediatamente Ella alaba y glorifica a Jesucristo. Ahora, lo mismo que en otro tiempo cuando Santa Isabel la alabó, canta cuando se la alaba y bendice: Magnificat anima mea Dominum (1).
Ella hace que Jesús acepte estas buenas obras, por pequeño y pobre que sea el obsequio para este Santo de los santos y este Rey de reyes. Cuando presenta- mos alguna cosa a Jesús por nosotros mismos, apo- yados en nuestra propia industria y disposición, Je- sús examina el presente y no pocas veces lo rechaza por la mancha que le hace contraer el amor propio. lo mismo que en otro tiempo rechazó los sacrificios de los Judíos, porque estaban totalmente Menos de su propia voluntad. Pero cuando le damos alguna cosa por las manos puras y virginales de su muy amada, le tomamos por su flaco, si se me permite vsar este término; entonces El no atiende tanto a la cosa que le damos como a la cariñosa Madre que se la pre- senta; no considera tanto de dónde viene este presen- te como Aquella por la cual le viene. Así. pues. María, que jamás ha sido rechazada y siempre bien recibida por su Hijo, hace que su Majestad acepte con agrado todo cuanto Ella le presente. pequeño o grande: basta
(1) 5. Luc, T, 46,
105
que María lo presente, para que Jesús lo reciba y lo apruebe, Este es el gran consejo que San Bernardo da- ha a todos aquellos y aquellas que conducía a la per- fección: «Cuando queráis ofrecer algo a Dios, procu- rad ofrecerlo por las manos agradabilísimas y dignísi- mas de María. si no queréis ser rechazados.» Modi- cum quid offerre desideras. manibus Mariae offeren- dum tradere cura, si non vis sustinere repulsam (1).
+
¿Acaso no es esto lo que la misma naturaleza ins- pira a los pequeños para con los grandes, según he- mos visto? ¿Por qué la gracia no nos hará que ob- servemos idéntica conducta con Dios, que es infini- tamente superior a nosotros y delante del cual somos menos que un simple átomo, teniendo, por otra parte, una abogada tan poderosa, que jamás es desatendida; tan ingeniosa. que conoce todos los secretos para ga- nar el corazón de Dios; tan buena y caritativa, que a nadie desecha, por pequeño y perverso que sea?
A continuación expondré la figura verdadera de to- das estas cosas que digo, en la historia de Jacob y Reheca.
(1) S. Bernardo. Lib. de Aquaed.
106
ARTICULO IV
Cuarto motivo.—Esta devoción es un medio excelente para procurar la mayor gloria de Dios.
Esta devoción. practicada con fidelidad, es un me- dio excelente para obrar de manera, que el valor de todas nuestras buenas obras sea empleado yor gloria de Dios. Casi nadie obra por noble, a pesar de que a ello estamos obligados. bien porque no sabemos dónde está la mayor gloria de Dios, bien porque no la deseamos. Pero como la San- tísima Virgen. a quien cedemos el valor y el mérito de nuestras buenas obras, conoce perfectísimamente dónde está la mayor eloria de Dios y no hace otra cosa más «ue procurarla, el perfecto siervo de esta Señora, :1ue totalmente se ha consagrado a Ella. se- gún ya hemos dicho, puede decir sin temor «ue cl valor de todas sus acciones, pensamientos y palabras se emplea en la mayor gloria de Dios, si va no es que revoca expresamente su ofrenda. ¿Se puede ha- Mar algo más consolador para un alma que ama a Dios con amor pnro y desinteresado y que antepone la gloria e intereses del Señor a los suyos propios?
107
ARTICULO V
Quinto motivo.—Esta devoción conduce a la unión con Dios.
Esta devoción es camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con Nuestro Señor, que es en lo que consiste la perfección del cristiano.
$ L—Es camino fácil.
Es camino fácil: es un camino que Jesucristo ha abierto, viniendo a nosotros, y en donde no hay obs- táculo alguno para llegar a El. Se puede, en verdad, Negar a la unión divina por otros caminos; pero en éstos se encuentran muchas más cruces y muertes ex- trañas, y se tropieza con más obstáculos que apenas se vencen con mucha dificultad. Para ello es nece- sario pasar por noches oscuras, por combates y ago- nías espantosos, por escarpados montes, sobre espi- nas muy punzantes y a través de horribles desier- tos. Mas por el camino de María se va mucho más dulce y tranquilamente. Es verdad que en él encon- tramos rudos combates que sostener y grandes dificnl- tades que vencer; pero esta cariñosa Madre y Seño- ra está tan cerca y tan presente a sus fieles servido- res para alumbrarlos en sus tinieblas, para esclare- cerlos en sus dudas, para afirmarlos en sus temores. para sostenerlos en sus combates y dificultades. que en verdad este camino virginal para encontrar a Je-
108
sucristo, en comparación de los demás, es un camino de rosas y de miel, Ha habido algwnos santos, pero en corto número, como San Efrén. San Juan Damas- ceno, San Bernardo. San Bernardino, San Buenaven- tura, San Francisco de Sales, etc., que han pasado por este camino dulcz para ir a Jesucristo, porque el Espíritu Santo. Esposo fiel de María, se lo ha ense- ñado por una gracia sineular: pero los otros santos, que son en mayor número. aunque todos hayan teni- do devoción a la Santísima Virgen, no por e<o han entrado, o, si han entrado, ha sido muy poco, en este camino, y esta es la causa de haber tenido que pasar pruebas más rudas y peligrosas.
4
¿Cómo se explica, me dirá algún fiel servidor de María, que los siervos fieles de esta bondadosa Ma- dre tienen tantas ocasiones de sufrir y más que los otros que no le son tan devotos? Se los contradice. persigue y calumnia y no se los puede tolerar. o bien caminan en tinieblas interiores y por desiertos en donde no se ve la menor gota de rocío del cielo: si esta devoción a la Santísima Virgen facilita el ca- mino para llegar a Jesucristo, ¿cómo es ame los que van por él son los más crucificados? A éste le res- pondo que ciertamente los fieles servidores de la San- tísima Virgen, como sus más grandes favoritos, reci- ben de Ella las mayores eracias y favores celestiales, que son las cruces; pero sostengo también que los
109
servidores de María son los que llevan estas cruces con más facilidad, mérito y gloria, y que lo que a utro deteudría mil veces o le haría caer, a ellos no les detiene ni una sola vez y ies hace adelantar, por- que esta cariñosa Madre, toda llena de gracias y de la unción del Espíritu Santo, endulza todas estas cru- ces que les prepara con el azúcar de su dulzura ma- ternal y con la unción del puro amor; por manera que ellos las comen alegremente como nueces conti- tadas, aunque de por sí sean muy amargas. 1 creo que una persona que quiera ser devota y vivir piadosamen- te en Jesucristo y, por tanto, suírir persecución y lle- var todos los días su cruz, no podrá llevar grandes cruces o no las ilevará alegremente, ni hasta el fin, si no profesa una tierna devoción a la Santísima Virgen, que es la que enduiza las cruces; de la misma mane- ra que una persona no podría comer sin grandísima violencia, que apenas sería duradera, nueces verdes que no estuviesen confitadas con azúcar.
$ 11.—£Es camino corto.
Esta devoción a la Santísima Virgen es camino cor- to para encontrar a Jesucristo, ya sea porque en él ho se extravía nadie, ya porque, como acabo de decir, por él se marcha con más alegría y facilidad y, por consiguiente, con más prontitud. Más se adelanta en poco tiempo que estemos sumisos y obedientes a Ma- ría, que en años enteros que hagamos nuestra volun- tad propia y nos apoyemos en nosotros mismos; por- que un hombre obediente y sumiso a esta divina Se-
110
hora cantará victorias muy señaladas sobre todos sus cvemigos. Es verdad que éstos le querrán impedir que siga la marcha, hacerlo retroceder o caer; pero con el apoyo, ayuda y conducción de María, sin caer, re- troceder y aun retardarse, caminará a paso de gigan- te hacia Jesucristo, por el mismo camino por donde está escrito que Jesús ha venido a nosotros, a pasos agigantados y en poco tiempo.
¿Por qué creéis que Jesucristo ha vivido tan poco liempo sobre la tierra, y que durante los pocos años que ha vivido, casi toda su vida la ha pasado en la sumisión y obediencia a su Madre? ¡Ah!, es porque, habiéndose consumado pronto su carrera, ha vivido mucho tiempo y muchísimo más todavía que Adán, cuyas pérdidas venía El a reparar, a pesar de que éste vivió más de novecientos años; y la razón de ha- ber vivido Jesucristo más que Adán fué el haber vi- vido muy sometido y unido a su Santísima Madre, pa- ra obedecer a su Eterno Padre; porque; 1. El que honra a su madre es semejante a un hombre que ate. sora, dice el Espíritu Santo; es decir: que el que hon- ra a María, su Madre, hasta sometérsele y obedecerla en todo, pronto se hará muy rico, porque diariamente atesora riquezas, por el secreto de esta piedra filosu- fal: Qui honorat matrem, quasi qui thesaurizat (1). 2.” Porque, según una interpretación espiritual de es. tas palabras del Espíritu Santo: Senectus mea in mi- sericordia uberi: «Mi vejez se encuentra en la miseri- cordia del seno», en el seno de María que ha rodeado
(1) Eccle., IL, 5.
í11
y engendrado a un hombre perfecio y que ha tenido la capacidad de contener a Áquel que no cabe ni es abar- cado por el universo; en el seno de María, digo, es en donde los jovencitos se convierten en ancianos por la uz, por la santidad, por la experiencia y por la sa- biduría y llegan en pocos años a la plenitud de la edad de Jesucristo.
$ 1U.—Es camino perfecto.
Esta práctica de devoción a la Santísima Virgen es un camino perfecto para ir a unirse con Jesucristo, pues esta divina Señora es la más períecta y más san- ta de las puras criaturas, y Jesucristo, que ha venido de la manera más perfecta a nosotros, no ha tomado otro camino en tan grande y admirable viaje. El Altí- simo, el incomprensible, el inaccesible, el que es ha querido venir a nosotros, gusanillos de la tierra, que nada somos. Y ¿cómo se ha verificado esto? El Altí- simo ha bajado perfecta y divinamente, por medio de esta humilde Virgen, hasta nosotros, sin perder nada de su divinidad y santidad; y por María es por donde los pequeñuelos debemos subir perfecta y divinamen- te al Altísimo, sin temer nada. £l Incomprensible se ha dejado abarcar y contener perfectamente por la hu- milde María, sin perder nada de su inmensidad; y por esta misma humilde María es por la que debemos dejarnos contener y conducir perfectamente sin reser- va alguna. El inaccesible se ha acercado, se ha unido estrecha, perfecta y hasta personalmente a nuestra hu- manidad por María, sin perder nada de su Majestad;
112
y por María es por quien nosotros nos hemos de acer- var a Dios y unirnos a su Majestad perfecta y estre- chamente, sin temor de ser rechazados. En fin, Aquel que es ha querido venir al que nada es, y hacer que el que nada es, se haga Dios o Aquel que es; y esto lo hace perfectamente, dándose y sometiéndose del todo a la tierna Virgen María, sin dejar de ser en el tiem- po Aquel que es de toda la eternidad; asimismo, aun- que nosotros nada scamos, por María nos podemos ha- cer semejantes a Dios, por la gracia y la gloria, dán- donos a Ella tan perfecta y enteramente, que en nos- vtros nada seamos y en Ella lo seamos todo, sin te- mor de engañarnos.
Denme a mí un camino nuevo para ir a Jesucristo, el cual esté enlosado con todos los méritos de los bien- aventurados, adornado con todas sus virtudes heroi- cas, esclarecido y hermoseado con todas las luces y bellezas de los ángeles, y en el cual estén todos los ángeles y santos para conducir por él, defender y sos- tener a aquellos y aquellas que quisieran ir por él; en verdad, en verdad me atrevo a decir, y digo lo que siento, que, antes que ir por este camino tan per- fecto preferiría ir por el camino inmaculado de María: Posui inmaculatam viam meam (1); vía o ca- mino sin mancha ni falsedad, sin pecado original ni actual, sin sombras ni tinieblas; y si mi amable Jesús con toda su gloria viene otra vez al mundo (como es cierto que ha de venir) para reinar en él, no hará su venida por otro camino que por el de la Virgen Ma-
(1) Ps. XVIL 33.
113
ría, por el cual tan segura y perfectamente vino a nos- otros la vez primera. La diferencia que habrá entre una y olra venida es que la primera fué secreta y ocul- ta; y la segunda, gloriosa y resplandeciente; pero las dos son perfectas, porque las dos quedarán realizadas por María. ¡Ah! He aquí un misterio que no se com- prende todavía: Hic taceat omnis lingua.
$ 1V.—Es camino seguro.
Esta devoción a la Santísima Virgen es camino se- guro para ira Jesucristo y adquirir la perfección, uniéndose a El.
12 Porque esta práctica que aquí enseño no es nue- va, antes bien, es tan antigua que, como dice M. Bou- don (muerto recientemente en olor de santidad), en un libro que ha escrito sobre esta devoción, no se pueden precisar sus comienzos; es cierto, sin embargo, que hace más de 700 años se encuentran indicios de ella en la Iglesia. San Odilón, abad de Cluny, que vivió hacia el año 1040, fué uno de los primeros que la practicó públicamente en Francia, según se nota en su vida. El cardenal Pedro Damiano refiere que en el año 1076 el Beato Marín, su hermano, se hizo es- clavo de la Santísima Virgen, en presencia de su di- rector, de una manera muy edificante: porque se pu- so la cuerda al cuello, tomó las disciplinas y depositó sobre el altar una suma de dinero, en señal de su en- trega y consagración a la Santísima Virgen, lo cual continuó con tanta fidelidad durante su vida, que en
114
su muerte mereció ser visitado y consolado por su amable Señora, escuchando de sus labios la promesa de que, en recompensa de su servicio, entraría en el paraíso. Cesario Bolando hace mención de un ilus- tre caballero, Vautier de Birback (1), el cual, por los años de 1300, hizo esta consagración de sí mismo a la Santísima Virgen. Esta misma devoción fué prac- ticada por muchos particulares hasta el siglo xvH en que se hizo pública.
El Padre Simón de Rojas, de la Orden de la Tri- nidad, llamada de redención de los cautivos, predica- dor del rey Felipe III, puso en boga esta devoción por toda España y Alemania, y obtuvo de Gregorio XV, a instancias de Felipe TIL, muchas indulgencias para los que la practicaron. El R, P. de los Ríos, de la Or- den de San Agustín, se dedicó con su íntimo amigo el P. Rojas a extender esta devoción con sus palabras y escritos en los mismos países; compuso un gran volumen intitulado Hierarchia Mariana, en el que tra- ta, con tanta piedad como erudición, de la antigiiedad, de la excelencia y de la solidez de esta devoción. Los RR. Padres Teatinos en el siglo último, establecieron esta devoción en Italia, Sicilia y Saboya; el R. P. Es- tanislao Phalacio, de la Compañía de Jesús, hizo ade- lantar maravillosamente esta devoción en Polonia. El Padre de los Ríos, en el libro arriba citado. refiere los nombres de los príncipes, princesas, duques y cardena- les de diferentes reinos que abrazaron esta devoción.
El R. P. Cornelio a Lapide, tan recomendable por
(1) Vautier de Birback era pariente próximo de los du- ques de Lovaina.
115
su piedad como por su ciencia profunda, recibió de muchos obispos y teólogos la comisión de examinar es- ta devoción, y, después de hacerlo con toda madurez, le tributó alabanzas dignas de su piedad, y otros mu- chos grandes personajes siguieron su ejemplo. Los RR. PP. Jesuítas, siempre celosos por el servicio de la Santísima Virgen, presentaron en nombre de los Con- gregantes de Colonia un opúsculo sobre la Santa es- clavitud al duque Fernando de Baviera, entonces arz- obispo de Colonia, el cual dió su aprobación y permi- so para que se imprimiera, exhortando a los párrocos y religiosos de su diócesis a que extendieran cuanto pudiesen esta sólida devoción. El cardenal de Berulle, cuya memoria bendice Francia entera, fué uno de los más celosos en extender por Francia esta devoción, a pesar de todas las calumnias y persecuciones que hubo de sufvir por parte de los críticos y libertinos. Estos le acusaron de novedad, de superstición; escribieron y publicaron contra él un libelo difamatorio, y se sir- vieron, o más bien el demonio por su ministerio, de mil astucias para poner obstáculos a la propagación de esta devoción en Francia; pero este santo y gran varón no respondió a tales calumnias más que con su paciencia, y a las objeciones de los adversarios, conte- nidas en dicho libelo, con un escrito pequeño en don- de los refuta poderosamente, mostrándoles que esta devoción esiá fundada en el ejemplo de Jesucristo, en las obligaciones que le debemos y en los votos que le hemos hecho en el santo Bautismo, y con esta última razón particularmente es con la que tapa la boca a sus adversarios, haciéndoles ver que esta consagración a
116
la Santísima Virgen y a Jesucristo por sus manos no es otra cosa que ima perfecta renovación de los votos o promesas del Bautismo. Muchas y bellas cosas dice acerca de esta práctica, las cuales podrán leerse en sus obras.
Pueden leerse en los libros de M. Boudon los dife- sentes Papas que han aprobado esta devoción, los teó- logos que la han examinado, las persecuciones que ha sufrido y vencido, y los miles de personas que la han abrazado, sin que jamás Papa alguno la haya conde- nado, y nadie lo podrá hacer sin trastornar los fun- damentos del cristianismo. Consta, pues, que esta de: voción no es nueva, y que si no es común, es por ser demasiado preciosa para ser gustada y practicada por todo el mundo.
2." Esta devoción es medio seguro para ir a Jesu- cristo, porque el oficio de María no es otro que el de conducirnos con toda seguridad a su Hijo, así como al de Este sólo es llevarnos con seguridad a su Eterno Padre. Y no crean falsamente los espirituales que Ma- ría constituye un impedimento para su unión con Dios; pues, ¿qué cosa más absurda que quien ha en- contrado gracia delante de Dios, para todo el mundo en general y para cada uno en particular, sea impedi- mento a un alma para encontrar la inapreciable gra- cia de la unión con El? ¿Será acaso posible que la que ha sido total y superabundantemente llena de gra- cia, tan unida y transformada en Dios, que ha sido necesario que Este se encarnase en Ella, sea obstácu-
117
lo para que un alma se una perfectamente a Dios? Ver- daderamente que la vista de las otras criaturas, aun- que santas, podría tal vez en alguna ocasión retardar la unión divina; pero esto no cabe tratándose de Ma- ría, según he dicho y nunca me cansaré de decir. Una de las razones por qué tan pocas almas llegan a la ple- nitud de la edad de Jesucristo, es que María, que aho- za como siempre es la Madre de Jesucristo y la Espo- sa fecunda del Espíritu Santo, no se ha formado bas- tante en los corazones. Quien desea tener el fruto ma- duro y bien formado debe tener el árbol que le pro- duce: quien desea tener fruto de vida, Jesucristo, de- be tener el árbol de vida, que es María. Quien desea tener en sí la operación del Espíritu Santo, debe te- ner su esposa fiel e indisoluble, la Virgen María, que le da fertilidad y fecundidad, como he dicho ya en otro lugar.
Persuadíos. pues, que cuanto más miréis a María en vuestras oraciones, contemplaciones, acciones y su- frimientos, si no de una manera clara y distinta, al menos general e imperceptible, más perfectamente en- contraréis a Jesucristo. que está siempre con María, grande y poderoso. activo e incomprensible, y más que en el cielo y en cualquiera otra criatura del uni- verso. Así, lejos de ser esta divina Señora, que está toda transformada en Dios. un obstáculo para que los perfectos se unan a Dios, no ha habido ni habrá jamás criatura que nos ayude tan eficazmente a esta grande obra, bien por las gracias que a este efecto
118
nos comunicará, ya que, como dice un santo, nadie se llena del pensamiento de Dios sino es por Ella: Ne- mo cogitationi Dei repletur nisi per te; bien por las ilusiones y engaños del espíritu maligno, de los cva- les Ella nos librará.
Allí donde está María no puede estar el espíritu maligno, y una de las más infalibles señales para co- nocer cuándo alguien es conducido por el espíritu del bien, es el ser muy devoto de María, el pensar bastan- te en Ella y hablar de Ella con frecuencia.
Tal es el pensamiento de un santo, quien añade que, así como la respiración es señal cierta de que el cuer- po no está muerto, el pensar con frecuencia e invocar amorosamente a María es señal cierta de que el alma ho está muerta por el pecado.
Como sólo María es, según dice la Iglesia y el Es- píritu Santo que la gobierna, la que ha destruído to- das las herejías: Sola cunctas hoereses interemisti in universo mundo: a pesar de cuanto en contra preten- den los críticos, nunca el que sea fiel devoto de Ma- vía caerá en la herejía o en el error. al menos formal; podrá tal vez errar materialmente, tomar la mentira por verdad, y al ángel de las tinieblas por el ángel de la luz, y aun esto con menos facilidad que los otros; pero, tarde o temprano, conocerá su falta y su error material, y cuando lo conozca no se obstinará por ma- nera alguna en creer y sostener lo que había creído como verdadero.
119
t
Cualquiera, pues, que quiera sin temor de ilusión, la cual es muy ordinaria entre personas de oración, avanzar en las vías de su perfección y encontrar se- gura y perfectamente a Jesucristo abrace con todo co- razón, corde magno et animo volenti, esta devoción a la Santísima Virgen, que tal vez no haya conocido to- davía; entre en este camino excelente que le era des- conocido y que yo ahora le muestro: Excellentiorem viam vobis demostro (1). Este camino ha sido abier- to por Jesucristo, la Sabiduría encarnada, nuestra úni. ca cabeza, y nosotros sus miembros, pasando por él no nos perderemos. Es un camino fácil, por la pleni- tud de la gracia y de la unción del Espíritu Santo que le llena; por tanto, nadie se cansa ni retrocede ja- más marchando por él. Es un camino corto, que, en poco tiempo, nos lleva a Jesucristo. Es un camino per- Jecto, sin lodo, sin polvo, sin la menor inmundicia del pecado. Es, finalmente, un camino seguro, que nos conduce a Jesucristo y a Ja vida eterna de una mane- a recta y segura, sin desviarnos a derecha ni izquier- da. Entremos, pues, en este camino y vayamos por él de noche y de día hasta que lleguemos a la plenitud de la edad de Jesucristo.
(1) Cor. XM, 31.
120
ARTICULO VI
Sexto motivo.—Esta devoción proporciona una gran libertad interior,
Esta devoción da a las personas que la practican fielmente una gran libertad interior, que es la libertad s de Dios. Porque, como por esta devoción nos hacemos esclavos de Jesucristo, consagrándoselo todo a El, en calidad de tales, este generoso Dueño, en recompensa de la cautividad amorosa a que nos so- metemos: 1,” Quita del alma todo escrúpulo o te- mor servil, que sólo es capaz de estrecharla, cautivar- la y embrollarla. 2." Ensancha el corazón por medio de una segura confianza en Dios, haciendo que le mire como a su Padre, 3.* Le inspira un amor tierno y f- lial.
Sin detenerme a probar con razones esta verdad, me limitaré a referir un rasgo histórico que he leído en la Vida de la Madre Inés de Jesús, religiosa Jaco- bina (1), del convento de Langeae, en Auvernia, muer- ta en olor de santidad en el mismo lugar, el año 1634, Teniendo sólo siete años apenas y sufriendo grandes congojas de espíritu, oyó una voz que le dijo que, si quería quedar libre de todas sus penas y ser protegida contra todos sus enemigos, se hiciera, cuanto antes, esclava de Jesús y de su Santísima Madre. Apenas re-
(1) Hasta la revolución, Dominicos, se llamaban así.
Dominicas, lo mismo que los
121
gresó a su casa, se apresuró a darse toda entera a Je- sús y a su Santísima Madre en esta calidad, aun cuan- do entonces no sabía lo que era dicha devoción, y ha- biendo encontrado una cadena de hierro, se la puso en la cintura y la llevó hasta la muerte Después de esta acción, cesaron todas sus congojas y escrúpulos, quedando con gran paz y ensanchamiento de corazón, lo cual la indujo a enseñar semejante devoción a al- gunos otros que hicieron con ella grandes progresos, entre otros a M. Olier, fundador del seminario de San Sulpicio, y muchos sacerdotes y eclesiásticos del m mo seminario. Un día apareciósele la Santísima Vir- gen, le puso en el cuello una cadena de oro para tes- tificarla la alegría con que la veía hecha esclava de su Hijo y suya, y Santa Cecilia, que acompañaba a la Santísima Virgen, le dijo: «Bienaventurados los fie- les esclavos de la Reina del cielo, porque gozarán la verdadera libertad»: Tibi servire libertas.
ARTICULO VII
Séptimo motivo.—Esta devoción procura grandes bienes a los prójimos.
Hay otra razón. que nos induce a abrazar esta prác- tica, y es los grandes bienes que de ella reportará nues- tro prójimo. Por ella, en efecto, se ejerce con él la caridad de wna manera eminente. pues se le da, por las manos de María. todo lo que se tiene de más caro, que es el valor satisfactorio e impetratorio de todas
122
las buenas obras, sin exceptuar el menor pensamiento bueno y el más pequeño ofrecimiento, consiéntese en que todas las satisfacciones que se han adquirido y las que hasta la muerte se adquirirán se empleen, según la voluntad de la Santísima Virgen, en la conversión de los pecadores o en librar a las almas del Purgato- rio. ¿Y no es esto acaso amar al prójimo con la ma- yor perfección posible? ¿No es esto ser verdaderamen- te discípulo de Jesucristo, al cual se le reconoce por la caridad? No es ese el medio de convertir a los pe- cadores sin temor de envanecerse, y librar a las al- mas del Purgatorio, sin hacer. podemos decir, otra cosa que lo que cada uno está obligado a hacer según su estado?
Para comprender la excelencia de este motivo, sería preciso conocer cuán gran bien supone el convertir a un pecador o librar a un alma del Purgatorio: bien infinito, más grande que criar el cielo y la tierra, pues se da a un alma la posesión de Dios. Aun cuando por esta práctica, en toda nuestra vida, sólo sacáramos un Ima del Purgatorio o sólo consiguiéramos la conver- sión de un pecador. ¿acaso no sería esto bastante pa- ra inducir a todo hombre verdaderamente caritativo a abrazarla? Pero debemos notar que nuestras bue- nas obras, al pasar por las manos de María reciben un aumento de pureza. y, por consiguiente, de méritc y de valor satisfactorio e impetratorio, por lo cual se hacen muchos más capaces de aliviar a las almas del Purgatorio y convertir a los pecadores, que si no pa- saran por estas manos virginales y liberales de María. Lo poquito que se da por medio de la Santísima Vir-
123
gen. sin propia voluntad y por caridad desinteresa- da, se convierte realmente en un bien poderoso para aplacar la cólera de Dios y atraer su misericordia, y quizá a la hora de la muerte se verá que una persona del todo fiel a esta práctica habrá, por este medio, li- brado algunas almas del Purgatorio y convertido a va- rios pecadores, a pesar de no hacer más que cosas bastante ordinarias de por sí. ¡Qué alegría para esta alma en el juicio! ¡Qué gloria en la eternidad!
ARTICULO VHI
Octavo motivo.—Esta devoción es un admirable medio de perseverancia.
Por último, lo que nos induce más poderosamente, en cierto modo. a esta devoción de la Santísima Vir- gen, es el ser un medio admirable para perseverar en la virtud y ser fiel. Porque, ¿cuál es la causa de que no sean duraderas la mayor parte de las conversiones de pecadores? ¿Por qué se cae tan fácilmente en el pecado? ¿De dónde proviene el que la mayor parte de los justos, en vez de adelantar de virtud en virtud y adquirir nuevas gracias, pierden frecuentemente las pocas virtudes y gracias que poseen? Esta desgracia procede, según arriba he demostrado, de que, siendo el hombre tan corrompido. tan débil e inconstante, se fía de sí mismo, se apoya en sus propias fuerzas y se cree capaz de guardar el tesoro de sus gracias. de sus virtudes y de sus méritos. Por esta devoción se con-
124
fía a la Santísima Virgen, que es fiel, todo lo que se posee; se la toma por depositaria universal de todos los bienes de naturaleza y de gracia. Entonces nos fia- mos en su fidelidad, nos apoyamos en su poder y nos fundamos en su misericordia y caridad para que con- serve y aumente nuestras virtudes y méritos, pese al diablo, al mundo y a la carne, que hacen sus esfuer: zos para quitárnoslos. Le decimos, como un buen hi jo a su madre y un fiel servidor a su Señora: Deposi- Zum custodiz Madre y Señora mía amabilísima, reco- nozco que hasta ahora he recibido de Dios, por vues- tra intercesión, más gracias que merezco. y la expe- riencia me enseña, por desgracia, que llevo este teso- ro en un vaso muy frágil y que yo soy muy débil y miserable para conservarle en mí mismo; conceded- me la gracia de recibir en depósito todo lo que poseo, y conservádmelo por vuestra fidelidad y vuestro po- der. Si Vos me guardáis, nada perderé; si Vos me sos- tenéis, no caeré; si Vos me protegéis, estaré a salvo de mis enemigos. Esto mismo es lo que dice San Ber- nardo en términos formales, para inspirarnos esta práctica: «Si Ella te sostiene, no caes; si Ella te pro- tege, no temes; si Ella te conduce, no te fatigas; si Ella te es favorable, llegas al puerto de salvación: /p- sa tenente, non corruis; ipsa protegente, non metu ipsa duce, non fatigaris: ipsa propitia, pervenis.» (San Bern. Serm. 2 super Missus est.) San Buenaventura parece decir todavía en términos más explícitos lo mis- mo: «La Santísima Virgen, dice. no está solamen- te detenida en la plenitud de los santos, sino que tam- bién Ella detiene a los santos en su plenitud, para que
125
ésta no disminuya; detiene sus virtudes para que no se disipen; detiene sus méritos para que no perez- can; detiene sus gracias para que no se pierdan; de- tiene a los demonios para que no les dañen; detiene a su Hijo para que no les castigue cuando pecan»: Virgo non solum in plenitudine Sanctorum detinetur, sed ctiam in plenitudine sanctos detinet, ne plenitudo minuatur; detinet virtutes ne fugiant; detinet merita ne pereant; detinet gratias ne effluant; detinet doemo- nes ne noceant; detinet Filium ne peccatores percutial. (Sanc. Bonav. in Specul. B. V.)
María es la Virgen fiel que, por su fidelidad a Dios, repara las pérdidas que Eva la infiel ocasionó por su infidelidad, y obtiene la fidelidad a Dios y la perse- verancia a aquellos y aquellas que se entregan a Ella. Esto es lo que hizo a un santo llamarla áncora firme que los sujeta y les impide naufragar, en el agitado mar del mundo, en donde tantas personas perecen, por no agarrarse a esta áncora firme. «Sujetamos, dice, las almas a vuestra esperanza, como a un áncora firme.» Ánimas ad spem tuam sicut ad firman ancho- ram alligamus. A ella se han agarrado fuertemente los santos que se han salvado, y a ella han sujetado a los otros, para perseverar en la virtud. ¡Felices, pues, y mil veces felices los cristianos que ahora se agarran fiel y enteramente a Ella, como a un áncora firme! Los “esfuerzos de las tempestades de este mundo no les harán sumergir ni perder sus tesoros celestiales. ¡Dichosos aquellos y aquellas que están en Ella como en el arca de Noé! Las aguas del diluvio de pecados que anegan a tanta gente no les dañará porque: Qui
126
operantur in me non peccabunt (1): «Los que están en mí obrando su salvación no pecarán», dice Ella con la Sabiduria. Bienaventurados los hijos infieles de la desdichada Eva que se entregan a la Madre y Virgen fiel, que siempre permanece fiel y jamás se contradi- ce: Fidelis permanet, se ipsam negare non potest, y que siempre ama a aquellos que la aman: £go diligen- ses me diligo (2), no sólo con amor afectivo, sino con amor efectivo y eficaz, impidiéndoles, por una gran abundancia de gracias, retroceder en la virtud o caer en el camino, perdiendo la gracia de su Hijo.
Esta bondadosa Madre recibe siempre, por pura caridad, todo cuanto se le da en depósito, y una vez que ella lo ha recibido en calidad de depositaria, se obliga por justicia, en virtud del contrato de depósito, a guardároslo, lo mismo que una persona a quien hubiese yo confiado en depósito mil escudos, queda- ría obligada a guardármelos, en forma que, si por negligencia suya se perdiesen, ella sería responsable de ellos con toda justicia. Pero no, jamás esta fiel Señora dejará que por su negligencia se pierda lo que se le haya confiado: el cielo y la tierra pasarán an- tes de que Ella se haga negligente e infiel con los que se fían de Ella. Pobres hijos de María, vuestra debi- lidad es extrema, vuestra inconstancia grande, vuestro fondo muy corrompido. Habéis sido formados de la
(1) Eccl,, XXIV, 20. (2) Prov., VII, 17.
127
masa corrompida de los hijos de Adán y de Eva, pero no os desaniméis por esto; antes bien, consolaos, re- gocijaos: he aquí el secreto que yo os enseño, secre- to desconocido de casi todos los cristianos, aun los más devotos. No dejéis vuestro oro y vuestra plata en los cofres que han sido ya rotos por el maligno es- píritu que os ha robado, y los cuales son muy peque- ños, muy endebles y viejos para contener un tesoro tan grande y tan precioso. No pongáis el agua pura y clara de la fuente en vuestros vasos, que están co- rrompidos e infectados por el pecado. Si en ellos ya no está el pecado, queda todavía su mal olor y el agua se corrompe. No guardéis vuestros vinos exquisitos en los antiguos toneles, que estuvieron llenos de malos vi- nos, porque, de lo contrario, se echarán a perder y estarán en peligro de derramarse.
Aunque me habréis entendido ya, almas predestina- das, quiero todavía hablar con más claridad. No guar- déis el oro de vuestra caridad, la plata de vuestra pu- reza, las aguas de las gracias celestiales ni los vinos de vuestros méritos y virtudes, en un saco agujerea- do, en un cofre viejo y roto, en un vaso dañado y corrompido como vosotros: de lo contrario, seréis robados por los ladrones, es decir, por los demonios, que buscan y espían de día y de noche el tiempo opor- tuno para ello, o corromperéis, por el mal olor de vos- otros mismos, de confianza en vosotros y de propia voluntad, todo lo que Dios os da de más puro. Poned, verted en el seno y el corazón de María todos vuestros
128
tesoros, todas vuestras gracias y virtudes, pues él es un vaso espiritual, un vaso de honor y un vaso insig- ne de devoción: Vas spiritale, vas honorabile, vas in- signe devotionis. Desde que el mismo Dios en persona se encerró con todas sus perfecciones en este vaso, se ha hecho todo espiritual y la morada espiritual de las almas más espirituales; se ha hecho honorífico y el trono de amor de los más grandes príncipes de la eter- vidad; se ha hecho insigne en devoción y la mansión más ilustre en dulzura, en gracias y en virtudes; se ha hecho, finalmente, rico como una casa de oro, fuer- te como la torre de David y puro como una torre de marfil.
¡Cuán dichoso es el hombre que todo lo ha dado a María, que se confía y se pierde en todo y por todo en María! Es todo de María y María toda de él. El puede decir osadamente con David: Haec facta est vihi (1): «María ha sido hecha para mí», o con el dis- cípulo amado: Accepi eam in mea (2): «La he toma- do por todos mis bienes», o con Jesucristo: Omnia mea tua sunt, et omnia tua mea sunt (3): «Todo lo que yo tengo es vuestro y todo lo que Vos tenéis es mío.»
Si algún crítico que esto lea, cree que hablo por exageración excesiva, ¡ay!, es que no me entiende, ya porque es hombre carnal, que no gusta las cosas del espíritu; ya porque es del mundo, que no puede
(1) Ps. CXVIIL 56,
(2) S. Juan, XIX, 27.
(3) S. Juan, XVIL 10.
129
recibir el Espíritu Santo; ya porque es orgulloso y crítico, que condena y desprecia todo lo que no en- tiende. Pero las almas que no han nacido de la san- gre ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios y de María me compren- den y me gustan, y para ellas es para quien escribo esto. Sin embargo, para unos y para otros digo, vol- viendo al asunto que he interrumpido, que siendo esta divina Señora la más buena y liberal de todas las puras criaturas, jamás se deja vencer en amor y li- beralidad, y, como dice un devoto, por un huevo da un buey, es decir, por poco que se le dé, da Ella mu- cho de lo que ha recibido de Dios, y, por consiguien- te, si un alma se da a Ella sin reserva, y pone en Ella toda su confianza sin presunción. trabajando cuanto esté de su parte para adquirir las virtudes y domar las pasiones, María se entrega también sin género alguno de reserva a esta alma.
Digan, pues, osadamente con San Juan Damasceno los fieles servidores de la Santísima Virgen: «Si con- fío en Vos, ¡oh Madre de Dios!, seré salvo; defen- dido por Vos, nada temeré; con vuestra protección y auxilio perseguiré y pondré en fuga a mis enemigos, porque vuestra devoción es un arma de salvación que Dios da a aquellos que quiere que se salven»: Spem. tuam habens, o Deipara, servabor, defensionem tuam possidens, non timebo; perseguar inimicos meos el in fugam vertam, habens protectionem et auxilium tuum, nam tibi devotum esse est arma quaedam salutis quae Deus his dat quos vule salvos fieri. (S. Juan Damas- ceno. Ser. de Anun.)
130
CAPITULO IV
Rebeca y Jacob; la Santísima Virgen y sus esclavos de amor
ARTICULO I REBECA Y JACOB
De todas las verdades que acabo de exponer con res- pecto a la Santísima Virgen y a sus hijos servidores, el Espíritu Santo nos da en la Sagrada Escritura una figura admirable en la historia de Jacob, que recibió la bendición de su padre, Isaac, por los cuidados y la industria de su madre Rebeca. Hela aquí tal como la cuenta el Espíritu Santo, y luego añadiré yo su ex- plicación.
$ L—Historia de Jacob.
Habiendo Esaú vendido a su hermano Jacob el de- recho de primogenitura, Rebeca, madre de los dos her- manos, que amaba tiernamente a Jacob. aseguróle esta ventajosa adquisición, algunos años después, me- diante una estratagema santa y llena de misterios. Por- que Isaac, sintiéndose ya muy viejo y queriendo ben- decir a sus hijos antes de morir, llamó a su hijo Esaú, a quien amaba, encargándole que fuese a la caza para traerle algo de comer, a fin de bendecirle luego. Re-
131
beca avisó pronto a Jacob lo que ocurría y le mandó tomar dos cabritos del rebaño. Cuando éste los hubo entregado a su madre, preparó ésta a Isaac lo que s bía le agradaba; puso a Jacob los vestidos de Esaú que ella guardaba, y cubrió sus manos y cuello con la piel de los cabritos, a fin de que su padre, que no yeía, al escuchar la voz de Jacob, pudiera por lo me- nos creer, tocando el pelo de sus manos, que era su hermano Esaú. Sorprendido, en efecto, Isaac de la voz que creía ser de Jacob, hizo que éste se le acercase y, torándole el pelo de las pieles con que se había cubier- to las manos, dijo que la voz era ciertamente la de Jacob, pero que las manos eran de Esaú. Después que hubo comido y percibió, al besar a Jacob, el olor de s vestidos perfumados, le bendijo, deseándole el rocío del cielo y la fecundidad de la tierra; consti- lo señor de todos sus hermanos, y acabó su ben- dición con estas palabras: «El que te maldiga sea él mismo maldito, y el que te bendiga sea colmado de bendiciones.» Apenas había Isaac concluido estas pa- labras, entró Esaú y presentó a su padre, para que comiera lo que él había cogido en la caza, a fin de que luego le bendijera. El santo Patriarca quedó sor- prendido con increíble asombro, al comprender lo que había ocurrido; pero, lejos de retractar lo que había hecho, lo confirmó. por el contrario, porque veía sen- siblemente el dedo de Dios en toda esta conducta. Esaú entonces lanzó bramidos, como nota la Sagrada Es- critura, y acusando en voz alta de engañador « su hermano, preguntó a su padre si es que sólo tenía una bendición: figurando de esta manera, como dicen los
132
santos Padres, a aquellos que, cuidando bien de jun- tar a Dios con el mundo, quieren gozar a un tiempo de los consuelos del cielo y de los de la tierra. Isaac, movido por los lamentos de Esaú, le bendijo por fin, pero con una bendición de la tierra, sujetándole a su hermano, lo cual le hizo concebir un odio tan encar- pizado contra Jacob, que sólo esperaba la muerte de su padre para matarle; y no hubiese podido Jacob evitar la muerte, si su querida madre Rebeca no le hubiese librado por sus industrias y los buenos con- sejos que le dió y que él siguió.
$ IL—Esaú, figura de los réprobos.
Antes de explicar esta bellísima historia, es preci- so hacer notar que, según los santos Padres y los in- térpretes de la Sagrada Escritura, Jacob es la figura de Jesucristo y de los predestinados, y Esaú la de los réprobos; basta, pues, examinar sólo las acciones y conducta de uno y otro para pensarlo así.
1.2 Esaú, el primogénito, era fuerte y robusto de cuerpo, aficionado a manejar el arco, y diestro para hacer una caza abundante. 2." Apenas permanecía en su casa y, confiando sólo en su destreza, trabajaba siempre fuera. 3." No se esforzaba mucho por agra- dar a su madre Rebeca, de la cual bien poco caso hacía. 4.” Era tan glotón y tan dado a los regalos de la comida, que por un plato de lentejas vendió su
133
derecho de primogenitura. 5 Estaba, al igual de Caín, lleno de envidia contra su hermano Jacob, persiguién- dolo cuanto podía.
He aquí la conducta que observan siempre los ré- probos: 1. Fían en su fuerza e industria para los ne- gocios temporales; son muy fuertes, muy hábiles e ingeniosos para las cosas de la tierra, pero muy dé- biles y muy ignorantes en las cosas del cielo: In terrenis fortes, in coelestibus debiles. He aquí por qué:
1
No permanecen o apenas permanecen en su propia casa, esto es, en su interior, que es la casa interior y sencial que Dios ha dado a cada hombre, para mo- rar allí. a ejemplo suyo, porque Dios siempre perma- pece en sí. Los réprobos no aprecian el retiro, ni las cosas espirituales, ni la devoción interior, y tratan de espíritus débiles, beatos y huraños a los que hacen vida interior, retirada del mundo, trabajando más en sas de dentro que en las de fuera.
las e
Tn
Los réprobos apenas se cuidan de la devoción a la Santísima Virgen, Madre de los predestinados; es ver- dad que no la odian formalmente; que algunas veces le tributan alabanzas; dicen que la aman. y hasta practican alguna devoción en su honor; pero, por lo demás. no pueden ver que se la ame tiernamente, por- que carecen con respecto a Ella de la ternura de Ja-
134
cob; encuentran censurable las prácticas de devoción a las cuales sus buenos hijos y servidores permanecen fieles para ganar su afecto, porque creen que esta de- voción no les es necesaria para su salvación y que, con tal que no odien formalmente a la Santísima Vir. gen y no desprecien abiertamente su devoción, hacen bastante y que se hacen acreedores a las bondades y gracias de María, y son sus servidores, porque rezan y dicen entre dientes algunas oraciones en su honor, sin ternura para con Élla y sin enmienda para sí mismos.
IV
Estos réprobos venden su derecho de primogenitu- ra, o sea, los placeres del Paraíso, por un plato de lentejas, esto es, por los placeres de la tierra. Ríen,
beben, comen, se divierten, juegan, bailan, sin afa. narse, como Esaú, por hacerse dignos de la bendición del Padre celestial. En pocas palabras: sólo piensan en la tierra, sólo aman las cosas de la tierra, sólo ha blan y tratan de las cosas de la tierra y de Sus place. res, vendiendo por un momento de placer, por el hu. mo vano del honor y por un pedazo de tierra dura, amarilla o blanca, la gracia bautismal, su vestido de inocencia, su herencia celestial.
v
Por último, los réprobos odian y persiguen en to- dos los momentos a los predestinados, abierta o se.
135
cretamente; los tienen como una carga; los despre- cian, los critican, los engañan, los empobrecen, los desechan, los reducen hasta la miseria, mientras ellos hacen fortuna, se entregan a los placeres, viven es- pléndidamente, se enriquecen. se engrandecen y tie- nen toda suerte de comodidades.
$ HI.—Jacob, figura de los predestinados. 1
Jacob, el hijo menor, era de una complexión dé- bil, dulce y pacífica, y permanecía ordinariamente en la casa, para granjearse las bondades y las gracias de su madre Rebeca, a quien amaba tiernamente; si salía afuera, no era por propia voluntad ni por la confianza que tenía en su industria, sino por obedecer a su madre.
n
Amaba y honraba a su madre. Por esto permane- cía en casa cerca de ella; nunca estaba lan contento como cuando la veía; evitaba cuanto la pudiese des- agradar; y hacía todo lo que creía que la complacía; todo lo cual aumentaba en Rebeca el amor que le prolesaba.
mI
Estaba sometido en todo a su querida madre; la obedecía enteramente en todas las cosas, pronto, sin
136
tardar, y amorosamente, sin quejarse. Al menor in- dicio de su voluntad. el niño Jacob corría y traba- jaba; creía todo lo que Rebeca le decía, sin indagar las razones: por ejemplo, cuando ella le dijo que fuese a buscar dos cabritos y que se los trajera para adere- zar la comida a su padre Isaac, Jacob no le replicó diciéndola que, para comer una sola vez un hombre, había bastante com un cabrito, sino que, sin discu- tir, hizo cuanto ella le ordenó.
1
Tenía una gran confianza en su querida madre; como para ninguna cosa se apoyaba en su habili- dad, se apoyó únicamente en los cuidados y en la protección de su madre; la llamaba en todas sus ne- cesidades y la consultaba en todas sus dudas: por ejemplo, cuando le preguntó si acaso en vez de ben- dición recibiría la maldición de su padre, creyó en ella y en ella confió cuando Rebeca le dijo que ella tomaría sobre sí esta maldición.
V
Por último, imitaba. según sus fuerzas, las virtu- des que veía en su madre, y una de las razones por las cuales permanecía sedentario en casa parece ser la de querer imitar a su madre, que era virtuosa, y se alejaba de las malas compañías, que corrompen las costumbres. Por este medio se hizo digno de re- cibir la doble bendición de su padre.
137
ARTICULO Il Los predestinados y la Santísima Virgen. $ L—Conducta de los predestinados.
He aquí la conducta que observan siempre los pre- destinados.
I
Permanecen sedentarios en la casa con su Ma- dre; es decir, aman el retiro, son interiores, se dedi- can a la oración, pero a ejemplo y en la compañía de su Madre, la Santísima Virgen, cuya gloria está toda en el interior y la cual durante toda la vida amó tanto el retiro y la oración. Es verdad que al- gunas veces aparecen exteriormente en el mundo, pero es por obediencia a la voluntad de Dios y a la de su querida Madre, por cumplir con los deberes de su estado. Por grandes que sean en apariencia las co- sas que hagan al exterior, estiman todavía mucho más las que hacen dentro de si mismos, en su interior, en la compañía de la Santísima Virgen, porque allí ha- cen la gran obra de su perfección, en comparación de la cual las demás no son sino juegos infantiles. He aquí por qué, mientras algunas veces sus herma- nos y hermanas trabajan por de fuera con mucha fuerza, industria y éxito, en la alabanza y aprobación del mundo, conocen por la luz del Espíritu Santo que se disfruta más gloria y más placer viviendo ocultos
138
en el retiro con Jesucristo, su modelo, en una entera y perfecta sumisión a su Madre, que haciendo por sí mismos maravillas de naturaleza y de gracia en el mundo, a semejanza de los muchos Esaús y réprobos que en él hay. Gloria et divitiae in domo ejus (1): la gloria para Dios y las riquezas para el hombre se ha- lan en la casa de María.
¡Cuán amables son vuestros tabernáculos, oh Se: ñor! El pajarillo ha encontrado una casa para alber- garse y la tortolilla un nido para colocar sus hijue- los.¡Oh, cuán dichoso es el hombre que mora en la casa de María, en donde Vos, primero que nadie, ha- béis hecho vuestra morada! En esta casa de los pre- destinados es en donde él recibe su socorro de Vos solo, y en donde ha dispuesto las subidas y grados de todas las virtudes, en su corazón, para elevarse a la perfección en este valle de lágrimas. Quam dilecta ta- bernacula, etc. (2).
H
Aman tiernamente y honran con verdad a la San- tísima Virgen, como a su bondadosa Madre y Seño- ra. La aman no sólo de palabra, sino en verdad; la honran no sólo al exterior, sino en el fondo del co- razón; evitan, como Jacob, todo lo que puede des- agradarla, y practican con fervor todo lo que creen les puede granjear su benevolencia. La llevan y la en- tregan no dos cabritos como Jacob a Rebeca, sino
(1) Ps. CXI 3. (2) Ps. XXXIII 2
139
su cuerpo y su alma, con todo lo que de ellos depen- de, figurados por los dos cabritos de Jacob. con el fin: 12 De que Ella los reciba como cosa que le per- tenece. 2.* Que los mate y los haga morir al pecado y a sí mismos, desollándolos y despojándolos de su propia piel y de su amor propio, para agradar a Ja- cob, su Hijo, que quiere que sus amigos y discípu- los estén muertos a sí mismos. 3." Que Ella los ade- rece al gusto del Padre celestial y a su mayor gloria, la cual Ella conoce mejor que ninguna criatura. 4.2 Que, por sus cuidados e intercesión, este cuerpo y esta alma, bien purificados de toda mancha, muertos, despojados y bien aderezados, sean un manjar deli- cado, digno de la boca y de la bendición del Padre celestial. ¿Y mo es esto acaso lo que harán los pre- destinados, que gustarán y practicarán la perfecta consagración a Jesús por las manos de María, que yo les enseño, para testificar a Jesús y a María su amor efectivo e intrépido?
Los réprobos dicen constantemente que aman a Je- sús y que aman y honran a María; pero no lo hacen con todas las fuerzas de su ser, sacrificándoles el cuerpo con sus sentidos y el alma con sus pasiones como los predestinados. Estos están sumisos y obe- dientes a la Santísima Virgen, como a su cariñosa Ma- dre, a ejemplo de Jesucristo, que de treinta y tres años que ha vivido sobre la tierra, empleó treinta en glorifi- car a Dios su Padre, mediante una perfecta y entera sumisión a su Santísima Madre.
In
La obedecen siguiendo exactamente sus consejos, como el niño Jacob los de Rebeca, a quien ella di- jo: Acquiesce consiliis meis (1): «Hijo mío, sigue mis consejos»; o como los convidados de las bodas de Caná, a quienes la Santísima Virgen dijo: Quod- cumque dixerit vobis, facite (2): «Haced todo lo que mi Hijo os diga.» Jacob, por haber obedecido a su madre, recibió la bendición como por milagro, aun- que naturalmente no la debió tener; los convidados a las bodas de Caná, por haber seguido el consejo de la Santísima Virgen, fueron honrados con el primer milagro de Jesucristo, que allí convirtió el agua en vino a las súplicas de su Santísima Madre. Igualmen- te, todos aquellos que hasta el fin de los siglos reci- ban la bendición del Padre celestial y sean honrados con las maravillas de Dios. no recibirán sus gracias sino como consecuencia de su perfecta obediencia a María; los Esaús, por el contrario, pierden su bendi- ción, por falta de sumisión a la Santísima Virgen.
IV
Tienen una gran confianza en la bondad y en el po- der de la Santísima Virgen, su cariñosa Madre; re- claman sin cesar su socorro; la miran como su es-
(y Céx YH, (23 S. Juan, IL 5.
141
trella polar, para llegar al puerto de felicidad; le manifiestan sus penas y necesidades, con todo el de ahogo de su corazón; se abrazan a sus pechos de mi- sericordia y de dulzura, para obtener el perdón de sus pecados por su intercesión, o para gustar sus dul- zuras maternales en sus penas y agobios. Hasta se arrojan, se ocultan y se pierden, de una manera admi- rable, en su amoroso y virginal pecho, para estar allí abrasados de puro amor, para ser allí purificados de las menores manchas y para encontrar plenamente a Jesús, el cual reside allí como en su más glorioso tro- no. ¡Oh qué dicha! No creas, dice el abad Guerrico, que es más feliz el que está en el seno de Abraham que el que está en el seno de María, puesto que en és- te puso el Señor su trono: Ne credideris majoris esse felicitatis habitare in sinu Abrahae quam in sinu Ma- riae, cum in eo Dominus posuerit thronum suum.
Los réprobos, por el contrario, como ponen toda su confianza en sí mismos, al igual del hijo pródigo, só- lo comen lo que los cerdos, no se alimentan más que de tierra, a semejanza de los sapos, y, cual los mun- danos, sólo aman las cosas visibles y exteriores; no gustan jamás las dulzuras del seno y de los pechos de María; no sienten, como los predestinados, cierto apoyo y cierta confianza en la Santísima Virgen, su bondadosa Madre. Quieren, por desgracia, tener ham- bre sólo de las cosas de fuera, según dice San Grego- rio, porque no quieren gustar la dulzura que siempre está preparada dentro de sí mismos y en el interior de Jesús y de María.
V
En fin, los predestinados guardan los caminos de la Santísima Virgen, su bondadosa Madre, es decir, la imitan y por esto es por lo que son verdaderamen- te felices y devotos, y llevan la señal infalible de su predestinación, como se lo dice su cariñosa Madre: Beati qui custodiunt vias meas (1), es decir, bienaven- turados aquellos que practican mis virtudes y que ca- minan sobre las huellas de mi vida, con el socorro de la gracia divina. Son dichosos en este mundo, duran- te su vida, por la abundancia de las gracias y dulzu- ras que les comunico de mi plenitud, más abundan- temente que a los otros que no me imitan tan de cer- ca; son dichosos en su muerte, la cual es dulce y tranquila y a la cual ordinariamente asisto yo para conducirlos por mí misma a las alegrías de la eterni- dad; por último, son dichosos en la eternidad, por- que ninguno de mis servidores, que ha imitado mis virtudes durante su vida, se ha perdido jamás. Los ré- probos, por el contrario, son desgraciados durante su vida, en su muerte y en la eternidad, porque no imi- tan a la Santísima Virgen en sus virtudes, contentán- dose con ingresar a veces en sus cofradías, rezar al- gunas oraciones en su honor y practicar alguna otra deyoción exterior,
¡Oh Virgen Santísima, bondadosa Madre mía, cuán felices son aquellos, lo repito con los transpor- tes de mi corazón, cuán felices son aquellos y aque-
(1) Prov., VII, 32,
143
llas que, no dejándose seducir por una falsa devoción hacia Vos, guardan fielmente vuestros caminos, vues- tros consejos y vuestros mandatos! Pero, ¡cuán des- graciados y malditos aquellos que, abusando de vues- tra devoción, no guardan los mandamientos de vues- tro Hijo! Maledicti omnes qui declinant a mandatis tuis (1D.
3 U.—Conducte de María con los predestinados.
Veamos ahora los caritativos oficios que la Santísi- ma Virgen, como la mejor de todas las madres, ejerce con sus fieles servidores que se han dado a Ella de la manera que acabo de decir y según la figura de Ja- cob.
1.—Ella los ama.
Ego diligentes me diligo (2): «Yo amo a los que me aman.» 12 Ella los ama porque es su Madre ver- dadera, y una madre siempre ama a su hijo, fruto de sus entrañas. 27 Los ama por reconocimiento, porque, efectivamente, ellos la aman como a su ca- ríñosa Madre. 3. Los ama porque, estando predesti- nados, son amados de Dios: Jacob dilexi, Esau au- ¡em odio habui (3). 4? Los ama porque se han con- sagrado del todo a Ella y son su porción y su heren-
cia: ln Israel hocreditare (4). Los ama tiernamente, (1 Ps. CXVIR, (2> Prov, XIM, 1 (3) Rom., 1X
(2) Eccle, XXIV, 18,
144
y más tiernamente que todas las madres juntas. Po- ned, si podéis, todo el amor natural que todas las ma- dres del mundo tienen para sus hijos en un mismo corazón de una madre para un hijo único: ciertamen- te esta madre amaría mucho a este hijo; sin embar- go, es muy cierto que María ama aún con más ter- nura a sus hijos, que esta madre amaría al suyo. Ella no los ama sólo con afecto sino con eficacia. Su amor hacia ellos es activo y efectivo, como el de